Leonid Nevsky
El amanecer en San Petersburgo siempre tiene el color del acero templado, pero hoy el frío de la mañana se sentía distinto mientras golpeaba los cristales del gimnasio.
Golpeé el saco de boxeo con una combinación de ganchos que hicieron que las cadenas del techo chirriaran bajo la tensión. El sudor me empapaba la piel, bajando por mi torso y nublándome la vista, pero no me detuve. Necesitaba que mis músculos ardieran tanto como me ardía la sangre desde que Kira había regresado.
Aún podía sentir su aroma impregnado en mis poros.
Ese olor a gardenias y a una resistencia que empezaba a desmoronarse bajo mi peso.
Me detuve un segundo, apoyando la frente contra el cuero frío del saco, jadeando.
Mientras recuperaba el aliento, un recuerdo nítido me asaltó, uno que guardaba bajo llave en lo más profundo de mi mente.
Sucedió años atrás, en el antiguo despacho de Aleksandr.
Él me había encontrado mirando una fotografía de Kira que estaba sobre su escritorio; ella apenas tenía dieciocho años en esa foto, sonriendo con una libertad que yo nunca conocería.
Recuerdo el peso de la mano de Aleksandr sobre mi hombro, una presión que no era afectuosa, sino una advertencia. "Mírala bien, Leonid", me había dicho con esa voz de grava que imponía silencio en cualquier habitación. "Mírala porque es lo único que nunca podrás tocar. Kira no pertenece a este mundo de ceniza y pólvora. Ella está prohibida para hombres como nosotros".
Durante mucho tiempo, esas palabras fueron mi ley.
Me obligué a verla como la hija del hombre que me había adoptado y me había dado todo; intenté convencerme de que debía verla como a una hermana, como una figura sagrada en un altar al que yo solo podía servir desde el barro pero el deseo es un parásito que no entiende de lealtades filiales. Cuanto más me decía Aleksandr que estaba prohibida, más se convertía ella en mi única religión.
—Gracias, padre —susurré para mis adentros con una ironía amarga, lanzando un último golpe que casi revienta el saco—. Al final, fuiste tú quien rompió tus propias reglas.
Me quité las vendas de las manos con los dientes, sintiendo los nudillos en carne viva.
Bajé a la cocina, ignorando a los guardias que se cuadraban a mi paso.
El silencio de la casa era absoluto, pero mi mente era un caos de satisfacción. Me preparé un café solo y me quedé mirando el jardín. Ella estaba arriba, durmiendo en mi cama. La mujer que se supone debía ser mi "hermana" por adopción, la que Aleksandr juró proteger de mí, ahora tenía mi semilla dentro de ella y mi apellido esperando en un anillo.
Subí las escaleras de dos en dos. Al entrar en mi habitación, el calor de la noche anterior todavía flotaba en el aire. La vi. Estaba despierta, sentada entre las sábanas de seda negra que resaltaban la palidez de su piel. Sus ojos, esos ojos Nevsky que tenían el mismo fuego que los de Aleksandr, se clavaron en mí.
Tenía el cabello levemente húmedo lo que me debía que se había levantado duchado y luego se había acostado de nuevo
Caminé hacia ella con la lentitud de quien sabe que ya ha ganado la guerra. Me deshice de la camiseta empapada de sudor y me senté en el colchón, que cedió bajo mi peso. Le tomé la barbilla, obligándola a sostener mi mirada.
—¿Te duele? —le pregunté, mi voz siendo apenas un murmullo ronco.
—Todo me duele, Leonid —respondió ella, sosteniendo mi mirada con una valentía que me aceleró el pulso—. Pero supongo que este es el contrato que firmamos.
Sus palabras fueron la chispa. No hubo más diálogos. La agarré por la nuca y la atraje hacia mí en un beso que sabía a café y a una posesión desesperada. Ella soltó un pequeño gemido de sorpresa que murió en mi boca mientras sus manos buscaban mis hombros, aferrándose a mí con una fuerza que delataba que su cuerpo me deseaba tanto como su mente me rechazaba.
La arrojé de espaldas contra las almohadas, apartando las sábanas con un movimiento brusco.
Me deshice de mis pantalones con una urgencia maníaca y me posicioné entre sus piernas.
—Mírame, Kira —gruñí, mi voz siendo un sonido gutural—. Quiero que sepas que esto no es solo por el testamento.
Me bajé hacia ella, mis manos recorriendo sus muslos con firmeza, abriéndola para mí. Busqué su clítoris con la lengua, encontrándola ya húmeda, esperándome.
Ella soltó un grito agudo que rasgó el silencio de la habitación cuando empecé a lamerla con pasadas largas y decididas, usando mis dedos para abrir sus labios carnosos y darle acceso total a mi boca.
—¡Ah! ¡Leonid! —gritó, su espalda arqueándose violentamente. Sus manos se enterraron en mi cabello, tirando de mí, pidiendo más, pidiendo el fin de ese tormento delicioso que le estaba provocando.
Usé mi pulgar para presionar su clítoris con un ritmo frenético mientras mi lengua seguía trabajando en su interior, explorando cada rincón de su feminidad. Los gemidos de Kira se volvieron jadeos entrecortados, una música que alimentaba mi propia bestia interna.
Podía sentir cómo sus músculos se tensaban, cómo su cuerpo empezaba a vibrar bajo mi tacto experto.—¡Por favor! —suplicó ella, su voz rompiéndose—. ¡No más, Leonid! ¡Entra ya!
No se lo hice repetir. Me levanté, mis músculos tensos como cuerdas de piano, y me posicioné frente a su entrada con un movimiento seco y potente, me hundí en ella hasta la raíz, llenándola por completo de una sola estocada que nos dejó a ambos sin aliento.—¡Dios! —exclamó ella, sus ojos abriéndose de par en par.
Me quedé quieto un segundo, disfrutando de la forma en que sus paredes me abrazaban, como si ella misma no quisiera dejarme ir.
Empecé a moverme con embestidas lentas y profundas, saboreando el roce de nuestra piel. El sonido de nuestros cuerpos chocando, ese aplauso húmedo y rítmico, era lo único que llenaba la habitación.
—Eres mía... —gruñí, mis manos apretando sus caderas con tanta fuerza que supe que dejaría marcas—. ¡Toda mía, Kira!
Aceleré el ritmo. Mis estocadas se volvieron más rápidas, más salvajes. Cada vez que mi pelvis golpeaba contra la suya, escuchaba un gruñido salir de mi propio pecho. Kira empezó a gritar, sus uñas clavándose en mi espalda, abriendo surcos en mi piel, pero eso solo servía para que yo embistiera con más furia.
—¡Más rápido! ¡Más fuerte! —me pedía ella, su voz perdida en un mar de gemidos y placer.
La penetración era absoluta. Sentía cómo llegaba al fondo de su ser, reclamándola de la forma más primitiva.
Cambié el ángulo, levantando sus piernas para apoyarlas sobre mis hombros y entrar todavía más profundo. El ángulo era perfecto; cada vez que embestía, mi hueso púico golpeaba directamente su clítoris, enviándole oleadas de placer que la hacían sollozar de éxtasis.—¡Ahhh! ¡Leonid! —gritó ella, su cabeza moviéndose de un lado a otro sobre las sábanas negras.
Yo estaba en el límite. El placer era tan intenso que mi visión se nublaba. Sus paredes empezaron a contraerse rítmicamente alrededor de mí, un espasmo tras otro, anunciando su orgasmo inminente.
—¡Eso es! ¡Rómpete para mí, Kira! —le ordené, aumentando la velocidad de mis embestidas hasta que fueron una ráfaga frenética de carne y deseo puro.
Kira soltó un grito que debió escucharse en toda la mansión, un alarido de puro éxtasis mientras su cuerpo se tensaba como una cuerda a punto de romperse. Sus músculos me apretaron con una fuerza increíble, succionándome. Verla así, entregada por completo, fue lo que me hizo perder el control final.
Lancé tres estocadas finales, brutales y profundas. Con un gruñido desgarrador que vibró en mi garganta, me tensé por completo y me vacié dentro de ella en espasmos largos y potentes.
Sentí mi propia semilla llenándola, un calor líquido que sellaba nuestro destino
Me derrumbé sobre ella, mi pecho subiendo y bajando con violencia.
Me quedé allí, enterrado en ella, sintiendo cómo los restos de su orgasmo seguían dándome pequeños masajes internos. El aroma a sexo y a nosotros dos inundaba el cuarto.
—Maldito seas... —susurró ella al cabo de un rato.
Me incorporé sobre mis codos para mirarla. Tenía las mejillas sonrojadas y los labios hinchados. Estaba hermosa. Estaba vencida. Le aparté un mechón de pelo de la cara con una ternura que solo ella era capaz de despertarme.
—Puedes odiarme todo lo que quieras, Kira —le dije, mi voz todavía ronca—. Pero este cuerpo sabe a quién pertenece. Y mientras yo respire, nadie más va a ponerte una mano encima.
Me salí de ella con lentitud, sintiendo el vacío que dejaba su ausencia. Me senté en el borde de la cama, mirando mis manos. Todavía temblaban.
Aleksandr me había entregado su imperio, pero me había dado a Kira para asegurarse de que mi lealtad fuera eterna. Él sabía que yo nunca dejaría este trono si ella estaba sentada a mi lado.
Me levanté y caminé hacia el baño, pero antes de entrar, me giré. Ella se estaba cubriendo con la sábana, volviendo a su caparazón de frialdad, pero yo sabía la verdad. Sabía cómo gritaba mi nombre.—Dúchate —le ordené—. Los joyeros llegarán en una hora. No quiero que te vean así.
Entre al baño sintiendo el peso de la corona más real que nunca.
Había esperado años por este momento, y ahora que la tenía en mi cama y en mi vida, supe que quemaría el mundo entero antes de permitir que volviera a escapar