Capitulo 06

2111 Palabras
Kira Nevskaya Me desperté antes de que el sol lograra perforar la densa capa de nubes de San Petersburgo. Durante unos segundos, el techo artesonado de mi habitación me resultó extraño, una geometría de sombras que no lograba reconocer. Intenté estirar las piernas, y entonces, el dolor me golpeó. Era una punzada aguda, una rigidez en la parte interna de mis muslos que me hizo soltar un jadeo ahogado. Los recuerdos de la noche anterior regresaron en una avalancha de sensaciones eléctricas y vergonzosas. El frío del escritorio de roble contra mi espalda, el olor a tabaco y vodka de Leonid, y ese momento exacto en el que mi mundo se rompió. Mi pureza, esa que había guardado casi por inercia en la asepsia de mi vida en Estados Unidos, se había quedado manchando los documentos de mi padre, bajo el peso del hombre que ahora gobernaba esta casa. Me senté en la cama, envolviéndome en las sábanas de hilo como si pudieran protegerme de mis propios pensamientos. Mis dedos rozaron mi cuello, justo donde Leonid había enterrado sus dientes, y un escalofrío me recorrió la columna. No había amor en lo que hicimos. Había sido una colisión de poder, un sacrilegio que nos había dejado a ambos marcados. Pero lo que más me dolía no era la pérdida de mi virginidad, sino la forma en que él me había despachado después como a una molestia, como a una prostituta de lujo a la que se le ordena vestirse y desaparecer. —Eres un monstruo, Leonid Nevsky —susurré a la habitación vacía, aunque mi cuerpo traicionero todavía vibraba ante el recuerdo de su nombre gritado entre jadeos. Me obligué a levantarme. Me duché con el agua tan caliente que mi piel se puso roja, intentando fregar el rastro de sus manos, de su sudor, de su semilla pero al cerrar los ojos, solo veía su mirada azul, esa posesividad animal que había brillado en él cuando descubrió que yo era virgen. Él lo sabía ahora. Sabía que nadie más me había tocado y en este mundo de hombres violentos, eso era equivalente a ponerme un collar con su nombre grabado. Me vestí con una armadura de seda: un conjunto de pantalón y blusa de color n***o azabache, elegante pero austero. Me recogí el cabello en una coleta tirante, ocultando cualquier rastro de la chica vulnerable que había sollozado en el despacho. Maquillé mis ojeras y pinté mis labios de un rojo sangre desafiante. No iba a dejar que me viera derrotada. Cuando me acerqué a la puerta de mi habitación para bajar a desayunar, me detuve en seco. Al girar el pomo, la puerta no se abrió por completo. Chocó contra algo sólido.—¿Qué demonios...? —murmuré, empujando con más fuerza. La puerta se abrió lo suficiente para revelar a dos hombres que parecían armarios empotrados. Vestían trajes negros impecables y llevaban auriculares de seguridad. Reconocí sus rostros eran del círculo íntimo de Leonid. Los dos se cuadraron al verme, bloqueando casi por completo el paso al pasillo. —Buenos días, señorita Nevskaya —dijo uno de ellos con voz monótona—. El señor Nevsky ha ordenado que no abandone su habitación sin escolta permanente. Sentí que la sangre se me subía al rostro. La rabia, caliente y ácida, sustituyó al dolor físico. ¿Otra vez? Pensé que ya había olvidado eso de poner personal en mi puerta. —¿Escolta? —repetí, soltando una carcajada amarga—. Esto es un arresto domiciliario. Quítense de mi camino. —No tenemos permiso para dejarla transitar sola, señorita. El señor la espera en el comedor principal. Por favor, síganos. Caminé entre ellos, sintiéndome como una prisionera de guerra camino a su ejecución. Cada paso que daba por los pasillos de la mansión me recordaba que ya no era la dueña de mi destino. Leonid había tomado lo que quería de mí en el despacho y ahora estaba sellando las salidas. Al llegar al comedor, la escena parecía sacada de una película de época, pero con un tinte siniestro. La mesa de caoba estaba servida para veinte personas, aunque solo Leonid estaba sentado en la cabecera. Estaba leyendo unos informes, una taza de café humeante a su lado. Se veía impecable, con una camisa blanca perfectamente almidonada y las mangas dobladas, revelando los tatuajes que subían por sus antebrazos. No parecía el hombre que me había tomado salvajemente unas horas antes; parecía un rey calculando su próxima conquista. Varios de sus capitanes estaban de pie en las esquinas del salón, hablando en susurros. El aire olía a café y a peligro. Me senté en el extremo opuesto de la mesa, lo más lejos posible de él. El silencio se prolongó, solo roto por el sonido de Leonid pasando las páginas de sus documentos. No me miró. Ni siquiera hizo un gesto de reconocimiento. Era como si la mujer que había tenido entre sus piernas, la que le había rogado que no parara, fuera un fantasma invisible. —¿Qué es esto, Leonid? —pregunté, mi voz cortando el aire como un cuchillo. Él levantó la vista lentamente. Sus ojos azules estaban gélidos, despojados de cualquier rastro de la pasión de la noche anterior. Me miró como si fuera un problema logístico que debía resolver. —Es seguridad, Kira. Come tu desayuno. Tenemos mucho que hacer hoy. —Seguridad —repetí, apoyando las manos en la mesa. Me dolía el roce de la ropa contra mi piel sensible, y el recordatorio de por qué me dolía me hacía querer gritar—. Hay dos hombres apostados en mi puerta como si fuera una criminal. Has bloqueado mi acceso a la libertad. Leonid cerró la carpeta con un golpe seco que hizo saltar los cubiertos de plata. Los capitanes en las esquinas se tensaron de inmediato. Él hizo un gesto con la mano y, sin mediar palabra, todos abandonaron el salón, cerrando las puertas dobles tras de sí. Ahora estábamos solos. El comedor se sintió de repente demasiado pequeño. Él se levantó y caminó hacia mí. No era un paseo; era el acecho de un depredador. Se detuvo a mi lado y apoyó una mano en el respaldo de mi silla, inclinándose hasta que su rostro quedó a centímetros del mío. Pude olerlo ese aroma a hombre y poder que me hacía odiarme por desearlo. —Lo que pasó anoche no cambia el hecho de que Rusia es un campo de minas para ti —susurró, su voz baja y vibrante—. Mis enemigos saben que has vuelto. Si pones un pie fuera de esta casa sin mi permiso, te encontrarán. Y te aseguro que ellos no serán tan... cuidadosos como yo. Claro, yo aquí era un maldito trofeo... ¿Cómo lo pude olvidar? —¿Cuidadosos? —me reí en su cara, aunque mis ojos se llenaron de lágrimas de rabia—. Me trataste como a un trofeo de caza en ese despacho. Me usaste y luego me echaste de allí como si fuera basura. No me hables de cuidado. Leonid alargó una mano y, con una lentitud tortuosa, rozó mi mejilla con el dorso de sus dedos. Sus ojos bajaron a mi cuello, deteniéndose en la marca que él mismo había dejado, ahora de un color púrpura oscuro. Sus pupilas se dilataron y supe que estaba recordando cada gemido, cada espasmo de mi cuerpo. Su mirada era pura posesión, una mirada que decía: Eres mía y nadie más volverá a tocarte. —Eres una Nevskaya, Kira. Tu cuerpo es el legado de esta familia. Ahora que he sido el primero en reclamarlo, tengo la obligación de asegurarme de que sea la última persona en decidir quién entra en tu cama. Y mientras yo sea el Zar, esa decisión me pertenece. Se apartó bruscamente, recuperando su postura rígida.—No vas a volver a Estados Unidos. He ordenado que cancelen tu pasaporte y que vigilen todos los puertos. Vas a quedarte aquí, bajo mi techo, bajo mis reglas. —¡No puedes hacer eso! —grité, poniéndome de pie. La silla cayó hacia atrás con un estruendo—. ¡No soy tuya! ¡No soy nada de este imperio podrido! —Lo eres todo —respondió él, dándose la vuelta para salir del comedor—. Eres la sangre. Yo soy el acero. Y a partir de hoy, vas a aprender que en San Petersburgo, el acero siempre protege a la sangre... incluso si la sangre no quiere ser protegida. Salió del salón sin mirar atrás, dejándome temblando de furia y de una impotencia que me asfixiaba. Decidí que no iba a quedarme allí sentada esperando sus órdenes. Caminé hacia los grandes ventanales que daban al jardín trasero. Necesitaba aire, necesitaba sentir que todavía tenía el control sobre mis propios pies. Salí por las puertas francesas, sintiendo el golpe del frío ruso en mi rostro. La nieve cubría los arbustos perfectamente podados, creando un paisaje de una belleza estéril y mortal. Caminé por el sendero de piedra, alejándome de la mansión, buscando la salida que daba al bosque. Pero no había caminado ni cincuenta metros cuando vi las sombras entre los árboles. Guardias. Hombres con rifles tácticos que patrullaban el perímetro con una eficiencia escalofriante. Al llegar a la puerta de hierro forjado que cerraba el jardín, intenté abrirla. Estaba cerrada con llave electrónica. Un guardia se materializó al otro lado de las rejas. —Señorita, regrese a la casa —dijo, su mano descansando sobre el arma en su cinturón—. Órdenes directas del señor. El perímetro está sellado. —Déjeme salir —ordené, mi voz temblando por el frío—. Solo quiero caminar por el bosque. —Nadie sale, nadie entra sin autorización del Zar. Por favor, regrese antes de que tengamos que informar de su conducta. Me quedé allí, agarrada a los barrotes fríos de la puerta, mirando hacia el bosque que representaba la libertad que acababa de perder. Leonid no solo me había quitado mi inocencia sobre un despacho lleno de sangre; me había quitado el mundo. Estaba en una jaula de cristal y seda, rodeada de hombres que le debían lealtad a él y que me miraban como a una propiedad valiosa que no debía ser dañada. Regresé a la casa, con los pies entumecidos y el corazón pesado. Al entrar de nuevo en el vestíbulo, vi a Leonid en lo alto de la escalera principal. Me estaba observando, su figura imponente recortada contra las lámparas de araña. Su mirada recorrió mi ropa mojada por la nieve y mi rostro pálido. No hubo compasión en su expresión, solo una satisfacción oscura y triunfante. Él sabía que yo había intentado huir y sabía que no tenía a dónde ir. Subí las escaleras, pasando a su lado sin decirle una palabra. Pero cuando estuve a su altura, él me sujetó del brazo. Su agarre no fue doloroso, pero era inamovible, una cadena de carne y hueso. —¿Entiendes ahora, Kira? —susurró cerca de mi oído, su aliento cálido contrastando con mi piel congelada—. El mundo es de los lobos. Y tú estás en mi guarida. Acéptalo, y quizás tu estancia sea más placentera. Le devolví la mirada con todo el odio que pude reunir, pero en el fondo de mis ojos, él pudo ver la chispa de miedo y la chispa, aún más aterradora, del deseo que se negaba a morir. —Puedes encerrarme, Leonid —dije, mi voz firme a pesar de todo—. Pero nunca me tendrás de verdad. Lo de anoche fue solo un error que no volverá a ocurrir. Él soltó una risa baja, un sonido que me hizo vibrar hasta los huesos. —Lo de anoche no fue un error, pequeña Nevskaya. Fue el prólogo. Y te aseguro que el resto de la historia será mucho más larga... y mucho más intensa. Me soltó y siguió su camino hacia el ala de los despachos, dejándome sola en la inmensidad de la escalera. Entré en mi habitación y cerré la puerta con llave, aunque sabía que esa cerradura no significaba nada para él. Me desplomé contra la madera, escuchando el rítmico paso de los guardias en el pasillo. Estaba atrapada. Era la virgen del Zar, la princesa de un reino de sombras, y Leonid Nevsky acababa de demostrarme que, en su mundo, las reglas se escriben con el sudor de los que se rinden. Y yo, a pesar de toda mi rabia, empezaba a sentir que la rendición era la única forma de no volverme loca de soledad en mi jaula de oro.
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