No apartaba la vista de su hija, que estaba ahí, delante de él, abrazándose a sí misma, sin dejar de mirarlo tampoco, con una mirada seria y directa, pero que mostraba tristeza y miedo. Él no sabía que decirle, entendía que estuviera decepcionada consigo misma, pero que dijera eso no le cuadraba. Después de unos minutos, él decidió hablar. – ¿Por qué crees que no, Carmelius? – pregunto él sin cambiar la mirada calmada pero seria. Ella desvió la mirada, dolida, como si no supiera como explicarlo, o que tuviera miedo de explicarlo mal. Entonces, empezó de nuevo a temblar, pero no tanto como antes, y se agarró con fuerza a sus propios brazos. – Porqué… no fui capaz de defenderme de ese ser despreciable… cuando pude haberlo hecho… – hizo una pequeña pausa. – padre… él me ha violado… – e

