Conduje sin mirar atrás.
La carretera se extendía ante mí como una herida abierta, oscura y sin final. Mis manos apretaban el volante con una fuerza desmedida, los nudillos blancos, los músculos de mis brazos tensos por la rabia contenida. A mi lado, Sofía permanecía en silencio, con la mirada fija en la ventanilla. El reflejo del parabrisas proyectaba su rostro, pálido y vacío. Apenas pestañeaba. Su cuerpo, aún temblaba de forma casi imperceptible.
Quise hablar, pero no encontré las palabras.
Mi mente aún procesaba lo que había visto en esa habitación. A mis hijos. No, no podía llamarlos así en ese momento. A esos tres hombres que había criado, con las manos sobre ella, reclamándola como si fuera un objeto. La imagen se grabó en mi mente como una marca ardiente, un hierro al rojo vivo que jamás se apagaría.
Sentí náuseas.
Mantuve el auto firme sobre la carretera, tomando una ruta familiar. No iba a llevarla a cualquier hospital. No podía. No permitiría que médicos ajenos cuestionaran lo sucedido, que la expusieran a interrogatorios innecesarios. En su estado, lo último que necesitaba era que la trataran como una víctima más de una estadística que nadie quería ver.
No.
La llevaría a una de las clínicas de mi esposo. Allí, nadie haría preguntas. Nadie se atrevería a juzgarla. Recibiría la mejor atención sin que su nombre apareciera en ningún informe. Porque esto no era solo una emergencia. Era una crisis. Una que debía manejarse con absoluto discreción por el bien de Sofía.
Llegamos minutos después. La fachada de la clínica privada se alzaba en la penumbra, un edificio de tonos oscuros con luces de neón en la entrada. A esa hora, el lugar estaba tranquilo. Apenas un par de vehículos en el estacionamiento y un guardia de seguridad apostado en la puerta.
Salí del auto con rapidez y rodeé hasta el lado de Sofía. Abrió la puerta con lentitud, como si cada movimiento le costara un esfuerzo titánico.
—Estoy bien —susurró, intentando incorporarse.
—No lo estás —repliqué con suavidad, pero con firmeza.
La ayudé a ponerse de pie. Apenas hizo contacto con el suelo, sus piernas flaquearon. La sostuve antes de que pudiera caer.
—Solo un poco mareada —murmuró, evitando mi mirada.
No insistí. En su estado, cualquier discusión era innecesaria. La guie hacia la entrada, donde la recepcionista me reconoció de inmediato y se puso de pie al instante.
—Señora Ivanov. ¿Necesita asistencia?
—Llamen al doctor. Ahora.
Ella asintió sin hacer preguntas, sabía muy bien quien era yo. Dos enfermeras se acercaron con una camilla y, con delicadeza, ayudaron a Sofía a recostarse. No la solté hasta que desapareció detrás de las puertas del área de urgencias.
Entonces, exhalé.
No me había dado cuenta de que contenía la respiración.
Sentí que mis piernas flaqueaban, pero me mantuve en pie. No podía derrumbarme. No ahora.
Pasaron casi dos horas antes de que el médico saliera a darme noticias. Era un hombre mayor, de cabello entrecano y expresión neutra. No me dirigió miradas de lástima ni de juicio. Solo hizo su trabajo.
—Hay algunas lesiones internas, nada graves —informó con calma—. Está deshidratada y tiene signos de agotamiento extremo. Le administramos suero y analgésicos. Su cuerpo responderá bien, pero…
Se detuvo.
Lo miré fijamente.
—¿Pero?
—No sé qué ha pasado exactamente, pero está emocionalmente inestable, posiblemente por lo agresivo del ataque. Preferentemente no la deje sola.
Asentí.
Me permitió entrar a la habitación.
Sofía estaba recostada, con una bata limpia y las cobijas subidas hasta el pecho. Su cabello caía sobre la almohada en una maraña oscura, los ojos clavados en el techo. Cuando me vio, intentó forzar una sonrisa, pero fue un intento inútil.
Me acerqué sin decir nada y tomé su mano.
—¿Cómo te sientes?
—Cansada.
—Descansa, entonces.
Ella negó con la cabeza.
—No puedo.
El silencio se alargó entre nosotras. Su respiración era pausada, pero su mano estaba fría.
—No deberías estar molesta con ellos, yo les pedí que no se detuvieran—dijo de pronto, con la voz apenas un susurro.
Fruncí el ceño.
—¿De qué hablas?
Sofía desvió la mirada.
—Yo… anoche… —se mordió el labio, como si no supiera cómo decirlo—. No fue exactamente como piensas. No me obligaron yo les pedí que no se detuvieran.
Mi estómago se revolvió.
—Sofía…
—Escúchame —me interrumpió—. Yo no dije que pararan, les permití seguir. Y esta mañana… se descontroló porque le di una cachetada a Oleg. Eso los enloqueció pensaron que quería irme y abandonarlos.
Me quedé en silencio, esperando que continuara y escuchando sin juzgarla.
—Pero yo nunca me iría, tía. No importa lo que haya pasado. Ellos… ustedes… son mi familia.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Me senté en la orilla de la cama, sin soltar su mano.
—Escúchame bien, Sofía —dije con voz baja, pero firme—. Una familia no hace esto. Cuando un hombre te ama no te trata así.
Ella apretó los labios.
—No quiero perderlos, no quiero que dejemos de ser una familia —susurró.
—Tampoco quiero perderte a ti.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró. Solo asintió, como si no pudiera permitirse discutir más.
Me incliné y la abracé.
Ella se aferró a mí, su cuerpo temblando de nuevo.
Y entonces, las alarmas comenzaron a sonar.
Un sonido estridente, cortante.
Las luces de emergencia se encendieron en los pasillos. Gritos. Pasos apresurados. Algo estaba pasando.
Sofía se tensó.
—¿Qué está pasando?
No respondí. Me puse de pie de inmediato, asegurándome de que ella estuviera a salvo en la cama.
La puerta de la habitación se abrió de golpe.