Benedicto agudizó el oído, y al oír gemir a Crina muy flujo, se convenció de lo que ella dijo, sonrojándose entre risas. – ¿Qué? ¿La has oído? – pregunto ella amistosamente, viendo su cara sonrojada, riendo. – Lo siento, es la costumbre, para asegurarme de que está todo en orden, aunque nunca hay problemas en el club. – dijo él con tranquilidad. – Debe ser que te respetan los clientes, si quieren seguir entrando aquí. – Debe ser eso. Oye… ehmm… – dijo él tartamudeando. – ¿Sí, Benedicto? – pregunto ella con simpatía. – ¿Estás ocupada ahora? – pregunto él sonrojado y avergonzado. – Bueno, no me hace gracia estar presente en su intimidad. – bromeó ella. – Además, está luz empieza a marearme un poco. ¿Puede venir conmigo? Benedicto quedó sorprendido ante esa petición,

