Capitulo 16

2095 Palabras
Kira Nevskya ​Bajé las escaleras de la mansión sintiendo que cada escalón era una piedra más sobre mi pecho. Leonid caminaba un paso detrás de mí, su presencia era una sombra constante y pesada que me recordaba que, aunque no me estuviera tocando, yo le pertenecía. No tenía nada propio en este lugar; incluso el vestido de seda que llevaba puesto, de un color azul tan oscuro que parecía n***o, había sido elegido por él. Se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, revelando más de lo que yo deseaba, recordándome en cada roce que mi voluntad se había quedado en la puerta de esta habitación. ​Al entrar en el gran salón, el brillo de las lámparas de cristal de bohemia me cegó por un instante. Allí, sobre una mesa de mármol blanco escoltada por tres hombres de trajes impecables y guantes de seda, se extendía el tesoro de los Nevsky. Los joyeros imperiales. No eran simples comerciantes eran los guardianes de las piedras que habían adornado los cuellos y las manos de las mujeres que, antes que yo, habían llevado el peso de este apellido. ​Leonid se colocó justo detrás de mí. Sentí sus manos, grandes y calientes, posarse sobre mis hombros. Sus dedos apretaron ligeramente, una advertencia silenciosa de que debía mantener la compostura. ​—Míralos, Kira —susurró contra mi oído, su aliento rozando mi piel y enviando un escalofrío involuntario por mi columna—. Estas piedras han visto caer imperios. Han sido testigos de pactos de sangre y de victorias que tú apenas puedes imaginar. Hoy, una de ellas te marcará como mía. Me sentía contrariada, era como una guerra conmigo misma en donde sus palabras se sentía bien peor muy mal al mismo tiempo. ​Frente a nosotros había un espejo de cuerpo entero. Me obligué a mirar nuestro reflejo. Leonid se veía imponente, con su mandíbula cuadrada y esos ojos oscuros que parecían devorar la luz de la habitación. Yo, a su lado, me sentía frágil, pero había algo en mi mirada, un destello de ese fuego que mi padre siempre intentó sofocar, que me recordaba de quién era hija. ​Uno de los joyeros, un hombre mayor con una lupa colgando del cuello, hizo una reverencia y abrió un estuche de terciopelo n***o. En el centro, descansaba una pieza que me hizo contener el aliento. No era un diamante transparente y puro era un diamante n***o, profundo como un abismo, rodeado por una corona de rubíes rojos que parecían gotas de sangre recién derramada sobre el metal helado. ​—El Ojo del Zar —dijo el joyero con voz temblorosa—. Una pieza única, encargada por el bisabuelo de su padre, señor Nevsky. Se dice que solo la mujer más fuerte del linaje puede llevarlo sin que el peso la consuma, hasta ahora nadie lo ha usado, nadie a sido digna de él. ​Leonid soltó una risa seca y tomó el anillo del estuche. Me tomó la mano izquierda. Sus dedos eran firmes, dominantes. Sentí el metal frío deslizarse por mi dedo anular. Estaba helado, tanto que me quemó la piel por un segundo. El peso era ridículo. ​—Es perfecto para ti —sentenció Leonid, admirando cómo el diamante n***o contrastaba con la palidez de mi piel—. Ceniza y sangre. Exactamente lo que somos. ​Miré el anillo en mi dedo. No era una joya de compromiso, era un recordatorio eterno de que mi libertad se había extinguido. Leonid no me soltó la mano empezó a acariciar el dorso de mis dedos con su pulgar, un movimiento lento y posesivo que empezó a calentar mi sangre de una forma que odiaba admitir.​—¿Te gusta, Kira? —preguntó, su voz bajando a ese tono peligroso que solo usaba cuando estábamos solos. No me sentía digna de esta joya, una joya fuerte para la más débil de los Nevsky, la joya que solo la más fuerte del linaje debería usar y no sentía que esa fuera yo, aunque era la única mujer nacida en generaciones con este apellido. ​—Es pesado —respondí, mi voz saliendo más firme de lo que esperaba—. Se siente como una condena. ​Leonid se tensó detrás de mí. Vi en el espejo cómo su mirada se oscurecía. Hizo una seña imperceptible a los joyeros, quienes, con una eficiencia robótica, recogieron sus estuches y abandonaron el salón en segundos, dejándonos solos en medio de la opulencia asfixiante. ​En cuanto la puerta se cerró, Leonid me giró con brusquedad, atrapándome entre su cuerpo y el borde de la mesa de mármol. El frío de la piedra se filtró a través de la seda de mi vestido, chocando con el calor abrasador que emanaba de él. ​—Una condena... —repitió, sus manos subiendo por mi cuello hasta apretar ligeramente mi garganta, obligándome a mirar hacia arriba. En lugar de asustarme solo hizo que mi corazón se acelerara y la excitación estuviera al borde, una parte de mí amaba verlo asi, tomando el control de mi—. Entonces asegúrate de que sea una condena que nunca olvides. ​Me besó con una ferocidad que me dejó sin aire. Sus labios aplastaron los míos, reclamándome con una urgencia que parecía alimentada por mi propia resistencia. Su lengua invadió mi boca, encontrando la mía en una batalla que siempre terminaba ganando él. Gemí contra sus labios, una mezcla de protesta y una necesidad creciente que empezaba a latir con fuerza entre mis piernas. ​Leonid bajó sus manos hacia el dobladillo de mi vestido y lo subió con un movimiento impaciente, desgarrando ligeramente la seda. Sus dedos buscaron mi centro, encontrándome húmeda y caliente a pesar de mis intentos por mantenerme distante. Soltó un gruñido gutural al sentir mi respuesta física.​—Dime que me odias mientras tiemblas por mí, Kira —susurró contra mi cuello, mordiendo el lóbulo de mi oreja con fuerza. ​Me levantó sin esfuerzo y me sentó sobre la mesa de mármol. Mis piernas se envolvieron alrededor de su cintura por puro instinto, y sentí la dureza de su erección golpeando contra mi entrada a través de la tela de sus pantalones. Leonid se deshizo de su cinturón y bajó su cremallera con una mano, mientras la otra me sujetaba la nuca para que no pudiera apartar la mirada. ​Cuando lo liberó, su tamaño me hizo jadear, ya estaba listo para invadirme. Leonid se posicionó y, sin previo aviso, se hundió en mí de una sola estocada profunda y violenta que me hizo arquear la espalda y soltar un grito que resonó en las paredes de cristal del salón. ​—¡Ah! ¡Leonid! —mi voz fue un estallido de agonía y éxtasis. ​La penetración fue tan profunda que sentí cómo mis pulmones se quedaban vacíos. El metal frío del anillo en mi mano se clavaba en su hombro mientras yo me aferraba a él, tratando de encontrar un ancla en medio del caos de sensaciones. Leonid no perdió tiempo; empezó a embestir con una cadencia salvaje, sus caderas chocando contra las mías con un sonido sordo y rítmico. ​—¡Mírame! —ordenó, su voz cargada de una adrenalina oscura—. ¡Mira el anillo mientras te tomo! ¡Recuerda quién es tu dueño! ​Me obligó a mirar mi propia mano apoyada en su pecho. El diamante n***o brillaba bajo la luz, un testigo mudo de mi rendición. Cada embestida de Leonid me empujaba contra la mesa, el mármol frío en mi espalda y su calor abrasador en mi interior creando un contraste que me estaba volviendo loca. ​—¡Más... por favor, Leonid, más! —supliqué, perdiendo cualquier rastro de orgullo. ​Leonid respondió aumentando la velocidad. Sus estocadas se volvieron cortas y potentes, golpeando mi punto más sensible con una precisión quirúrgica. Sentía cómo mis paredes se estiraban para acogerlo, cómo mi cuerpo se adaptaba a su ritmo frenético. Sus manos me apretaban los muslos con tanta fuerza que supe que mañana tendría sus huellas grabadas en mi piel, marcas de guerra que llevaría con el anillo. ​—¡Eso es, Kira! ¡Grita para mí! —gruñó él, su respiración agitada golpeando mi rostro. ​Empecé a jadear, mis gritos convirtiéndose en gemidos agudos mientras el placer se concentraba en la base de mi vientre. Leonid bajó la cabeza y atrapó uno de mis pechos a través de la seda del vestido, succionando con fuerza mientras sus dedos buscaban mi clítoris, estimulándolo al compás de sus estocadas brutales. El roce de su vello púbico contra mi piel sensible me hacía ver estrellas. ​Sentía que me desintegraba. No había Kira, no había pasado, solo existía este momento, esta mesa de mármol y el hombre que me estaba reclamando como si fuera lo único que importara en el mundo. El placer subió como una ola gigante, una marea de fuego que me envolvió por completo. ​—¡Leonid! ¡Ahora! ¡Voy a... ahhh! —mi cuerpo se tensó de forma violenta, mis músculos contrayéndose rítmicamente alrededor de su m*****o mientras el orgasmo estallaba en mil pedazos dentro de mí. Fue un clímax devastador, uno que me dejó sollozando y temblando en sus brazos. ​Leonid no se detuvo. Al sentir mis contracciones, soltó un gruñido animal y aceleró todavía más. Sus últimas estocadas fueron desesperadas, buscando su propio final en lo más profundo de mi ser. Con un empuje final que me dejó sin aliento, se tensó por completo, enterrándose en mí hasta el fondo mientras soltaba un rugido desgarrador que vibró en todo mi cuerpo. Sentí el calor abrasador de su semilla llenándome, un sello líquido que confirmaba lo que el anillo ya gritaba. ​Se quedó allí, pesado y sudoroso, con su frente apoyada contra la mía mientras ambos intentábamos recuperar el aire. El silencio volvió al salón, un silencio cargado del olor a sexo y a poder. Leonid se apartó lentamente, arreglando su ropa con una calma que me resultó ofensiva después de la tormenta que acabábamos de vivir. ​Me quedé sentada en la mesa, con el vestido destrozado y las piernas temblando. Miré mi mano izquierda. El diamante n***o parecía burlarse de mí, brillando con una intensidad renovada. ​Leonid me tomó la mano y besó el anillo, sus ojos clavados en los míos. ​—Ya está hecho, Kira —dijo, su voz volviendo a ser gélida y autoritaria—. Ahora el mundo sabe a quién perteneces. No intentes quitártelo. Porque si lo haces, te recordaré de una forma mucho más dolorosa por qué te lo puse. ​Me bajó de la mesa con una delicadeza que contrastaba con su violencia anterior. Me rodeó la cintura con su brazo, obligándome a caminar a su lado hacia la salida. Me sentía vacía, marcada y extrañamente protegida por el mismo hombre que me había arrebatado todo. ​Caminamos por los pasillos de la mansión en silencio. Los guardias bajaban la mirada a nuestro paso, reconociendo el anillo en mi mano y la marca de Leonid en mi cuello. Yo no era una invitada, ni siquiera era solo la hija del Zar. Era la mujer de Leonid Nevsky, y el peso de esa piedra negra en mi dedo era solo el comienzo de la cadena que me arrastraría hacia un trono construido sobre los huesos de los que intentaron detenernos. ​Al llegar a la suite, me dejó en la entrada y se giró para mirarme una última vez antes de bajar a sus reuniones. ​—Límpiate y vístete —ordenó—. Tenemos una cena con los capitanes. Quiero que vean que mi Zarina es tan hermosa como peligrosa. ​Cerró la puerta tras de sí. Me acerqué al espejo del baño y me miré. El anillo brillaba en la penumbra. Me toqué los labios hinchados y sentí el rastro de su semilla todavía entre mis muslos. Odiaba a Leonid con cada fibra de mi ser, pero mientras miraba ese diamante n***o, me di cuenta de que también le temía a algo mucho más oscuro, me temía a mí misma y a la forma en que mi cuerpo respondía a su toque, como si yo también estuviera hecha de esa misma ceniza y esa misma sangre. ​Me lavé con agua fría, tratando de borrar su rastro, pero el anillo se quedó allí, pesado e inamovible. Era una Nevskya de nuevo.
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