Morgan Wright
Si esta noche no hubiese resultado como resultó, me habría alegrado de tener invitados en la casa. Cada vez que alguien viene a visitar al abuelo, me presento para que pueda presumir como su única nieta mujer y su nuevo orgullo. Sin embargo, aunque no sé quiénes son los visitantes, desearía saltarme este encuentro.
Denver camina delante de mí con ese andar seguro, manteniendo un semblante de aburrimiento. Se escuchan voces provenientes de la sala de visitas y algunas risas que me hacen fruncir el ceño. Solo mi madre, con su forma de ser tan divertida, tendría una jerga en casa luego de una noche de tormenta, pero antes de irme, ella salió con un vestido de fiesta y una de sus sonrisas traviesas.
En el pasillo que se divide entre el sótano, la cocina y el cuarto de piano, encontramos a Aidan hablando por teléfono, algo enojado.
—Voy por mi esposa… —dice, antes de cortar la llamada.
Se guarda el móvil en el bolsillo del pantalón. Su semblante se demuda al vernos y, evitando mi mirada, dice:
—No puedo quedarme con el abuelo y sus visitas. Samara está en el hospital porque Valencia tuvo un incidente.
Aidan mira a Denver con atención esperando una reacción de su parte. Hago lo mismo, puesto que tengo la sospecha, casi seguridad, de que a mi primo el reservado le interesa la princesa Carlsen más de lo que admite. Sin embargo, Den no dice nada y continúa su camino hacia la sala. Aidan y yo compartimos una mirada; en sus ojos veo el orgullo mezclado con el enojo y yo, como no soy menos orgullosa, levanto el mentón y lo ignoro, para seguir los pasos de Den.
La mansión huele a las velas aromáticas de Samara, no hay más sonido que aquellas voces divertidas. Al entrar a la sala, una ligera ráfaga de viento me abraza, haciéndome temblar. Es cuando recuerdo que no llevo mi sudadera y que se ha quedado con él. Era mi favorita y no creo poder recuperarla; solo espero que él no la deseche porque es muy colorida para su guardarropa.
—Tienes que admitir que mi hermano es un auténtico adonis —dice una voz que reconozco de inmediato.
A mi lado, veo cómo la mirada de Denver se vuelve oscura, a la vez que las venas se le marcan en los brazos al apretar los puños con fuerza. A pesar de la desalentadora situación y de la mierda que todavía siento por dentro, una sonrisa se me escapa de los labios, porque sí, el mundo se puede estar cayendo a pedazos, pero joder a Den siempre será un deleite y, eso es algo que, sin querer, logra el golden retriever que está sentado en nuestra sala en compañía de su cuñada, la nueva sensación de la familia Debney.
—Sería hipócrita decir que tu hermano es menos que guapo, pero vamos, la cara de mierda de Christian no se compara con la mirada enigmática de este Wright.
Apenas veo que ambos contienen una fotografía donde están Denver. Quien sostiene el retrato es Gianna, con una pintoresca sonrisa, y a su lado Jasper Debney rueda los ojos.
—Estoy un poco cansado de que las mujeres hablen de la mirada amenazante de Denver Wright.
Su cuñada se ríe.
—Oh, ¿estás celoso de que Valencia hable más del demonio que de ti, que eres su mejor amigo?
Jasper le pone la mano sobre los labios para callarla, lo que hace que la risa de Gianna salga ahogada.
—No le digas que te confesé que lo llama demonio.
—Vamos, Jass. Valencia se emborrachó en mi fiesta y me dijo que Denver Wright era su demonio personal. —Gianna vuelve la mirada a la fotografía—. Al menos es un demonio muy guapo e inteligente.
—A mi hermano no le gustaría escuchar que su prometida habla así de otros hombres.
Ella vuelve a rodar los ojos.
—A tu hermano no le gusta nada de lo que hago. ¿O por qué crees que estamos aquí?
—Porque te metiste en problemas, Gia.
Gianna se levanta de golpe al captar nuestra presencia. Me mira con una enorme sonrisa, pero al ver a Denver sus mejillas se vuelven rojas sobre su pálida piel. Jasper también se pone de pie y, por supuesto, como el chico dorado que es, sonríe con coquetería.
—Oh, y yo que creí que me iría sin ver a la pequeña Morgan —dice, acercándose a nosotros. Al estar frente a mí, me pasa el cabello hacia atrás—. Un placer verte, querida.
—¡Ciao, ciao! —Gianna se dirige a mí—. Un placer verte otra vez.
Luego se vuelve hacia Denver, quien no ha cambiado su cara de que todo le aburre.
—Señor Wright, he escuchado mucho sobre usted y he leído el artículo que publicó sobre los daños al ecosistema en Hyde Park. Déjeme decirle que estoy totalmente de acuerdo con su punto. No entiendo cómo el gobierno no ha hecho nada para detener el daño ambiental. Sin contar que…
Jasper vuelve a cubrirle la boca con la mano. Gianna se sacude y sus rizos rubios se agitan con el movimiento.
—Disculpenla, se pone paranoica cuando se trata del medio ambiente. Dejó de hablarme por un mes cuando accidentalmente maté una mariposa…
—Fue un asesinato a sangre fría —refuta ella, con sus ojos claros entrecerrados—. Que conste que solo te hablo por necesidad.
—No puedes vivir sin mí, Gianna.
—Últimamente ya no me sirves. Mira dónde estamos…
—Estamos aquí porque mi hermano cree que Morgan te secuestró.
Un grito resuena en toda la sala y solo me doy cuenta de que salió de lo más profundo de mi garganta cuando todos me miran.
Gianna sonríe nerviosa.
—Lo siento mucho, chica. Estamos aquí aclarando un malentendido. Como me ayudaste a escapar del evento, mi prometido vio que me sacaste y creyó que me habías secuestrado. Puso una denuncia; le pedí que vinieramos a aclarar el mal entendido.
—No te preocupes, Morgan. Gianna le explicó todo a tu abuelo. En estos momentos, el señor Enzo está en su despacho hablando con mi hermano.
—Christian no me dejó entrar porque está enojado conmigo —dice Gianna.
A mi lado, Denver, aburrido de la situación, se da la vuelta y se retira. Estoy segura de que va al despacho a ponerse al día con la situación. Arreglará todo para que no haya rastro judicial sobre mí. Eso no es digno de los Wright.
—Lo siento mucho, Morgan… —Gianna parece genuinamente apenada—. Le expliqué a Christian que no me secuestraste. Le pediré que borre cualquier rastro sobre tu historial; tiene a la policía en su bolsillo, aunque no lo use para proteger a los animales.
—Sí, no te preocupes. Mi hermano dejará tu historial limpio. Lamentamos haberte causado tantos problemas en esta noche; somos la causa de tu desventura.
Le sonrío nerviosa, porque esto es lo de menos. La verdadera tragedia de mi noche empezó cuando escapé del evento y terminé en el hospital con el único hombre al que no debería acercarme. Aunque no sé cuán malo sea esto, mi abuelo pasará de escuchar una acusación de secuestro en mi contra a un relato donde le dicen que me escapé con un Blossom y le pedí que luchara por mí. De por sí, la palabra "pedir" en ese contexto ya suena bastante vergonzosa. Ni siquiera puedo imaginar la cara de decepción que pondría el abuelo Enzo al saber que su nietecita casi le rogó al enemigo que la eligiera.
Me revuelvo más nerviosa al sentir las miradas sobre mí. Generalmente, aquí es donde abro la boca y digo algo ingenioso que hace reír a los demás, solo que no tengo el humor suficiente para hacerlo.
—Yo soy quien debe disculparse. Tú solo me ayudaste. ¡Ah, desde luego que le pediré a Christian que se disculpe por acusarte!
—Mi hermano no se disculpa con nadie, así que mejor te recompensamos de otra forma —dice Jass—. Pídenos lo que sea, y lo haremos por ti. Después de todo, yo siempre pago las deudas de Gianna.
—Solo porque tú quieres, Jasper. —Ella se vuelve hacia mí—. Si necesitas encontrar trabajo comercial, me dices. Tengo los contactos necesarios. O si quieres trabajar para alguna marca famosa, el sector político o incluso el académico, yo puedo hacerlo realidad. Solo tengo que cobrarle favores a mi prometido.
—En realidad no estoy buscando trabajo… —le digo con un tono de disculpa.
—Lo entiendo. Tu familia también quiere que te quedes trabajando para ellos, ¿no? Oh, tradición familiar.
—Gianna, no tienes que reflejar tus problemas familiares en Morgan. Ella debe estar contenta con su familia.
En realidad, es mi familia quien no está contenta conmigo. Y no por no seguir tradiciones, a menos que odiar a los Blossom sea una tradición, lo cual estoy empezando a creer con más ahínco. Aunque no todos. Mi madre ni siquiera siente interés por despreciar a los Blossom; suele reírse del abuelo y de su desprecio.
—De verdad, estoy bien —le digo.
Ellos comparten una mirada como si entendieran algo que yo no. Es Gianna quien sonríe primero y luego me pide que nos sentemos en el sofá, con Jasper frente a nosotras.
—Creo que te pasó algo. No tienes que decirnos si no quieres, pero si puedo ayudarte, no dudes en pedírmelo, incluso si tengo que terminar presa por ello —amplía su sonrisa—. Estaríamos a mano.
Jasper me regala una mirada rápida y niega con la cabeza, como pidiendo que no tome en serio las palabras de su cuñada. Por poco me río, ya que el miedo se refleja en toda la cara del golden retriever.
—Bueno. Solo tengo una pregunta para ti… —Suelto un suspiro mientras la observo a ella. Sus ojos son tan claros que parecen grises—. ¿Recuerdas lo que me dijiste sobre el puente y el amor…?
Jasper frunce el ceño. Por su parte, Gianna asiente con una expresión más suave.
—¿Es posible que aquel puente siga en pie sin que lo sostengan dos?
Su expresión se vuelve tierna, y las pecas esporádicas en sus mejillas aumentan esa imagen.
—Tan solo si es un puente mágico. Solo que tú y yo sabemos que la magia es exclusiva de los cuentos de hadas.
—¿Qué tendría que hacer para mantener el puente?
—No estoy entendiendo nada, ¿les importaría explicarme, chicas? —pide Jass, pero no le respondemos.
Gianna toma la palabra:
—Veo que quieres luchar por mantenerlo en pie. La pregunta es, ¿la otra persona está dispuesta a hacerlo también?
—Tiene mucho que perder…
—Pero también tendría mucho que ganar: a ti. O puede que su forma de luchar por ti sea dejándote ir…
Frunzo el ceño sin darme cuenta, como si ese simple gesto pudiera aclarar algo. Mi mente se atasca; las palabras están ahí, pero no logro ordenarlas. ¿Qué significa esto? Intento encontrar una explicación lógica, pero no puedo.
—No lo comprendo —susurro.
—Yo tampoco… —se queja Jass.
Gianna pone sus manos sobre las mías. A pesar de no conocer a esta mujer, de no haber hablado con ella más que por esta noche, siento su compasión, la sinceridad de sus palabras.
—Dices que tiene mucho que perder. Quizá él no está renunciando a ti, podría estar protegiéndote. —Se inclina sobre mi oído—. Rino Blossom es un caballero que siempre elegiría proteger a quienes ama. —Vuelve a alejarse con una sonrisa—. Amar también es dejar ir; incluso es mejor que retener.
Siento mi boca entreabierta, pero no tengo ni la fuerza para cerrarla. Todavía estoy sorprendida, pero es porque ella sabe quién es aquella otra persona.
—¿Cómo lo sabes…? —le pregunto.
—Soy periodista. Aunque no me gustan los chismes, sé mucho sobre la élite británica. Hermosa por fuera, cuestionable por dentro. Hace algún tiempo me habló de la señorita Mozart y solo puedo decirte: su forma de luchar es diferente, pero no menos intensa.
Todo parece ir más lento, como si el mundo hubiera decidido darme tiempo para procesarlo todo. Un nudo se forma en mi garganta, lo que me impide formar palabra alguna.
—Gianna, si no me dices de qué hablas, me pondré del lado de mi hermano —amenaza Jass.
—Y olvidaré que eres mi cuñado —le responde ella, a lo que él niega—. Sé que no puedes vivir sin tu cuñada favorita.
Jasper intenta refutar, pero ella lo interrumpe. Gianna está diciendo algo cuando la habitación se llena con una presencia abrumadora, imponente. La primera persona en ingresar es mi abuelo, con su bastón en la mano. Lleva un suéter color arena y una expresión jovial, como quien está alegre con su visita. La segunda persona hace que pierda el aliento: se trata del famoso heredero Dabney, el hombre que ha sido nombrado como el Apolo moderno, no solo por su legado familiar, sino porque solo un ciego se atrevería a negar que es considerado el modelo de la belleza masculina ideal: Christina Debney. Ahora entiendo que los periódicos no mienten, sin embargo, tiene una mirada oscura que te hace pensar que es mejor no acercarse a él.
—Cariño, estás en casa —dice mi abuelo acercándose—. Supongo que ya te pusieron al día.
—Vuelvo a disculparme por la acusación de Christian, señor Wright. Le aseguro que no tengo más que agradecerle —agrega Gianna.
—Ya todo está claro, señorita. Aunque, me parece curioso que una mujer tan inteligente huya de su prometido, quien recientemente ha sido considerado como…
—Lo mejor de la élite —termina Gianna, luego le sonríe a mi abuelo—. No le crea a los periódicos, especialmente cuando pertenecen a la familia de mi prometido.
—Lo tendré en cuenta, señorita.
—Confíe en mi palabra.
Ella mira a su prometido, quien, al parecer, le dice algo solo con verla.
—Vamos a casa, Gianna.
—Gracias por aceptar nuestras disculpas. Ahora nos vamos; Christian es alérgico a la interacción social.
—Eso es verdad —agrega Jasper, pero se calla en seguida cuando Christian le lanza una mirada amenazante. Mierda, este hombre tiene un aura tan peligrosa y misteriosa como la del demonio de Denver.
Los tres vuelven a despedirse, y el abuelo me pide que los lleve a la salida. Hago lo que me pide. Los hermanos Dabney discuten sobre algo, o más bien Jass lo hace porque su hermano lo ignora.
—Ya te dije, no dejaré que Gianna se vaya con un irresponsable como tú —habla por fin Christian—. No sabes la mierda que pasé cuando desapareció.
Gianna, que está frente a mí, rueda los ojos.
—Todavía sigo sin entender por qué escapas de tu prometido, se preocupa por ti —le digo.
Ella suelta una risita.
—Christian no es lo que parece. La única razón por la que nos casaremos es debido a que, nuestras familias nos obligan a hacerlo. —Me da un ligero abrazo—. Buenas noches, Morgan. Por favor, no olvides que la vida continúa.
Asiento, luego la dejo ir. La veo alejarse pensando en sus palabras. Dice que sus familias los obligan a casarse. ¿No es irónico? Porque entre Rino y yo son nuestras familias quienes nos obligan a alejarnos.
Cierro la puerta detrás de mí. Con pasos suaves y tratando de no hacer ruido, me dirijo a las escaleras. No estoy preparada para hablar con mi abuelo. Ahora quiero irme a mi habitación, meterme en la ducha hasta cansarme y subir el recibo del agua. No quiero hablar.
—Princesita… —la suave voz de mi abuelo me detiene a mitad de las escaleras—. ¿Acaso pensabas irte a dormir sin darme las buenas noches?
Me giro hacia él, quien está tranquilo al pie de la escalera.
—Buenas noches, abuelo…
—Te daré las buenas noches cuando me digas por qué estabas en el hospital con Rino Blossom.
La sangre se me congela en las venas, la respiración se me atasca.
—Vamos a hablar, Morgan, porque si se lo pregunto a Rino, terminaré haciendo que los Blossom nos odien aún más.
A pesar de su tranquilidad reconozco su advertencia.
Siento que estoy por desfallecer, y como no me conviene hacerlo, bajo las escaleras.