Leonid Nevsky
El agua golpeaba mi espalda con una violencia que agradecía. Estaba casi hirviendo, lo suficiente para enrojecer mi piel y hacer que el vapor llenara el cuarto de baño hasta que el espejo desapareció bajo una capa de humedad grisácea. Cerré los ojos y apoyé las manos contra el azulejo frío, dejando que el chorro lavara los restos de pólvora y la sangre seca de Mikhail que aún sentía incrustada en mis poros. Pero el agua no podía lavar la rabia. No podía borrar la imagen de su cabeza estallando frente a mí, llevándose al infierno el nombre del traidor.
Salí de la ducha y no me molesté en secarme del todo. Me puse un pantalón de dormir de seda negra, dejando mi torso al descubierto. Me serví un vaso de whisky, el tercero desde que regresé de los muelles, y me quedé mirando la penumbra de mi habitación.
La mansión Nevsky guardaba silencio, pero era un silencio traicionero. En algún lugar de estos pasillos, la rata que mató a mi padre seguía respirando.
Sentía una presión en el pecho que no me dejaba respirar. Era una mezcla de adrenalina residual y una necesidad desesperada de anclarme a algo que no fuera muerte, traición o sospecha.
Mis pasos, casi sin consultarlo con mi cerebro, me llevaron hacia la puerta. Crucé el pasillo en silencio, una sombra moviéndose entre las sombras de mis antepasados que colgaban de las paredes.
Me detuve frente a su puerta luego de hechar al personal que la cuidaba. Mis dedos rozaron el pomo de madera tallada. Sabía que cruzar ese umbral era hundirme más en el pecado, era pisotear la poca decencia que me quedaba después de haber tomado el trono de Aleksandr.
Ella era mi hermana ante los ojos del mundo, el legado sagrado de mi mentor pero en la oscuridad de mi alma, Kira era la única verdad que me quedaba.
Entré sin llamar.
La habitación estaba bañada por la luz pálida de la luna que se filtraba por los ventanales. El aire aquí olía distinto: a jazmín, a vainilla y a esa pureza que yo había empezado a corromper.
Me acerqué a la cama con pasos felinos y me senté en el borde, con el peso de mi cuerpo hundiendo el colchón. Me quedé allí, simplemente observándola. Sus pestañas descansaban sobre sus mejillas y su respiración era un ritmo suave que contrastaba con el caos de mi corazón.
En ese momento, Kira se movió. Sus ojos se abrieron lentamente, desenfocados por el sueño, hasta que chocaron conmigo. No gritó. No se asustó. Parecía que, en algún rincón de su mente, me estaba esperando.
—¿Ahora las cosas serán así? —preguntó ella. Su voz era un susurro ronco, cargado de una resignación que me dolió más que cualquier insulto—. ¿Vas a entrar en mi habitación como un fantasma cada vez que no puedas dormir por tus crímenes?
No respondí. No podía. Las palabras se me quedaban trabadas en la garganta, asfixiadas por el deseo y la culpa.
Me incliné hacia ella, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor que emanaba de su piel. La tomé del rostro, mis dedos perdiéndose en su cabello desordenado, y la besé.
Fue un beso desesperado, un choque de labios que sabía a whisky y a derrota.
Al principio, ella se quedó inmóvil, como si fuera una estatua pero de repente, se apartó con un movimiento brusco. Su mano voló por el aire y el impacto de su palma contra mi mejilla resonó en la habitación. Fue una bofetada limpia, cargada de toda la rabia que ella sentía por estar atrapada en mi mundo.
Me quedé con la cara ladeada, sintiendo el ardor en la piel y el sabor a hierro en mi boca donde mis propios dientes me habían cortado el labio. La miré a los ojos. Había fuego en ellos, un desafío que me hacía querer quemarme entero.
Entonces, ocurrió lo que ninguno de los dos podía evitar. Kira soltó un jadeo entrecortado, agarró los hilos de mi pantalón y me atrajo hacia ella, devolviéndome el beso con una ferocidad que me dejó sin aliento. Ya no era resistencia; era una rendición mutua al abismo.
—Maldita seas, Kira —gruñí contra sus labios mientras la tumbaba sobre las sábanas de seda.
Esta vez no quería la violencia del despacho. No quería la urgencia animal de la primera vez. Esta noche, después de ver la muerte tan de cerca en el muelle, necesitaba sentir cada centímetro de ella.
Necesitaba que este sacrilegio fuera lento, para que el castigo durara más.
Empecé a besarla con una lentitud tortuosa.
Bajé por su mandíbula, saboreando el pulso acelerado de su cuello. Mis labios recorrieron la línea de su clavícula mientras mis manos, esas manos que hace unas horas estaban manchadas de la sangre de un traidor, ahora acariciaban su piel como si fuera el cristal más frágil del mundo.
—Leonid... —susurró ella, y mi nombre en su boca sonó como una oración y un pecado al mismo tiempo.
Cada vez que mi mente me gritaba que esto estaba mal, que ella era la hija de Aleksandr, que era mi hermana por ley, yo aplastaba ese grito con la sensación de su piel bajo la mía.
La desnudé con una reverencia oscura, dejando que la luz de la luna esculpiera sus curvas. Era perfecta, una obra de arte que yo estaba decidido a profanar una y otra vez para salvarme de mi propia oscuridad.
Me posicioné entre sus piernas, sintiendo su humedad rozar mi muslo. No entré. No todavía.
Quería verla suplicar, quería que el deseo la consumiera de la misma forma que me estaba consumiendo a mí.
Empecé a besar sus pechos, mi lengua trazando círculos lentos alrededor de sus pezones endurecidos. Sus gemidos empezaron a llenar el aire, suaves, musicales, rompiendo el silencio sepulcral de la mansión.—Por favor... —jadeó ella, arqueando la espalda, buscando el contacto que yo le negaba.
—¿Qué quieres, Kira? —le pregunté, mi voz siendo un rugido bajo, cargado de una posesividad que me dolía.
—Te quiero a ti... Adentro... ahora... Leonid, te lo ruego.
Esa súplica fue mi perdición.
Me hundí en ella con una embestida lenta, sintiendo cómo su cuerpo se abría para recibirme, estrecha y caliente.
Un gemido largo y agudo escapó de su garganta, y sentí cómo sus uñas se clavaban en mi espalda, desgarrando la piel, marcándome como suyo. El dolor era un placer exquisito. Me recordaba que estaba vivo, que a pesar de la muerte que me rodeaba, este momento era real.
Empecé a moverme con una cadencia pausada, rítmica. Cada penetración era una promesa de protección y una sentencia de condenación. Mis ojos no se apartaban de los suyos, que estaban nublados por el placer, brillando en la penumbra.
—Mírame, Kira —le ordené, mi respiración volviéndose pesada—. Dime quién soy.
—Eres mi Zar... —susurró ella, sus manos subiendo por mis hombros hasta enredarse en mi cabello—. Eres mi dueño.
Besé cada parte de ella mientras me movía. Besé sus párpados, la punta de su nariz, sus hombros.
Quería marcar cada milímetro de su ser con mi rastro, para que cuando la rata que nos acechaba la mirara, supiera que ella le pertenecía a un monstruo que no dudaría en destruir el mundo por ella.
Las embestidas se volvieron un poco más profundas, más intensas, pero manteniendo esa lentitud que nos hacía agonizar de placer. Sentía sus espasmos internos empezando a abrazar mi m*****o, un baile coordinado de carne y deseo.
Sus uñas volvieron a hundirse en mi espalda, tirando de mí, pidiéndome más, pidiéndome que la rompiera para que pudiera olvidar quiénes éramos.—Más... más fuerte, Leonid... —rogó ella, con la voz quebrada por el clímax inminente.
El sudor perleaba nuestras pieles, brillando bajo la luna. El mundo exterior, con sus francotiradores, sus traidores y su sangre, dejó de existir.
Solo quedaba este cuarto, este lecho de pecado y el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas.
Sentí cómo la presión en mi vientre llegaba a su punto de quiebre. Kira apretó sus piernas alrededor de mi cintura, anclándome a ella mientras su cuerpo empezaba a temblar violentamente. Sus gemidos se convirtieron en gritos ahogados contra mi cuello, y sentí cómo su clímax la golpeaba, envolviéndome en una calidez que me hizo perder la poca razón que me quedaba.
—Kira... —gruñí, mi voz siendo un sonido animal.
Me entregué al vacío con una última embestida profunda, sintiendo cómo mi propia esencia se derramaba dentro de ella, sellando nuestro pacto de sangre y sombras. En ese momento, mientras el placer nos desbordaba y el mundo se desvanecía en destellos blancos, supe que no había vuelta atrás. Habíamos cruzado el punto de no retorno.
Éramos dos pecadores en una mansión de muertos, unidos por un deseo que nos salvaría o nos terminaría de destruir. Pero mientras la sentía temblar bajo mi cuerpo y sus uñas seguían clavadas en mi carne, no me importó. Si el infierno era el precio por tenerla así, estaba dispuesto a arder para siempre.
Llegamos al clímax juntos, en un estallido de sensaciones que nos dejó vacíos y exhaustos, fundidos en un abrazo que sabía a posesión absoluta y a una paz que solo la oscuridad puede ofrecer.