Capitulo 14

1531 Palabras
Kira Nevskya La habitación de Leonid se sentía como una extensión de su propia piel: fría, imponente y cargada de una historia que yo apenas empezaba a descifrar. Al entrar, el vacío me golpeó con la misma fuerza que el lujo. En este cuarto solo estaba él, su olor a tabaco y madera, y yo, sintiéndome una intrusa desnuda de pasado. Me encerré en el baño de la suite, necesitando un muro físico entre Leonid y yo. Me apoyé contra la puerta cerrada y cerré los ojos, tratando de que el temblor de mis manos se detuviera. Todavía podía sentir el olor a pólvora y a colonia cara que flotaba en el salón de abajo, y la imagen de la sangre de Romanov estallando sobre el mantel blanco volvía a mi mente cada vez que parpadeaba. Me acerqué al espejo y me quedé mirando mi propio reflejo. El maquillaje seguía perfecto, el labial rojo intacto, pero mis ojos... mis ojos delataban la derrota. Me sentía contaminada por el simple hecho de haber estado allí, de haber sido el motivo de ese despliegue de violencia. Tomé una toalla pequeña y empecé a frotar mi cuello, buscando limpiar una mancha inexistente, una sensación de suciedad que no se iba con agua y bajé la mirada hacia mis manos, que aún vibraban por el shock. —Maldita sea... —susurré, y mi voz se quebró en el silencio del mármol. Me quité los pendientes de diamantes y los dejé caer sobre la encimera con un clic seco. Intenté alcanzar la cremallera de mi vestido, pero mis dedos fallaron. Escuché la puerta del baño abrirse. No necesité girarme para saber que era él. Leonid entró con una calma ofensiva, arrojando su chaqueta a un lado y desabrochando sus puños con la parsimonia de quien acaba de terminar un día cualquiera de trabajo. Nuestras miradas se encontraron en el espejo. Él se posicionó detrás de mí y sentí el calor de su cuerpo irradiando contra mi espalda fría. Sus manos buscaron el cierre de mi vestido. Se detuvieron en la base de mi nuca, y pude sentir cómo sus dedos rozaban mi piel con una delicadeza que me hizo estremecer. —Quizás Romanov tenga razón —dije de repente, mi voz apenas un hilo ronco—. Quizás soy blanda, Leonid. Quizás soy exactamente lo que mi padre temía. Estuve seis años fuera, seis años libre de este horror, y ahora siento que me rompo con solo ver un poco de sangre. No estaba hecha para esto. Me alejó porque sabía que yo no tenía el acero necesario para ser una Nevskya. Leonid se detuvo, con los dedos todavía en la cremallera, y me obligó a mirar nuestro reflejo conjunto. —Te equivocas, Kira. Si Aleksandr realmente hubiera creído que eras demasiado blanda, no te habría atado a mí de esta manera. No habría puesto una cláusula en su testamento que obligara al próximo Zar a casarse contigo para ser legítimo. Te habría dejado perderte en Estados Unidos para siempre. Solté una risa amarga, una carcajada seca que dolió en mi garganta. —No lo hizo por mí, Leonid. Lo hizo por ti. Lo hizo para que tú tuvieras la corona de forma legítima. Yo soy el sello. El pasaporte para que nadie cuestione tu autoridad. No me ató a ti porque fuera fuerte, me ató porque en mis venas corre su sangre, y eso es lo único que él respetaba. El apellido se puede comprar, pero la sangre es lo único que no se puede falsificar. Me giré entre sus brazos. Estábamos tan cerca que podía ver el latido de la vena en su cuello.—Me odiaba por ser humana, pero me usó como su última pieza de ajedrez. Y tú eres el jugador que acaba de recibir el premio. Leonid no respondió con palabras. Me tomó del rostro y me besó con una desesperación que me dejó sin aliento. Me levantó y me sentó en el borde del lavabo de mármol mis piernas se envolvieron alrededor de su cintura y sentí el contraste del aire frío con su piel ardiente. Me cargó hacia la habitación y me dejó sobre las sábanas negras. Él se deshizo de su ropa con movimientos urgentes, revelando un cuerpo que era un mapa de cicatrices y músculos tensos Cuando se posicionó sobre mí, supe que no habría espacio para el diálogo. Leonid buscó mi boca de nuevo, devorándome, mientras su mano bajaba con decisión por mi vientre hasta encontrar el encaje de mi ropa interior. La apartó con un tirón impaciente y sus dedos buscaron mi centro, encontrándome ya húmeda y lista para él. Gemí contra sus labios cuando empezó a masajear mi clítoris con una presión rítmica y experta. El placer subió como una marea, haciéndome arquear la espalda. —Dime que me quieres, Kira —gruñó él contra mi oído, su voz siendo una vibración que me recorrió entera—. Dime que este cuerpo es mío. No pude responder. Solo pude soltar un grito ahogado cuando Leonid se posicionó y, de un solo empuje firme y profundo, me penetró por completo. Sentí cómo mis músculos se estiraban para acoger su grosor, una sensación de plenitud que me hizo cerrar los ojos con fuerza. Leonid no se detuvo empezó a moverse con embestidas largas y potentes que hacían que el cabecero de la cama golpeara rítmicamente contra la pared. —¡Ah, Leonid! —exclamé, mis manos clavándose en su espalda, buscando tracción en sus hombros anchos. Él soltó un gruñido animal, una mezcla de triunfo y agonía. Sus embestidas se volvieron más rápidas, más salvajes, perdiendo cualquier rastro de la delicadeza del baño. Cada vez que su pelvis chocaba contra la mía, un eco de placer eléctrico recorría mi columna. Leonid bajó la cabeza y atrapó uno de mis pechos en su boca, succionando con fuerza mientras sus dedos volvían a buscar mi clítoris, estimulándolo al compás de sus estocadas. El roce de su vello púbico contra mi piel, el calor de su aliento y el sonido de nuestras pieles chocando crearon una atmósfera de lujuria pura que borró cualquier rastro de mi pasado en Boston. No era la estudiante, no era la chica libre era una mujer reclamada por el fuego. —Más... por favor, más... —supliqué, moviendo mis caderas para encontrar su ritmo, buscando que llegara más profundo, donde el placer se convertía en dolor y el dolor en éxtasis. Leonid respondió con un gruñido gutural y cambió el ángulo, levantando mis piernas para apoyarlas sobre sus hombros. La penetración se volvió absoluta, llegando a un punto que me hacía ver estrellas. Empecé a jadear, mis gritos llenando la habitación mientras el orgasmo empezaba a construirse en la base de mi vientre. —¡Mírame, Kira! —ordenó él, su voz cargada de una adrenalina oscura. Abrí los ojos y lo vi. Su rostro estaba transformado por el esfuerzo, sus pupilas dilatadas hasta casi borrar el iris. Era el Zar, era el hombre que acababa de romper una mano en el salón, y ahora me estaba reclamando de la forma más primitiva posible. Esa intensidad me empujó al límite. Sentí cómo las paredes de mi interior empezaban a contraerse rítmicamente alrededor de su m*****o. —¡Leonid! —grité su nombre mientras el orgasmo estallaba en mil pedazos dentro de mí, una ola de calor que me dejó temblando y sollozando bajo él. Él no se detuvo. Siguió embistiendo con una ferocidad renovada, buscando su propio final. Sus estocadas se volvieron cortas, rápidas, casi violentas en su necesidad de entrega. Con un último empuje que me dejó sin aliento, Leonid se tensó por completo, enterrándose en mí hasta el fondo mientras soltaba un gruñido desgarrador que vibró en mi pecho. Sentí el calor de su semilla llenándome, una marca líquida de su victoria y de nuestro pacto de sangre. Se quedó allí, pesado y sudoroso, con su frente apoyada contra la mía mientras ambos recuperábamos el aliento en espasmos cortos. El silencio volvió a la habitación, pero era un silencio cargado de una nueva comprensión. Leonid se deslizó a mi lado y me atrajo hacia él con un brazo posesivo, pegando mi espalda a su pecho caliente. Me quedé mirando hacia la oscuridad, sintiendo mi cuerpo vibrar todavía por el exceso de sensaciones. No había maletas mías, no había libros, no había nada de mi antigua vida en este cuarto. Solo estaba el aroma de Leonid, la humedad de nuestro encuentro y la realidad de que, a partir de hoy, este era mi único mundo. —Mañana vendrán los joyeros —dijo él al cabo de un rato, su voz ya recuperando esa autoridad gélida—. Tienes que elegir el anillo de la Zarina. —Lo sé —respondí, cerrando los ojos. El sueño empezaba a reclamarme, pero mi mente seguía dando vueltas—. El anillo que sellará mi condena. —O tu protección, Kira. Depende de cómo quieras verlo. Me acurruqué contra él, aceptando por fin que mi "blandura" era ahora su responsabilidad, y que mi sangre era el precio que ambos pagaríamos por el trono de los Nevsky.
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