El viaje continuó en silencio. Sofía, sentada en el asiento trasero del auto deportivo, mantenía los brazos cruzados y la mirada fija en la ventanilla. La brisa que se colaba por las rendijas le revolvía el cabello, pero su mente estaba muy lejos de disfrutarlo. Desde que habían salido del centro comercial, Sofía no dejaba de observar a Héctor y a Isabella. La complicidad entre ellos, las miradas furtivas y las risas compartidas le resultaban insoportables. Por momentos, la inseguridad la consumía. "Claro que le gusta Isabella", pensó con amargura. "¿Cómo no iba a gustarle? Ella es divertida, espontánea... y yo solo soy la hija del director". El paisaje urbano pronto fue reemplazado por caminos más abiertos y amplios. La ciudad quedó atrás, y el entorno se volvió más rural. Las montañas

