Capítulo 5 POV Sofía

1097 Palabras
⚠️ Advertencia de contenido ⚠️ Este capítulo contiene escenas de sexo explícito con abuso de poder. Algunos lectores pueden encontrar el contenido perturbador o desencadenante. Se recomienda discreción y criterio personal antes de continuar la lectura. Si estos temas pueden afectar tu bienestar emocional, por favor, procede con precaución o considera saltar este capítulo. Desde que llegué a la casa del tío Andrei y la tía Olga, sentí que finalmente tenía un hogar. No fue fácil. Todo lo que había pasado con mi madre y Nikolai, el tiempo en el sistema de protección infantil… aquello me había dejado cicatrices más profundas de lo que me atrevía a admitir. Pero con los años, mi familia adoptiva me enseñó que no estaba sola. Mis primos, Mikhail, Oleg e Iván, se convirtieron en mis pilares, en mis protectores y confidentes. Los adoraba a los tres por igual, aunque cada uno tenía una manera diferente de demostrar su cariño. Mi vida era estable, aunque solitaria en algunos aspectos. A diferencia de otras chicas de mi edad, no asistía a la preparatoria como cualquier adolescente. El tío Andrei decidió que estudiara en casa, un privilegio para pocos, según él. Decía que era más seguro, que así no estaría expuesta a malas influencias. Y aunque entendía sus razones, también sabía que mi mundo era pequeño. Mi círculo se limitaba a la familia y a quienes trabajaban para el tío, todos parte de su organización. Las reuniones en casa solían estar llenas de figuras importantes: políticos, empresarios y oficiales de alto rango. Se hablaba en voz baja sobre acuerdos, inversiones y favores que aseguraban que las decisiones del país se inclinaran a nuestro favor. Moscú podía parecer una ciudad gobernada por el Estado, pero yo sabía que en realidad el poder pertenecía a hombres como mi tío Andrei, quienes controlaban lo que ocurría en las sombras. Los chicos fuera de mi familia no eran una opción; mis primos me habían dejado claro que los hombres solían tener segundas intenciones. Les creía. Confiaba en ellos ciegamente porque nunca me habían dado motivos para dudar. Una noche, una invitación especial llegó a casa: una celebración por la victoria de un amigo del tío Andrei que había sido electo senador. Sería un evento elegante, lleno de figuras clave en el gobierno y la economía del país. La tía Olga y yo nos emocionamos; no salíamos mucho, y era una oportunidad para disfrutar algo diferente. Como siempre, los hombres de la casa nos acompañarían y nos cuidarían. —Será una noche divertida —dijo la tía Olga mientras elegía un vestido para mí—. Hace mucho que no disfrutamos de una salida juntas. —¿Estarán todos mis primos vigilándome? —pregunté con una sonrisa. —Por supuesto —respondió con tono divertido—. No querrán que ningún extraño se acerque a ti. El evento fue majestuoso. Se celebraba en un salón privado con vistas al Kremlin, donde las luces de la ciudad brillaban reflejándose en el río Moscova. Las copas tintineaban y la música flotaba en el aire, creando un ambiente de opulencia. Me sentí como una princesa, envuelta en un vestido que resaltaba mis facciones. Pero esa sensación de ensueño se desvaneció en un instante. Fui al tocador un momento, disfrutando de la tranquilidad lejos del bullicio, cuando un hombre desconocido me siguió. No lo reconocía, y eso me inquietó de inmediato. No parecía ser parte de los hombres de mi tío, y su insistencia en que le diera mi número de teléfono me puso nerviosa. —Vamos, no seas tímida —insistió el hombre con una sonrisa forzada. —Lo siento, pero no estoy interesada —respondí, intentando alejarme. Pero su mano se interpuso en mi camino. —Solo quiero tu número, hermosa. La demora en mi regreso no pasó desapercibida. Mikhail apareció en el umbral del tocador y su mirada se oscureció en cuanto entendió la situación. —¿Algún problema aquí? —su voz era baja y amenazante. El hombre palideció al instante. —No, solo hablábamos... Mikhail deslizó con calma la solapa de su chaqueta, dejando entrever el arma que tenía oculta sin dudarlo. —Entonces deja de hablar y vete. Ahora. El tipo salió espantado y yo me quedé temblando. Mikhail me abrazó con firmeza. —Estás bien, Sofía. No volverá a molestarte. El tío Andrei y la tía Olga se quedaron en la celebración, pero como yo no me sentía bien por lo que había pasado, mis primos decidieron llevarme a casa. —Ven, vámonos de aquí —dijo Oleg, colocando su chaqueta sobre mis hombros. Al llegar, la tensión del evento comenzó a disiparse. Iván encendió música movida, intentando animarme. —Vamos, Sofía, no dejes que ese imbécil arruine la noche —dijo con una sonrisa. Me dejé llevar, bailando un poco, sintiendo el alivio de estar en un ambiente seguro, rodeada de quienes más confiaba. Entonces, Mikhail me ofreció una copa con un líquido ámbar que Oleg había preparado. —Toma, Sofía. Te hará sentir mejor. La tomé, sonriendo por su gesto. Pero poco después, un mareo comenzó a invadirme. Mi visión se nubló y mi cuerpo se sintió pesado. Algo no estaba bien. —Mikhail... me siento... rara —murmuré, tratando de enfocar la vista en él. —Tranquila —dijo con suavidad Iván—. Solo relájate, vamos arriba. Mi mente flotaba en una neblina densa mientras sentía cómo me guiaban con cuidado hacia mi recámara. Sus voces se mezclaban con el latido acelerado de mi propio corazón. Cada paso se sentía ligero y pesado a la vez, como si estuviera atrapada en un sueño del que no podía despertar. Cuando entramos a la habitación, Iván se sentó en mi cama y me colocó sobre sí. Mi espalda estaba contra su pecho; sus manos inquietas pero seguras subieron hasta mis pechos y los liberaron para masajearlos cariñosamente, provocando que mi interior se humedeciera. Oleg, frente a nosotros, se arrodilló y, levantando mi vestido, retiró mi ropa interior. —Solo relájate, cariño —susurró Mikhail. Mi respiración tembló porque sabía que aquello no era correcto, pero era como si el deseo que me embriagaba en aquel momento nublara mis sentidos y se apoderara de mí. El contacto de la boca de Oleg contra mi clítoris era un incendio lento que se propagaba con cada roce, encendiendo chispas en mi piel. Sentí el calor de su respiración acariciarme, enviando un escalofrío delicioso por mi espalda. Sus labios exploraban con una dedicación, como si cada movimiento estuviera calculado para arrancarme un suspiro más profundo que el anterior.
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