El anhelo de una oportunidad...

1666 Palabras
Morgan Wright Desde que me convertí en el nuevo m*****o de la familia Wright, tuve que aprender a saber cómo llevarme con todos, incluso cómo timarlos y salirme con la mía, eso también abarca al abuelo. Solo que ahora no creo enfrentar al señor Enzo. Tomo un cojín navy blue para acercarlo contra mi pecho, tal como un escudo. Estoy anticipando protección, aunque no sé lo que se viene. La mirada ilegible del abuelo, sumada a su tranquila expresión mientras se mantiene de pie junto a la gran chimenea donde el fuego crepita, aumenta el malestar en mis nervios. —¿Por qué fuiste al evento? El abuelo se mantiene de espaldas a mí. Odio no poder ver su expresión, ya que reconocerla me ayudaría a darle una mejor respuesta. —Ya habíamos hablado de esto, te pedí que te mantuvieras alejada del asunto político. No, en realidad me pidió que me mantuviera alejada siempre que los Blossom estuviesen involucrados en el asunto político. No es lo mismo. —Dejo pasar que hayas ido al evento, pero… —Se gira para darme la cara, y su expresión calmada no lo hace menos intimidante—. Sabes que no nos juntamos con los Blossom. ¿Tenías que irte con uno de ellos esta noche? —Abuelo… Él levanta la mano para detener mis palabras. —No querrás saber cómo me enteré de esto. —Fue el entrometido de Aidan. —No fue Aidan quien me lo dijo. Cuando pisaste el hospital Hillman, me llegó una fotografía informando tu ubicación. Dejo caer los hombros, aun con el cuerpo tenso. —¿Me estás vigilando? —Mi voz sale teñida de indignación—. ¿Acaso me están controlando? —Protegiendo —continúa antes de que yo pueda tomar la palabra—. Pero no te estoy vigilando. Confiaba mucho en tu prudencia como para mantenerte vigilada, ahora, sin embargo, no puedo hacer lo mismo. No fue Aidan quien me dijo lo que habías hecho. Una expresión irónica, aunque algo oscura, aparece en el rostro envejecido del abuelo y solo puedo anticipar una cosa ante aquel indicio. —Fue Rino quien llamó a tus primos. Me pongo de pie de golpe. La voz me tiembla cuando sale de mis labios… —Mientes… —Pregúntale a ellos. Fue él quien los llamó y les dijo dónde y con quién estabas. Las palabras escalan por mi garganta y se quedan atascadas como un nudo, o como un manojo de púas que me lastima. Podría no estar sangrando físicamente, pero el malestar es real dentro de mí. —Él tampoco quería que estuvieras cerca. —No digas más. —Entiendo que esto te incomoda, pero, Morgan, no deberías esperar nada bueno de ese muchacho cuando es un… —¡Lo sé! —exclamo, levantando las manos en el aire—. ¡Es un Blossom! Pero es mi amigo… —Es lo que te hace creer. —Es lo que es, abuelo. Tú no lo puedes ver porque estás demasiado ocupado sintiendo odio por su familia. ¿Acaso él y yo tenemos que pagar los platos rotos? Con pasos lentos y con la ayuda de su bastón, el abuelo se acerca a mi lugar. Queda frente a mí, y la dureza en su mirada hace que enderece la espalda. —¿Acaso sientes algo por él? —La pregunta va en un tono tan frío que temo darle una respuesta. Pienso que si lo admito, no terminará bien, y si lo niego, el abuelo igual lo va a dudar. —Es mi amigo… Conozco al abuelo como para saber que la notoria frialdad que muestra no trata de ser una amenaza, sino más bien es un signo de lo que siente por la situación en general. Sus ojos verdes carecen de esa amabilidad que me dedica cada vez que me ve. —Quiero conservar esta amistad… —murmuro, avergonzada de expresarlo. El bastón del abuelo golpea contra el suelo, dejando un sonido seco que hace eco en la sala y apaga el fuego crepitando en la chimenea. Da un paso atrás y, todavía con esa mirada pétrea, me dice: —Si eliges seguir con esa amistad, voy a entender a quién estás eligiendo. Un dolor agudo se apodera de mi pecho, oprimiendo mi corazón. Esta noche han sido las palabras las que me han lastimado tanto, sin embargo, escuchar a mi abuelo decir eso se siente… desolador. Después de haberme aceptado como su nieta, de presumirme como su nuevo orgullo, me está acusando de traición. Tal parece que no dejará pasar esto, no hay forma de convencerlo de que acepte a un Blossom. —No se trata de elegir a alguien, abuelo. —Se trata de que le estás dando la espalda a tu familia por alguien que no te merece. Cierro los ojos por un momento. —¿Por qué lo odias? —No lo odio. Rino Blossom no me puede importar menos, si le sucede algo o no, no me importa. —A mí sí. —Porque tienes sentimientos por él. ¿Él los tiene por ti? Me quedo callada con las palabras atascadas en la lengua. Aunque me gustaría decirle que sí con confianza, no puedo hacerlo, ya que Rino nunca me dijo tal cosa. —¿Quieres probarlo? Parpadeo un par de veces. —¿Qué? —Llámalo. Dile lo que sientes, que estás dispuesta a luchar por ello y, si él te dice que hará lo mismo por ti, aceptaré que estés con un Blossom. El aliento se me escapa al igual que todo el aire de los pulmones. La proposición me deja estupefacta, no solo por la posibilidad de conseguir lo que quiero, sino por el miedo a que sea un rotundo fracaso. El abuelo no toma riesgos de esta magnitud, y si lo hace, es porque está seguro de que ganará… —Hazlo, cariño. Te juro que estoy siendo lo más sincero que puedo. No te quiero ver sufrir; si esto es lo que quieres, voy a arriesgarme contigo… Mis manos se mueven hacia el bolsillo de mis pantalones en busca de mi móvil. El movimiento es lento y luego pausado hasta que me detengo. No debería hacerlo. —¿De verdad lo permitirías? —Solo si él está dispuesto a hacer lo mismo que tú. Me quedo mirando hacia el suelo, las figuras geométricas de la alfombra, aunque no les estoy prestando atención. Es mi duda la que me impide hacer o decir algo. Veo cómo el abuelo vuelve a alejarse, toma asiento en el sofá de enfrente y me mira con atención. Su intensa mirada me incita a continuar. Luego de tomar una bocanada de aire, me atrevo a sacar el móvil y marcar el número… —Me gustaría que me dijeras por qué odias a su familia… Supongo que merezco saberlo más que nadie. Su mirada se desvía hacia la fotografía familiar que hay sobre la chimenea, donde está mi madre y su hermano, el tío Malcolm. Hace unos meses, Aidan quitó la foto para sacar a su padre, pero el abuelo insistió en que los muertos, por muy malos que fueran, es mejor no olvidarlos. Entonces, la fotografía regresó. —¿Sucedió algo trágico en el pasado? —pregunto con cautela, nerviosa por los pitidos de la llamada. —Sucedieron muchas cosas en el pasado. Debido al pasado soy lo que soy y, aunque no estoy orgulloso de todo lo que he hecho, entiendo que gracias a ese pasado tengo a mi familia. Créeme, cariño, lo único que me importa más que nada en el mundo es mi familia. No es el apellido Wright, son cada uno de sus miembros. El aire se llena con otro pitido extenso. Sigo temblando, pero no hay respuesta. —No has respondido a mi pregunta. —Y no lo haré, Morgan. Sabes que no soy un santo. Si fuera alguien políticamente correcto, no habría llegado hasta donde lo hice, pero dejarte saber mis pecados es algo que no soportarías. Por supuesto, se trata de Susane y todo lo que hizo para destruir mi vida, y de lo que yo hice para destruirla a ella sin importarme a quiénes lastimaba. Mis nervios están siendo destrozados por sus palabras, aunque mucho más por el pitido que vuelve a llenar el aire. No va a responder. No va a responder. Deslizo mi dedo sobre la pantalla para cortar la llamada, cuando alguien contesta. Un alivio inmenso me llena, aunque desaparece muy pronto al escuchar la voz que sale: —¿Hola? —es una voz femenina y dulce—. ¿Hay alguien ahí? No soy capaz de responder. —¿Hola? —Otra voz se suma—. ¿Estás hablando con alguien, Angelina? Oh, parece que alguien está llamando a Rino, pero no responden. Debe tratarse de una broma. Iré a dejarle el móvil en la habitación. Corto la llamada y, luego de haber estado reteniendo tanto, de evitar derrumbarme una vez más, cedo ante lo que siento. Las primeras lágrimas salen de mis ojos con un sabor salado, algo que me recuerda lo ingenua que he sido. Como dijo Angelina, debe tratarse de una broma. La broma soy yo. —Sin importar lo que hagas, la familia Blossom no te va a aceptar. Yo podría darte el permiso para que salgas con Rino, pero ellos jamás van a acceder. Ni siquiera es por ti, es el simple hecho de que eres mi nieta. El abuelo se pone de pie y viene hasta mí para abrazarme. —Cariño, no estoy en desacuerdo por egoísmo. No me importa que ellos intenten destrozarme a mí; si entras a esa familia, ellos te destrozarán a ti, y yo me convertiré en la peor persona si llegan a tocarte un solo cabello. Mis lágrimas bajan; él, con su pulgar, intenta detenerlas. Me consuela, y yo dejo caer mis sollozos sobre él. —¿Entonces se acabó? —Se acabó, cariño.
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