– Tienes curiosidad por ello ¿verdad? – adivinó ella, cogiendo la mano que él tenía en su espalda. – No quería ser grosero preguntándotelo, no era asunto mío. – confesó él con sinceridad y disculpa. Ante eso, ella solo lo beso un rato más, y con una sonrisa le miró profundamente. – Mañana, cuando haya traído los ataúdes para vosotros, te lo explicare todo, mientras… – dijo lo último con seducción, poniendo las manos sobre el pecho desnudo de él. – podemos continuar por donde lo hemos dejado ahora. – Claro, lo que digas… – acepto él decidido. Y con un beso pequeño, se abrocho la camisa de nuevo y se retiró de la habitación, con una sonrisa en la cara. Carmelius lo vio irse, y de buen humor y tranquila, rodeo la cama, la abrió con calma y con suavidad se metió dentro de ell

