El anhelo de sentirme en casa...

2452 Palabras
Morgan Wright Hay algo intrigante en el cielo sin estrellas, una especie de misterio que despierta mi curiosidad. Es el hecho de que, aunque solitario y sin brillo, el cielo sigue siendo sublime ante los ojos de todos; no pierde su magia aunque carezca de luz. Y es precisamente eso lo que las personas buscan al perseguir el éxito. ¿Qué es el éxito en sí? Mi abuelo y mis primos podrían dar una respuesta asociada con la élite social, pero para mí, el éxito es algo parecido a hacer lo que queremos y, aun así, asumir las consecuencias con responsabilidad. Es aprender a vivir con lo que tienes, pero no limitarse a buscar lo que anhelas. Estoy decidida a ir por eso que deseo. Dejo el Audi de Aidan estacionado en la acera. Es de noche y no creo que nadie se lo lleve. El vecindario es tranquilo, y a las dos de la mañana mucho más. Las casas vecinas tienen las luces apagadas, y el único ruido es el de las hojas mojadas de los árboles movidas por el viento. La casa frente a mí también tiene las luces apagadas. Sonrío cuando ese sentimiento de familiaridad me invade. Es una propiedad con el estilo de esas casas americanas donde las familias blancas vivían como la comunidad más afortunada, mientras que, del otro lado de la historia, había personas luchando por tener un techo sobre su cabeza. Pero lo bonito de esta casa no es lo poco británica que luce, sino que, al contrario de la Casa Grande, esta es modesta como su dueño. Aquí es cómo llegar al hogar que quiero, la Casa Grande es llegar al hogar al que pertenezco. —Estaba preocupado porque no llegaras, pero recordé que siempre llevas contigo esos aparatos para electrocutar. Sonrío sin mostrar los dientes. Subo los dos escalones antes de llegar al porche poco iluminado. —Esta vez no los he traído conmigo —respondo, intentando no tropezar con algo mientras me paso frente a la mecedora donde él está sentado—. ¿Por qué estás a oscuras? —Mi nueva vecina suele venir a visitarme cada vez que hay una luz encendida. —¿La pelirroja de caderas grandes, amante de la ginebra? —¿De verdad tiene el pelo rojo? La edad me está haciendo un viejo miope porque pensé que era una hermosa peli-gris. —Eso ni siquiera existe, papá Astor. —Me dejo caer en la mecedora a su lado, que me envuelve con una manta de lana—. Pero no te es indiferente porque crees que ella es hermosa. —Levanto un dedo para impedir que hable—. Fueron tus palabras. ¿Entonces te parece linda? —Eso no significa que dejaré que me emparejes con ella. Estoy muy mayorcito para esas cosas, lovie. —¿Desde cuándo la edad es un impedimento para salir con alguien? —Me encojo de hombros—. Mira a mamá. Esta noche salió con el jardinero, y estoy segura de que pronto invitará al nuevo pasante de trasero firme al club. —¿No estaba saliendo con el asistente de Aidan? —El tirano lo despidió porque confundió diamantes con rubíes. Y el abuelo también se quejó de él, así que… —A tu madre no le importa llevarle la contraria a la familia. ¿Por qué crees que estuvo conmigo? Mi padre enciende una lámpara de mesa antigua que derrama una luz amarilla. A Astor Freezer, mi padre, le encanta todo lo antiguo. Es por eso que su casa está llena de todo tipo de colecciones antiquísimas. Sin embargo, no es un hombre que se resista a lo nuevo, excepto que la manera de conquistar a una mujer hoy le parece demasiado descarada para su gusto. Él prefiere las salidas, las cartas y compartir gustos al estilo victoriano; por eso mamá lo llama un anticuado de primera. Supongo que él es solo un romántico no modernizado y mamá una romántica liberal. Yo ni siquiera tengo nada de romántico, supongo que en esos me parezco más a mis primos. —Iré por el chocolate caliente. Cuando regrese, me cuentas qué te trae por aquí —dice, poniéndose de pie y caminando hacia la puerta. —Solo vine a visitar a mi padre. —¿A las dos de la mañana? Sí, ya me convenciste. Deja ver una sonrisa incrédula, y yo ruedo los ojos, derrotada. Me dejo caer en el respaldo de la mecedora, que se mueve de adelante hacia atrás. Por momentos miro a la casa de la vecina, veo que las luces se encienden y eso provoca que una sonrisa divertida aparezca en mi rostro. Son las dos de la mañana y ella está atenta a cada movimiento en la casa de papá Astor. La mujer debe estar algo loca por él. Lástima que él no parece tener interés en ella; de hecho, no me ha hablado de ningún interés amoroso que no sea mi madre. Cuando yo regresé a sus vidas, se unieron aún más, pero ambos son demasiado amigos como para saltar otra vez a la parte romántica, sin mencionar que su percepción sobre una pareja es muy diferente. Por lo tanto, no creo que lleguen a tener una relación durante esta vida. Muchas personas siempre prefieren tener a sus padres juntos; yo me conformo con que sean amigos. Aunque sé que mi madre es atrevida y rebelde por elección, me pregunto cómo es que se fijó en la mano derecha de su padre y decidió darle una hija justo a él. ¿Qué diría ella si le cuento todo lo que pasó con Rino y que me gustaría que las cosas fuesen diferentes? Puedo deducir que su consejo sería: "Arriesga". Sin embargo, eso no será suficiente para mí. De todos modos, ya tomé mi decisión definitiva en cuanto a esa situación. Ante su mensaje de hace rato, no fui capaz de responderle. Miré la pantalla por unos largos segundos, pensé en aceptar, ceder, ir... solo ignoré el mensaje y vine aquí a buscar consuelo en mi padre, ya que él es el único que me escucha sin luego decirme qué es lo que debo hacer. Para eso ya tengo a mi abuelo o al tirano de Aidan. Ahora me apetece ser escuchada, nada más. Escucho el sonido de la puerta abriéndose, luego volviendo a cerrarse. Mi padre aparece con una bandeja donde trae dos tazas de chocolate, una jarra y una botella de lo que supongo es ginebra. —¿Lista para contarme por qué no podías dormir? —¿Quién dice que no podía dormir? —Recibo la taza de chocolate caliente que él me entrega. Sonrío al ver que es la que mamá nos regaló el mes pasado, luego de que el asistente de Smara le enseñara cómo hacer cerámica. —Cuando no puedes dormir, llamas a tu padre. —Yo siempre te llamo. —Pero no a las dos de la mañana. Además, saliste de casa sin tus aparatos para electrocutar; mi pequeña no hace eso. A veces ignoro lo observador que es. Tomo una bocanada de aire, casi además del humo que sale de la taza caliente. Miro a papá Astor a los ojos, esos grises tan parecidos a los míos. Ese brillo suave que vislumbro en ellos me da la valentía suficiente para decirle: —Me escapé de casa y salí con Rino Blossom. —Hago una pausa esperando su reacción y me siento aliviada al verlo sonreír—. El abuelo se enojó, me peleé con Aidan y todos me dieron un sermón. Me pidieron que me alejara de él. Astor deja la taza de chocolate y toma dos copas de cristal para servir ginebra. Me ofrece una, y sin pensarlo, la tomo. —Esa es una petición digna de los Wright. Él me vuelve a rellenar el vaso de ginebra. Miro con atención el líquido incoloro, con su olor fresco y resinoso. En la Casa Grande se prefiere el whiskey, especialmente el costoso whiskey de los Debny-Wilcox, pero yo no cambiaría compartir un trago de ginebra con Astor. —¿No vas a decirme más? —pregunto, todavía observando el líquido. —Debido a que no te crié, no sé cómo sermonearte y, aunque supiera cómo hacerlo, no lo haría. —Él se mece en su silla—. Si te gusta el tal Rino, es una pena, lovie. Una gran pena, porque tu abuelo jamás te dejará tenerlo a menos que renuncies a la familia y, como creo conocerte, sé que jamás pondrás a la familia por encima de ese hombre. —¿Soy tan predecible? —No. Solo eres una chica que no está dispuesta a perder a su familia. —Yo los amo. —Y ellos a ti. Ambos levantamos nuestras copas, las dejamos chocar en el aire y luego las bebemos de golpe. Soltamos un aliento satisfecho y nos reímos en una melodía cómplice que flota en el aire. —A ti también te quiero mucho, papá Astor. Él asiente, pero no me mira. —Y tú eres lo que yo más quiero, lovie. Nunca imaginé tener una hija, y cuando menos lo esperé, me llegó la mejor de todas. —Lo dices porque me quieres. Soy un desastre… —Eres perfectamente imperfecta, Morgan… Los latidos se me ralentizan, sus palabras me calan, no solo por el peso que tienen, sino porque son las mismas que me dijo Rino mientras nos escapábamos. Un nudo se forma en mi garganta. —¿Crees que estoy a la altura de un Wright? Esta vez él me mira. —Más bien creo que ningún Wright está a tu altura. Pero no le digas a tus primos que te lo dije; creerán que pretendo mancillar su elegante apellido. —El abuelo tampoco estará de acuerdo. —Ah, pero sé lidiar con tu abuelo. ¿Cómo crees que llevé tantos años trabajando para él? Conozco sus debilidades y fortalezas. Ahora solo es un viejo cascarrabias. —¿Siempre fue así de imponente? —¿Crees que necesitaremos más ginebra? —Nos sirve otro trago, esta vez llenando la copa al tope—. Enzo Wright, en sus años dorados, fue una combinación de todos sus nietos. Inteligente como Denver, impulsivo como Aidan, bondadoso como William y travieso como tú. Rescató a mi madre y a mí y nos llevó a vivir a la Casa Grande. Luego me fui al ejército, y cuando regresé, me ofreció trabajar para él. —Sonríe con nostalgia—. Quería comerse el mundo. Por supuesto, era un rompecorazones como Christine, hasta que asumió su lugar en la empresa familiar. En ese tiempo conoció a una mujer encantadora… el problema es que eso desató dramas familiares muy complejos. Enzo se peleó con su hermano Galen, sus padres le dieron la espalda, y la única forma de recuperarlo todo fue renunciando al amor. —¿Hubo alguien antes de la abuela Greta? Ese es el nombre de la esposa del abuelo Enzo. Él no suele hablar mucho de ella porque, según sus palabras, despiertan los recuerdos de su amada. Papá Astor guarda silencio por un momento y luego prosigue: —El problema fue que esa renuncia sucedió cuando la familia de tu abuelo empezó a destruirse. Enzo tuvo que levantarlo todo desde los cimientos, y pudo hacerlo, aunque encontró trabas en el camino. —¿Esa otra mujer era la señora Susane? —No exactamente, pero era muy cercana a ella. Si tu abuelo y Susane son enemigos, es porque ambos se traicionaron y se lastimaron. Tendría que escribirte un libro completo para contarte esa historia. —Sería muy interesante. —Tu abuelo me mataría, y todavía no quiero dejarte sola. Nos reímos. —¿El abuelo es así de duro por todo lo que vivió? —pregunto luego de un rato. Él asiente—. A él no le gusta hablar de su pasado. A veces olvido que tuvo un hermano… y también olvido a la abuela Greta. —Se parecía mucho a Christine. —¿El abuelo la amaba? —Al final, sí. —Mi padre se recuesta en el respaldo de su mecedora—. Yo se la presenté a tu abuelo; le dije que era mi exnovia. Pestañeo un par de veces. —¿Te dejó por él? Se ríe. —Tu abuelo y yo no teníamos problemas con las chicas. A veces las compartíamos… —¡Pero tú eres un romántico anticuado! —También fui un hombre curioso. —¿Por eso te metiste con mi madre? Él mueve la cabeza a un lado. —Tu madre me sedujo para que yo le dijera la historia de su padre. Yo caí encantado. —¡Dios mío, eres un poco cursi! —Soy encantador, ¿no? —Se inclina sobre la mesa y me empieza a hacer cosquillas. Muevo mis manos y piernas mientras me retuerzo de la risa. No se detiene, y eso solo provoca que los ojos me lloren de alegría. No importa lo mayor que esté o que estos momentos hayan faltado en mi niñez, siempre amaré los afectos de mi padre. —Para, por favor… —Acabas de llamar cursi a tu padre, jovencita. —Pero eres cursi. —Repite eso… Mi risa queda ahogada cuando un sonido chillón se suma a nuestro momento. Nos apartamos y encontramos a mi madre apoyada en el muro del balcón del porche. Nos mira con una sonrisa divertida. —Me alegra que recuperen los momentos de padre e hija. ¡Nunca es tarde para ello! —Se aparta del muro y camina hacia nosotros—. ¿Ginebra? Oh, ustedes los británicos son muy anticuados. —Discúlpame por ser un hombre viejo, Christine —le dice mi padre con burla. —Oh, no te preocupes, eso es lo que me gusta de ti. —Ella me mira—. Te doy un consejo gratis, querida: siempre busca a un hombre mayor, saben cómo complacernos mejor. —Pero el jardinero no es un niño —le recrimina papá. —Sí, ahora que soy madura debo buscar un poco de colágeno. —Christine se sienta sobre mí—. Pero tú eres joven y no lo necesitas. Además, ya sé que te gustan los mayorcitos. —No sé de qué… —Shhh. No arruines la sorpresa. —Vuelve a ponerse de pie—. Mira quién vino conmigo. Christine señala hacia la calle. Mi corazón golpea con fuerza… Me quedo congelada, sin poder moverme o hablar al verlo apoyado en su auto mientras me mira de una forma tan intensa que me provoca sensaciones arrolladoras. Ahí está él, Rino Blossom.
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