Capitulo 04

1311 Palabras
Kira Nevskaya El cielo parecía una losa de granito suspendida sobre nuestras cabezas. El frío no era una simple temperatura; era una presencia física, una mano invisible que apretaba mis pulmones y entumecía mis dedos dentro de los guantes de seda negra. Caminar por el sendero principal del cementerio familiar de los Nevsky era como recorrer un pasillo de fantasmas. A cada lado, los mausoleos de mármol de mis antepasados vigilaban nuestro avance, recordándome que yo era el eslabón de una cadena que siempre intenté romper. A mi lado, marcando un paso rítmico y marcial, caminaba Leonid. Su presencia era una constante perturbación. Ayer, en la penumbra de mi habitación de invitados, su cercanía me había quemado. Su olor ese rastro de nieve, tabaco y una masculinidad peligrosa se había quedado grabado en mis sentidos. Hoy, bajo la luz cruda de un día de entierro, él volvía a ser el muro de piedra. Vestía un abrigo largo de corte impecable y su rostro era una máscara de absoluta frialdad. Era el "hijo" perfecto, el heredero que mi padre había moldeado. Siempre lo sentí. Desde niña, supe que Aleksandr prefería la mirada gélida y la obediencia letal de Leonid antes que mi risa o mis preguntas. Nos crió el mismo hombre, sí, pero él recibió el acero y yo recibí el aislamiento. Leonid era su obra maestra; yo era solo su obligación biológica. El hombre al que hoy enterrábamos nos había mantenido en mundos paralelos, asegurándose de que nuestras trayectorias nunca se cruzaran, como si temiera lo que podría pasar si lo hacían. —Mantén la vista al frente, Kira —murmuró Leonid, sin siquiera girar la cabeza—. Los socios están buscando una grieta en tu armadura. No se la des. Sus palabras fueron un latigazo de realidad. Miré hacia los lados y vi a los hombres. Decenas de ellos, vestidos de n***o, con rostros que parecían tallados en la misma piedra que las lápidas. Los socios de la organización, los capos de las provincias, los soldados que juraban lealtad a un apellido pero que ahora evaluaban con ojos de lobo a la mujer que acababa de regresar del exilio. Llegamos al centro de la ceremonia. El ataúd de roble oscuro descansaba sobre el pedestal de mármol, rodeado de coronas de flores que ya empezaban a marchitarse por el frío. Me acerqué con pasos vacilantes. Ahora, al ver su rostro a través del cristal del féretro, el golpe en mi pecho fue seco y profundo. Aleksandr Nevsky parecía más pequeño de lo que recordaba. La muerte le había robado esa aura de invencibilidad que solía llenar cualquier habitación. Sentí una mezcla asfixiante de rabia, abandono y una tristeza residual que odiaba admitir. Quería gritarle pero no lo hice ya no valía la pena. El sacerdote comenzó a recitar las oraciones en un eslavo antiguo que sonaba como un lamento ancestral. Yo no escuchaba. Mis ojos estaban fijos en Leonid, que permanecía de pie al otro lado del ataúd, como un centinela. Si mi padre pudiera vernos ahora, con esa tensión eléctrica que nos envolvía desde anoche, se volvería a morir Él siempre nos quiso alejados. De repente, Leonid se adelantó. El silencio se volvió absoluto, solo roto por el silbido del viento entre los pinos. Subió al pequeño atril de piedra y miró a la multitud de criminales y socios con una autoridad que me hizo estremecer. —Aleksandr Nevsky no fue un hombre de palabras, sino de hechos —comenzó Leonid. Su voz era un trueno bajo, perfectamente modulada—. Me enseñó que el poder no se hereda solo por el nombre, sino por la capacidad de protegerlo. Me crió para ser su mano derecha y su voluntad cuando él ya no estuviera. Hoy despedimos al Zar, pero quiero que quede algo claro para todos los presentes: el trono no está vacío. Los Nevsky no retrocedemos. Aquellos que busquen debilidad en esta transición, encontrarán únicamente el final de su estirpe. Mi lealtad hacia su memoria es absoluta, y mi paciencia con la traición, inexistente, esto es solo el inicio y pronto veremos las cabezas de los responsables rodar Fue un discurso de guerra. No hubo menciones al "padre", solo al "líder". Leonid estaba marcando su territorio frente a los tiburones que lo rodeaban, y lo hacía con una eficacia aterradora. Al terminar sus palabras, el protocolo cambió. Como si fuera una señal ensayada, varios de los socios más antiguos y los hombres del consejo de la mafia desconocidos para mí, pero imponentes en su silencio dieron un paso al frente. Sacaron sus armas cromadas y, en un movimiento sincronizado, apuntaron al cielo gris. El estruendo de los disparos desgarra el aire. ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! El sonido de la pólvora rebotando en las paredes de los mausoleos me hizo saltar, pero me obligué a no retroceder. Eran disparos de despedida, una tradición violenta para un hombre que vivió por la espada. El olor a nitrato y humo de disparo inundó mis pulmones, mezclándose con el incienso. Era el olor de mi infancia, un olor que creía haber olvidado en las calles limpias de Estados Unidos.—Es hora —dijo Leonid, apareciendo a mi lado de nuevo. Seis hombres de confianza tomaron las asas del ataúd. Leonid se colocó en la cabecera, cargando con el peso del hombre que lo hizo lo que era. Empezamos la procesión hacia la cripta familiar, una estructura imponente de mármol n***o donde solo los jefes Nevsky tenían permiso para descansar. Caminamos en un silencio solo interrumpido por el eco de los disparos que seguían sonando a lo lejos, ráfagas cortas de ametralladoras en la distancia que funcionaban como un eco fúnebre. Al entrar en la cripta, la temperatura bajó aún más. Era un lugar sagrado y maldito a la vez. Vi cómo colocaban el ataúd frente al nicho abierto, el lugar donde todos los Nevsky terminan su camino. El nudo en mi garganta finalmente estalló. Ver cómo bajaban el cuerpo de mi padre, cómo ese hombre que gobernó mi vida con miedo y reglas se hundía en la oscuridad eterna, me destrozó. Lloré suavemente, sin sollozos exagerados, pero con lágrimas amargas que me quemaban las mejillas. Me sentía pequeña, excluida de nuevo de su testamento emocional, atrapada en una casa que no era la mía con un hombre que era un extraño y un hermano al mismo tiempo. Leonid se acercó a mí mientras el ataúd descendía suavemente. Sentí su mano atrapar la mía. Fue un gesto brusco, firme, pero en ese momento, fue el único anclaje que tuve. Me aferré a sus dedos con una fuerza desesperada, hundiendo mis uñas en su guante de cuero. Él no me miró, mantuvo la vista fija en el descenso del féretro, pero apretó mi mano de vuelta, un gesto de apoyo que chocaba frontalmente con la frialdad de su rostro. En ese contacto, por un segundo, la soledad fue menos pesada. Vimos cómo el ataúd se deslizaba finalmente dentro del mármol. El sonido de la piedra sellándose fue definitivo. Afuera, otra ronda de disparos resonó, una salva final que parecía sacudir los cimientos de la cripta. Leonid soltó mi mano, pero no se alejó. Se giró hacia mí, y por un segundo, la máscara del Zar se agrietó. Sus ojos azules brillaron con una intensidad que me hizo retroceder un paso. La tensión de la noche anterior volvió a instalarse entre nosotros, ignorando el escenario de muerte que nos rodeaba —El luto dura lo que dura el humo en el aire, Kira —sentenció, tomándome del brazo para obligarme a salir de la cripta—. Ahora, el mundo sabe que has vuelto. Y yo tengo que asegurarme de que nadie piense que eres un blanco fácil Salimos al aire libre mientras los últimos socios se retiraban hacia sus Mercedes negros.
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