Capitulo 05

1758 Palabras
Leonid Nevsky ​El silencio de la mansión Nevsky después de un entierro no es un silencio de paz; es un silencio de conspiración. El aroma a incienso del funeral todavía parece estar adherido a las cortinas de terciopelo, mezclándose con el olor a cera de las velas que se consumen en el vestíbulo. sentado en el despacho de Aleksandr, o mejor dicho, en mi despacho. Las sombras de la habitación son alargadas y densas, iluminadas solo por el resplandor ámbar de un vodka que no deja de quemarme la garganta. ​Tengo frente a mí seis monitores ocultos tras un panel de madera. En este mundo, la información es la única moneda que no se devalúa, y mi seguridad ha instalado cámaras en cada rincón de esta propiedad. Mis ojos, cansados por la falta de sueño están fijos en la pantalla que muestra el pasillo del ala oeste. ​Entonces, la veo ​Kira sale de su habitación a las tres de la mañana. Lleva puesto un camisón de seda color perla que se desliza sobre su cuerpo como agua. No lleva zapatos. Sus pies descalzos se hunden en la alfombra persa mientras camina con una elegancia que me resulta insultante. La observo a través de la lente digital, moviéndose como un fantasma por su propia casa. Cambia de cámara. Ahora está en la cocina, bebiendo un vaso de agua con lentitud, la luz de la nevera perfilando su silueta a través de la seda fina. ​Me quedo sin aliento mientras observo el movimiento de sus caderas mientras empieza a recorrer la casa, subiendo de nuevo, recorriendo los pasillos como si estuviera reconociendo un territorio que ya no le pertenece, lo único que siento es un hambre oscura y primitiva. Se detiene frente a los cuadros de los antepasados, toca el mármol de las columnas. Parece perdida, una princesa en un castillo en ruinas ​Cuando veo que se dirige hacia el despacho, reacciono con un movimiento rápido y seco, apago todos los monitores. Las pantallas se vuelven negras justo cuando escucho el leve roce del pomo de la puerta. Me hundo en la silla de cuero, ocultando mi agitación bajo una máscara de frialdad absoluta. ​La puerta se abre y ella se detiene en seco al verme allí, sumergido en la penumbra, con el vaso de vodka en la mano. Su sorpresa es evidente; no esperaba que el nuevo Zar estuviera despierto custodiando el santuario del muerto. ​—No te di permiso para deambular por la casa a estas horas, Kira —digo. Mi voz sale más ronca de lo habitual. ​Ella se recupera rápido, cerrando la puerta tras de sí. Sus hombros se tensan, pero sus ojos grises brillan con ese fuego que siempre me ha desafiado ​—No necesito tu permiso, Leonid. Esta también es mi casa o al menos lo era antes de que la convirtieras en una base militar. ​—Esta casa es un objetivo —respondo, levantándome de la silla con una lentitud amenazante—. No sé si es que aún no entiendes que emboscaron a tu padre y lo mataron Kira estamos en guerra. Si sales de tu habitación sin escolta, estás rompiendo las reglas. ​Kira se acerca al escritorio, golpeando la superficie de roble con la palma de la mano. La furia emana de ella en ondas de calor que puedo sentir desde mi posición. ​—¡No puedes retenerme aquí! —exclama—. ¡El funeral terminó! Me voy y no me importa que estén en guerra, este no es mi mundo, yo no tengo nada que ver con esto. Mañana mismo tomaré un vuelo de regreso a Estados Unidos y no volverás a saber de mí. ​Rodeo el escritorio. Cada uno de mis pasos es una advertencia. ​—No vas a ir a ninguna parte, Kira. Eres una Nevskaya. Fuera de estos muros, eres un blanco. ​—¡Prefiero ser un blanco que estar bajo tu bota! —me espeta, dándose la vuelta para irse. ​No le doy tiempo. En dos zancadas la alcanzo, sujeto su brazo y la giro, atrapándola entre mi cuerpo y la puerta pesada del despacho. Su respiración golpea mi pecho. El silencio es tan denso que puedo escuchar el latido de nuestros corazones. — No te vas a ir Kira — Sentencie Ella me miró con desafío como nunca nadie me había mirado antes — Mírame hacerlo — Susurro— Este no es mi hogar y jamás lo será... Sin darle tiempo a pensar, capturo sus labios. ​Es un beso brutal. Kira intenta alejarse, sus manos empujan mis hombros, pero yo soy una pared de músculo. La presiono más, mi lengua reclamando su boca con ferocidad.​—Leonid... detente —susurra ella cuando bajo a su cuello—. Somos hermanos... ​Me detengo un milímetro sobre su piel. —No compartimos sangre...— Susurró esperando que ella diga algo más rogando para que me aleje porque no tengo la fuerza de voluntad para hacerlo yo sin embargo no lo hace es toda la invitación que necesito. Vuelvo a su boca, devorándola, mientras mis manos bajan por sus costados, apretando su cintura hasta que ella suelta un gemido que es pura rendición. La levanto en vilo, sus piernas se enredan en mi cintura y la llevo de vuelta al escritorio de mi padre. Aparto de un manotazo los documentos, los mapas, el teléfono satelital que se estrellan contra el suelo. Nada importa excepto ella. La subo al roble, separando sus piernas. Me deshago de mi ropa y levanto la seda de su camisón. Verla así, desnuda y expuesta bajo la luz de la luna, me hace perder la razón. Me posiciono entre sus muslos, sintiendo el calor que emana de ella con un movimiento decidido, empujo para entrar pero me detengo. La resistencia es absoluta. Siento el muro de su virginidad contra la punta de mi m*****o. Me quedo inmóvil, los músculos vibrando por el esfuerzo.—¿Kira? —mi voz es un gruñido. Ella no responde, solo aprieta los dientes y me mira con una mezcla de miedo y desafío. Es virgen... El hecho de ser el primero me dispara un instinto de posesión animal. Empujo con firmeza implacable. Escucho su primer grito de dolor, un sonido agudo que desgarra el silencio del despacho mientras siento cómo su himen cede y se desgarra bajo mi peso. Entro por completo, llenándola, sintiendo cómo sus paredes internas se cierran alrededor de mí como una trampa de seda ardiente. —¡Ah! —Kira echa la cabeza hacia atrás, las lágrimas empañando sus pestañas. —Mía —susurro, mi voz vibrando contra su oído—. Solo mía. Me quedo quieto, dejando que su cuerpo aprenda a contenerme pero mis dedos no se quedan quietos. Bajo una mano y busco su clítoris, rozándolo con la yema del pulgar a través de la humedad que empieza a brotar de ella. Kira suelta un jadeo, su espalda arqueándose contra la madera fría del escritorio. Empiezo a masajear ese pequeño punto, sintiendo cómo su dolor inicial empieza a transformarse en algo mucho más oscuro y potente. Empiezo a moverme. Primero con embestidas cortas, dejando que se acostumbre a la fricción. Mis dedos no dejan de trabajar en su centro, frotando y presionando con un ritmo que la hace sollozar. —Leonid... duele... —susurra ella, pero sus manos no me empujan, se clavan en mi espalda. —Shh... deja que pase —murmuro, besando sus párpados mojados. A medida que mis dedos aceleran el ritmo en su clítoris, siento cómo ella se relaja, cómo su humedad aumenta, facilitando mi paso. Mis embestidas se vuelven más largas y profundas, buscando el fondo de su útero. Cada vez que mi pelvis choca contra la suya, escucho el sonido húmedo de nuestra unión y los gemidos de ella, que ahora son de puro placer. —Oh, Dios... Leonid... —grita, sus piernas apretando mi cintura con desesperación. La penetración es total. Siento cada pliegue de su interior apretándome, succionándome. Empiezo a embestir con más fuerza, de forma salvaje. Mis dedos se introducen un poco en ella mientras sigo estimulando su clítoris, creando una doble fricción que la hace perder el control. Kira empieza a sacudirse bajo mi cuerpo, sus pechos rozando mi pecho velludo, su aroma a vainilla y sexo llenando mis pulmones.—Por favor... sigue... no pares —me ruega, su voz quebrada por la intensidad. Su ruego me enloquece. La tomo por las nalgas, levantándola un poco más para que cada una de mis embestidas llegue más profundo. Puedo sentir cómo el placer la recorre en oleadas; sus ojos están en blanco, su boca abierta buscando aire. Mis dedos trabajan sin descanso en su clítoris, sintiendo cómo se hincha bajo mi tacto. Ella está al borde, lo siento en la forma en que su interior empieza a palpitar rítmicamente alrededor de mí—¡Leonid! —grita mi nombre cuando el primer espasmo del orgasmo la golpea. Su cuerpo se tensa como una cuerda de violín. Siento las contracciones vaginales apretándome con una fuerza increíble, una y otra vez, mientras ella gime sin control, su rostro escondido en mi cuello. Verla desmoronarse bajo mi tacto, saber que soy el único hombre que conocerá este lenguaje en su cuerpo, me empuja al abismo con tres embestidas finales, brutales, me vacío dentro de ella con un rugido que sale desde lo más profundo de mis entrañas El silencio que sigue es pesado. Me separo lentamente, viendo la mancha de su pureza mezclada con mi simiente sobre la madera del escritorio de mi padre. Me ajusto la ropa en segundos, recuperando la máscara del Zar. Ella se queda allí, temblando, con los labios hinchados y la mirada perdida. Intenta hablar, pero mi voz la corta. —Vístete y sal de aquí, Kira —digo, dándole la espalda. Mi tono es gélido, como si no acabara de reclamar su alma hace un minuto. La veo por el reflejo. Se ve impresionada, dolida por mi frialdad repentina pero se baja del escritorio con las piernas temblando, se viste deprisa y sale dando un portazo Me quedo solo. Me siento bien, con la adrenalina en la sangre, pero una náusea moral me golpea. Tuve sexo con mi "hermana" en la oficina de nuestro padre, sobre el escritorio donde él decidía quién vivía o moría. He fallado miro las manchas en el roble, maldigo en voz baja.
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