Kira Nevskya
Me miré al espejo de cuerpo entero que dominaba mi habitación, tratando de reconocer a la mujer que me devolvía la mirada. El vestido que Leonid había elegido para mí era de una seda tan pesada y oscura que parecía mercurio líquido fluyendo sobre mi piel.
Era de un azul medianoche, casi n***o, con un escote que dejaba mis clavículas al descubierto y se ajustaba a mi cintura con una precisión que resultaba sofocante. Mi cabello largo caía sobre mis hombros en ondas perfectas; él mismo había ordenado que no lo recogieran, diciendo que quería ver cómo el castaño de mis mechones contrastaba con la frialdad de las joyas.
Levanté la mano izquierda. El diamante n***o del "Ojo del Zar" brillaba con una intensidad malévola bajo la luz de las lámparas. Ya no se sentía como un objeto extraño; se sentía como una marca. Un recordatorio de que mi vida en Boston se había desvanecido como el humo.
En ese momento, la puerta se abrió. No hubo necesidad de girarme para saber que era él. El aire en la habitación cambió, volviéndose más denso.
Leonid apareció en el reflejo, vistiéndose con un traje n***o impecable. Se detuvo justo detrás de mí, pero esta vez no hubo brusquedad. Sus manos grandes se posaron con una suavidad inesperada sobre mis hombros desnudos. Sus dedos estaban calientes, un contraste violento con el frío que sentía en mis huesos.
—Estás perfecta, Kira —susurró, su mirada recorriendo mi reflejo—. Pero antes de bajar a la cena, antes de que los capitanes vean a la mujer que se sentará a mi lado, quiero enseñarte algo. Necesitas entender qué significa realmente el nombre que llevas.
Me tomó de la mano y me guio fuera de la habitación.
Caminamos en silencio hacia el ala norte de la mansión, un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. Al cruzar el umbral de la galería de retratos, el olor a incienso y a historia vieja me golpeó.
Era un pasillo interminable, flanqueado por marcos de oro pesado que custodiaban los rostros de los hombres que habían construido este imperio.
Mis ojos recorrían las paredes. Rostros severos, mandíbulas cuadradas y ojos gélidos de hombres que solo conocían la guerra. Generaciones de varones. Durante siglos, este linaje no había parido más que hombres destinados a mandar. Hasta que llegué yo. La anomalía. La única mujer nacida en generaciones de lobos, el error biologico.
Nos detuvimos frente a un espacio que vibraba con una energía distinta. Allí, el retrato de mi padre, Aleksandr Nevsky, dominaba la pared. Se veía imponente, con esa media sonrisa que ocultaba una crueldad infinita. Sus ojos pintados parecían juzgarme.—Él mismo ordenó colocarlo ahí hace tres años —la voz de Leonid rompió el silencio, profunda y resonante—. Decía que un Nevsky debe saber dónde termina su historia para entender dónde empieza la del siguiente.
Me acerqué al cuadro, rozando con los dedos el marco tallado. Mis ojos buscaron el espacio contiguo. Estaba vacío. Una pared de terciopelo rojo que esperaba ser ocupada.
—¿Y el tuyo? —pregunté, sin apartar la vista del retrato de mi padre—. ¿Por qué no está tu retrato aquí, Leonid? Eres el nuevo Zar. Eres quien sostiene el cetro ahora.
Leonid se colocó detrás de mí, envolviéndome en su sombra sin llegar a tocarme del todo. Sentí su calor irradiando hacia mi espalda, una presencia que me rodeaba como una capa.
—El mío se colgará después de la boda —susurró, y pude sentir su aliento moviendo los mechones de mi cabello—. Habrá un retrato nuevo. El retrato del matrimonio que asegurará que el apellido no muera. Pero tú... tú eres la que realmente importa aquí, Kira. Aunque tengas miedo, aunque intentes ocultarlo tras esa máscara de indiferencia, yo he visto ese fuego en ti. Lo vi desde el primer momento en que volviste. Tienes la sangre de estos hombres, pero tienes algo que ellos nunca tuvieron: la capacidad de sobrevivir a la oscuridad.
Me tensé. Sus palabras abrieron una grieta en el muro que había construido con tanto cuidado.
Bajé la mirada hacia mis manos, que empezaron a temblar levemente.
El peso del anillo, del apellido, de la galería... todo pareció converger en un solo punto de dolor que había guardado bajo llave durante años.
—No tengo fuego, Leonid —dije, mi voz apenas un murmullo quebrado—. Solo tengo cenizas. Mi padre no me puso aquí porque no lo merecía, quizás porque soy mujer o porque siempre fui débil, el me odió desde el momento en que me vio fallar, en el que no pude proteger al amor de su vida.
Leonid se acercó más, su pecho rozando mis hombros. No dijo nada, simplemente esperó, dándome el espacio que nadie en esta casa me había dado nunca.—La mataron frente a mí —confesé, y las palabras salieron como si estuvieran hechas de cristal roto—. Yo era solo una niña pero ella estaba allí, gritandome, pidiéndome que me fuera que corriera pero yo... yo solo me quedé paralizada. No supe qué hacer. No corrí, no grité, no busqué ayuda. Solo me quedé mirando cómo se apagaba la luz de sus ojos. Mi padre llegó después y su mirada... nunca olvidaré cómo me miró. No fue lástima, no fue consuelo. Fue desprecio. Fui la Nevskya que no supo defender lo suyo. Quizás por eso me envió lejos cuando creci para no tener que ver el recordatorio viviente de mi debilidad.
Un silencio sepulcral descendió sobre la galería.
Los retratos de mis antepasados parecían juzgarme ahora con más fuerza. La niña que no supo actuar, la mujer que ahora era moneda de cambio. Sentí una lágrima solitaria rodar por mi mejilla, pero antes de que pudiera caer, Leonid me hizo girar con una suavidad que me desarmó por completo.
Me tomó el rostro con ambas manos. Sus pulgares acariciaron mis pómulos, borrando el rastro de la lágrima. No había rastro de la bestia dominante que me había tomado en el salón; en sus ojos oscuros había una comprensión que me hizo temblar más que cualquier amenaza.
—Tu padre era un hombre que solo entendía el poder a través de la violencia, Kira —dijo, su voz baja y cargada de una extraña urgencia—. Pero se equivoca. No te odiaba por ser débil; te temía porque vio en ti una humanidad que él ya había perdido. Estar paralizada por el horror no te hace menos Nevskya, te hace humana. Pero esa niña ya no existe.
Me obligó a sostenerle la mirada, sus manos sosteniendo mi cabeza como si fuera el tesoro más frágil y valioso de su imperio.—Este es el momento, Kira. En lugar de ocultarte tras el recuerdo de esa niña que no supo qué hacer, úsalo. Deja de intentar ser lo que Boston te enseñó y empieza a descubrir quién eres realmente bajo esta piel. No tienes que ser como ellos —dijo señalando los retratos—, pero puedes usar su fuerza para proteger la tuya. Deja de huir de ti misma.
Me besó. Fue un beso lento, profundo, cargado de una promesa que no tenía nada que ver con contratos o testamentos. No hubo lujuria desenfrenada, sino una especie de comunión silenciosa.
Sus labios buscaron los míos con una reverencia que me hizo cerrar los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, suspirar. Me apoyé en él, dejando que su fuerza me sostuviera, no como una prisionera, sino como alguien que encuentra un refugio en medio de la tormenta.
Cuando se separó, me miró con una intensidad que me hizo sentir desnuda, mucho más que si me hubiera quitado el vestido.—Esa fuerza está ahí, Kira. La he visto cuando me desafías, cuando me miras con odio, cuando te niegas a bajar la cabeza. Deja que salga. Esta noche, cuando bajemos a esa cena, no quiero que vean a la hija de Aleksandr Nevsky. Quiero que vean a Kira Nevskya. La mujer que va a reinar a mi lado.
Asentí levemente, sintiendo que algo dentro de mí se movía.
No era aceptación total, ni era orgullo todavía, pero era el fin del entumecimiento. El peso del anillo ya no se sentía como una condena de muerte, sino como una herramienta.—¿Estás lista? —me preguntó, ofreciéndome su brazo.
Miré por última vez el retrato de mi padre. Ya no me sentía pequeña ante su mirada de óleo. Él me había enviado lejos pensando que me desvanecería, y me había traído de vuelta pensando que me sometería. Leonid tenía razón: era hora de dejar de ocultarme.
—Estoy lista —respondí, colocando mi mano sobre su brazo.
Caminamos juntos fuera de la galería. El eco de nuestros pasos sobre el mármol ya no sonaba a una marcha fúnebre. Mientras bajábamos las escaleras hacia el gran salón donde los capitanes nos esperaban, sentí la mano de Leonid apretar la mía con firmeza. La cena de esta noche sería el campo de batalla, y aunque todavía tenía miedo, era un miedo distinto. Era la adrenalina del que sabe que ya no tiene nada que perder porque ya lo ha perdido todo.
Al llegar a las puertas dobles del comedor, Leonid se detuvo un segundo y me miró.
—Recuerda —me susurró— Eres la única mujer de este linaje. Eres la excepción. Haz que nunca lo olviden.
Las puertas se abrieron y el murmullo de las voces de los hombres de la Bratva se extinguió de golpe. Cientos de ojos se clavaron en nosotros, pero yo no bajé la mirada.
Mantuve la espalda recta, el mentón en alto y el anillo brillando bajo las luces. No era el final de mi vida; era, quizás, el comienzo de una que nunca me atreví a imaginar.