El anhelo de una última vez...

1690 Palabras
Morgan Wright Han cesado los truenos. El aire frío de la noche entra por la ventana y susurra como el eco hueco que se escucha en los bosques. La cortina baila un poco por la corriente de ventilación natural, los vellos se me erizan y, por un momento, pienso en levantarme a cerrar la ventana y encender la calefacción. Miro el remoto en la mesita de noche, pero, a pesar de lo cerca que está y de que estoy a punto de congelarme, me quedo quieta como lo he estado la última hora desde que el abuelo me dejó en la cama creyendo que me había quedado dormida. “—Busco tu felicidad, y sé que con un Blossom no la encontrarás, princesita.” Fue lo último que susurró antes de salir de la habitación. Noté ese tono compasivo en su voz y fueron las últimas palabras para hacerme entrar en razón. Sé que fueron sinceras, ya que él creyó que de verdad estaba dormida. Después de todo, el origen de aquella frase no es lo que importa, sino lo cerca que están de la realidad. Sí, son muy ciertas, por eso he tomado mi decisión definitiva. Escucho un llanto en el pasillo, seguido de la voz de Aidan, quien trata de calmar a su hija. Hace cuarenta minutos los escuché llegar. Samara estaba hablando por teléfono con su tío sobre la salud de Valencia, mientras Aidan se quejaba de algo a lo cual no le presté suficiente atención. Lo que sí llamó mi atención fue que él vino a mi habitación, se quedó en la puerta, y, aunque no pronunció ni una sílaba, supe que estuvo ahí por unos largos minutos. Quizá venía a comprobar si me había arrepentido de mi insolencia de esta noche. Sinceramente, creo que sí. No me gusta pelearme así con Aidan, pero pasará un tiempo antes de que mi orgullo me deje disculparme. Después de todo, Aidan tenía razón. —Por favor, princesa… Duerme un poco que mamá está cansada… —le canta Aidan, pero Amara solo eleva su llanto. Es lo único que se escucha en la casa. El viento vuelve a colarse por la ventana con más fuerza esta vez. Me quito la sábana de encima y me levanto. En lugar de ir a cerrar la ventana para impedir que el frío me siga molestando, me dirijo al escritorio donde está mi computador y presiono el botón de encendido. Una fotografía de mi madre parpadea como mi fondo de pantalla. Me quedo observándola por un momento. Christine Wright tiene una sonrisa encantadora que se vio opacada por todos los años que yo estuve desaparecida. Desde que regresé, ha podido recuperar parte de ese brillo y felicidad que la caracteriza. Sería demasiado egoísta de mi parte darle la espalda a la familia y apartar a mi madre de mí otra vez. En realidad, no nos parecemos mucho. Ella, como todos los miembros de esta familia, tiene esos intensos ojos verdes; los míos son grises como los de papá. En cuanto a actitud, soy extrovertida como mi madre, pero menos atrevida que ella. Christine puede ser una mujer ya madura, pero se divierte como una adolescente consciente de las consecuencias de sus andanzas. Busco el contacto de Denver y le envío el siguiente mensaje: ¿Podemos vernos? Necesito pedirte algo. Espero un minuto, cinco… me como las uñas y él no me responde. Ahora que mis pensamientos están más claros, puedo asegurar que está tratando de saber cómo le fue a Valencia en el hospital. Tal como Gianna lo dijo, mi primo es el demonio personal de Val. Ellos parecen odiarse cuando nadie los ve, aunque mucho me temo que Den siente más que odio por ella. Me: Si no me respondes, iré a tu penthouse y no querrás saber lo que haré. Le envío más amenazas, pero él sigue sin responder. Ahora que decidí qué hacer, sé que solo Denver puede ayudarme a salir con la mía. Escucho a Samara en el pasillo llamando a Aidan; por suerte, el llanto de Amara cesó. La pobre debió morir de sueño por el aburrimiento que le causaban las canciones de “cuna” que su padre le cantaba. Suelen ser las peores canciones, ya que la única línea memorable es cuando dice “mi primer lucero”, luego la pieza es una alabanza al apellido. El reloj indica que son las dos de la mañana. Ha sido una noche bastante larga, mucho más de lo que pensé. Me levanto y voy hacia la ventana, aparto las cortinas, y esta vez el viento sopla tan fuerte que retrocedo sobre mis pasos. Vuelvo a acercarme a la ventana, dejo que el viento me abrace y, levantando la cabeza, veo el cielo sin estrellas, sin luna, tan solitario como yo. ¿Debería pensar en Rino una última vez? Si algo es seguro, es que no pararé de pensarlo por mucho tiempo. ¿Tenía que pasar esta noche para que ambos nos diéramos cuenta de nuestras posiciones? Fue una noche dolorosa pero necesaria. En el jardín delantero de la casa, una luz ilumina el camino empedrado. Reconozco el auto blanco de mamá. El coche se estaciona, pasan unos segundos antes de que ella salga sonriendo y cantando. Del lado del pasajero, sale alguien más. Debo entrecerrar los ojos para enfocar a la persona y, al hacerlo, me doy cuenta de que se trata del nuevo jardinero asiático, que parece haber sido modelo y luchador. Los últimos días mi madre estuvo tan cerca de él que el abuelo estuvo por despedirlo; mi madre se opuso, desde luego. Una sonrisa se posa en mis labios porque apuesto a que el abuelo está viendo el espectáculo desde su balcón. ¿Dos chicas rebeldes en una noche? Al pobre le saldrían canas verdes si no estuviera calvo ya. Mamá toma al jardinero de la corbata, le dice algo al oído, y él sonríe con algo de nerviosismo. Si estuviera cerca, podría ver sus mejillas sonrojándose. Al final, veo cómo mamá le da un beso en la mejilla y luego un saludo de despedida. Así, el jardinero se va al lado este de la casa, donde está la entrada de los trabajadores. Mamá fija su mirada en la casa. Su sonrisa se ensancha y lanza un beso al aire, claramente dirigido al abuelo. Ojalá tuviera su valentía, pienso mientras la admiro desde la ventana. Entonces, sus ojos se encuentran con los míos. Su sonrisa cambia, más cálida, y con un gesto rápido forma un corazón con las manos. Sin dudarlo, le devuelvo el gesto, sintiendo un extraño orgullo en el pecho. Con un último vistazo, mamá se sube al coche, su energía intacta, como si la noche apenas comenzara para ella. Me retiro de la ventana y, sintiéndome tan valiente, aunque aún vulnerable, tomo mi celular para llamar al único hombre con quien necesito hablar. Pasan dos pitidos, tres, y finalmente responde, haciendo que mi corazón se calme. —¿Podemos vernos? —¿Tu abuelo no me matará si sales a esta hora? —Yo moriré si no te veo ahora. Necesito decirte algo. —Haré chocolate para ti, love. Es el mismo apodo que la abuela de Rino le tiene. Es por eso que sé lo mucho que ella lo quiere; eso no se le dice a alguien a quien amas. —Estaré allá en 15 minutos. —Pero es media hora de camino. Por favor, conduce con… No dejo que termine la frase; corto la llamada para prepararme. Tan solo busco una sudadera, salgo al pasillo y voy a la habitación de Aidan. Está dormido con Amara entre él y Sam. Los tres duermen como una familia feliz. No me atrevería a entrar e irrumpir en su intimidad si no fuera porque todos aquí esconden las llaves de sus autos para evitar que yo las tome. Revuelvo con cuidado en la mesita de noche, pero al tomar las llaves, el ruido que hago resuena como un disparo en la tranquilidad de la habitación. Me congelo al instante, el corazón latiéndome como si quisiera salir del pecho. Aidan se remueve en la cama, su cuerpo reacciona casi de inmediato. Su mano se desliza hacia la bebé, como si necesitara confirmar que sigue ahí, a salvo bajo su protección. Contengo el aliento mientras lo observo quedarse quieto de nuevo. Solo entonces, me atrevo a relajar los hombros. ¿Cómo alguien con un instinto tan protector puede ser también un tirano? pienso, mordiendo una sonrisa nerviosa mientras me preparo para dar el siguiente paso. —¿Estás segura de que quieres meterte en problemas con el tirano? —pregunta Sam. Se sienta en la cama y habla en susurros—. Me dijo lo que pasó esta noche, ¿estás bien? —Lo estoy. Te lo contaré luego. —¿A dónde vas? ¿Quieres que te acompañe? —El tono de su voz es de preocupación. —Estoy bien. Iré con mi padre… Por favor, no hablemos de Rino. —Le sonrío, demostrando que estoy bien—. Prometo no estrellar el coche del tirano. Ella se ríe y yo la imito. Me despido con una sonrisa. Bajo las escaleras a toda prisa, aunque mis pasos intentan ser sigilosos. El eco de mis movimientos resuena como un tambor en la oscuridad. Al abrir la puerta, el frío de la noche me envuelve, cortante y punzante, como si quisiera recordarme lo arriesgado de mi decisión. Los nervios florecen en mi pecho, una mezcla de adrenalina y expectativa que me mantiene al borde. El sonido de mi celular interrumpe el silencio, vibrando como un eco en la calma tensa. Lo saco rápidamente del bolsillo, con la esperanza latiendo en mis venas. Debe ser Denver, pienso mientras mi corazón se acelera, como si supiera que del otro lado de la pantalla está la respuesta que tanto necesito. Pero al desbloquearlo, mis dedos se congelan. El mensaje que aparece no es de Denver. Rino: ¿Podemos hablar una última vez? Esperaré por ti. La noche, que ya parecía interminable, acaba de volverse más larga.
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