Morgan Wright
Tenía apenas cinco años la primera vez que me dijeron que no tenía padres, que era una huérfana o, en palabras exactas, “un error del que se habían deshecho". Eso fue cuando estaban adoptando a una de las niñas del orfanato que de vez en cuando compartía su rebanada de pan conmigo. Pues si me portaba mal no recibía alimento.
Creo que fue una de las pocas y memorables amistades que hice en aquel lugar y, a pesar de ser una niña pequeña, no lo olvido porque han sido pocas las personas que han tenido gestos genuinos conmigo. Luego de eso, mis años en el orfanato fueron espantosos. Me obligaban a portarme bien para poder comer y dormir decentemente. El problema es que mi espíritu tiene una naturaleza rebelde. Me portaba mal cada vez que me pedían obedecer, incluso las monjitas me llamaban "el anticristo".
Hubo un día en el que me obligaron a bautizarme para purificar mi espíritu. Accedí a hacerlo solo para aparecer al otro día con una minifalda, zapatos altos y maquillaje demasiado vulgar. Tuve que robarme todo eso del cuarto de donaciones, y solo lo hice para demostrarles que, sin importar todo lo que me obligaran a hacer, no iban a doblegarme. ¿Por qué debía obedecer a personas que toda la vida me repitieron que mis padres me abandonaron porque era un estorbo? Pues mi venganza fue ser un verdadero estorbo para ellos.
La verdadera tragedia fue que, cuando descubrieron que yo había dejado de leer la Biblia para sumergirme en el mundo de la tecnología, y que era buena con los números, dos personas me convencieron para que les ayudara con su sucio negocio del orfanato. Accedí, y tras un montón de inconvenientes, de que quisieran usarme de manera repugnante, tomé un bote de gasolina y una cerilla para poner a arder su castillo de mierda.
Escapé y, por suerte, me encontré con Stella, que sin conocerme decidió ayudarme. Lo que no sabía era que al conocer a Stella también conocería a Samara y luego a Aidan. Fue por él que encontré a la familia Wright, o dicho de mejor forma, fue por él que la familia Wright me encontró y me dio un lugar al cual pertenecer.
Por supuesto, ni en mis más descabellados sueños creí que mi familia sería una dinastía tan reconocida y poderosa como ellos. ¿Quién cree que en la vida real se pasa de ser una huérfana fugitiva a ser un m*****o de la élite británica?
Sigo acostumbrándome a ello, pero lo que no puedo asimilar es que, debido a mi nueva familia, tampoco puedo pensar en el amor, porque el único hombre que ha llamado mi atención es el enemigo de mi nueva familia. ¿Es justo que yo renuncie a ello? Quizá, después de todo, les debo lealtad a ellos. Tampoco puedo luchar si la otra parte no puede luchar por mí.
—¿Estás defendiendo sus actos? —La voz de Aidan resuena con enojo en el coche. Desde que me obligó a entrar al auto se ha pasado todo el camino discutiendo con Denver, quien no ha dicho más que dos simples palabras a las cuales no he puesto suficiente atención como para repetirlas—. Al abuelo no le gustará esto.
Denver ignora a su hermano, centrándose en la pantalla de su celular donde aparece el nombre de “Ma rose”. En otra ocasión me habría puesto intensa intentando interrogarlo y sacarle información sobre su confusa relación con Valencia, pero no estoy de ánimo para pensar en otra cosa que llegar a mi cama y meterme bajo las sábanas. Si tengo suerte, me quedaré dormida por una semana.
El Audi de Aidan estaciona cuando llegamos. La Casa Grande nos recibe con su singular aire intimidante. No es una mansión lujosa, parece más bien una entidad con su propio espíritu y aura. Desde luego, esa aura solo grita el poder de sus dueños. Denver suele decir que parece una casa de brujas; para mí, es como un castillo gótico, y acepto que es este aspecto lo que me recuerda que pertenezco aquí. Yo no soy la chica de lujos y elegancia, soy más bien gótica y disimulada.
—Hemos llegado, bájate —me pide Aidan, dándome esa mirada dura que solo me da cuando cree que he cruzado los límites.
Denver es el primero en salir del coche; soy la última en bajar. Mis botines suenan sobre el camino empedrado.
—Parece que hay visita. —La mirada de Aidan se desliza hacia las dos camionetas aparcadas al lado de la fuente con el ángel sosteniendo un diamante.
—Me iré a casa —comenta Denver, guardándose el móvil en el bolsillo del pantalón mientras mantiene la mirada en las camionetas.
Aidan lo mira con el ceño fruncido, como oponiéndose. Era de esperar que Denver quisiera irse; no le gusta estar en la casa familiar, mucho menos cuando hay visitas. Es así de solitario, aunque Aidan parece lo suficientemente convencido de necesitarlo ahora que hablaremos con el abuelo.
—Tienes que hablar con el abuelo; después de todo, es tu culpa que esta niña se haya ido a ese evento.
Denver lo mira con ironía.
—No recuerdo haberla llevado al evento en mi Corvette —responde.
—El abuelo te lo advirtió. Y no seré yo quien le diga que ella se fue a ese lugar, mucho menos que se fue con Blossom.
—Dejémoslo para mañana; el abuelo tiene visitas —dice Denver, dirigiéndose al coche.
Aidan lo detiene, diciendo que entren. Cuando me mira con esos ojos verdes tormentosos, el corazón me sube a la garganta. Aidan es un puto tirano, y eso suele parecerme divertido, excepto cuando su enojo está dirigido a mí. Estoy segura de que se pondrá de lado del abuelo, por eso no quiero entrar, mucho menos cuando hay visita.
—No me quedaré en la casa esta noche —digo, retrocediendo.
—No te muevas, niña. La mierda de esta noche no es otra de tus travesuras.
Lo ignoro, dándole la espalda. Él me alcanza y me hace volver.
—¿De verdad crees que lo vas a evitar? —Niega con la cabeza—. ¿Qué pensabas al irte con Blossom y rogarle que luchara por ti?
Dicho de esa manera suena humillante. Las palabras me tocan tanto que siento un escozor molestándome en los ojos. Toda la noche con Reino aparece en mi mente en un bucle de escenas que solo aumentan el sentimiento de pena y dolor.
—Tú no lo entenderías… —murmuro.
—Por supuesto que no lo entendería. Es un puto Blossom y, aunque sea amigo de Samara, tú no tienes derecho a acercarte a él.
—¿Y a qué tengo derecho? Parece que solo tengo el deber de cumplir lo que tú digas.
Su ceño se frunce aún más, con un rastro de ofensa en su cara.
—Sabes que no te obligamos a hacer nada que no quieras, Morgan…
—Excepto acercarme a él.
—Porque es lo mejor. ¿Crees que ese tipo sienta algo por ti? No seas ingenua. Solo se acercó a ti porque su familia quiere burlarse de la nuestra.
Denver se acerca para detener a Aidan, pero sus palabras ya han cortado lo suficiente como para hacerme más daño.
—Déjalo ya, Aidan —le pide Denver.
—¿Dejarlo? —Él se ríe sin gracia—. ¿No ves que el cabrón ha ilusionado a esta niña que se creyó todo su cuento? Debí partirle la cara a ese imbécil.
—Espero que no te metas en problemas con él y dejes a Morgan…
—¿Dejarla? No. Voy a hablar con el abuelo. Esta niña…
—¡No soy una niña! —exclamo, soltándome de su agarre—. Entiende que soy una adulta que toma sus propias decisiones.
—Decisiones terribles.
—Igual que tú —refuto, levantando el mentón—. También has tomado decisiones fatales, has lastimado a los que te quieren por tu tiranía. La única diferencia entre tú y yo es que, a pesar de toda tu mierda, te quedaste con Samara y el perdón de todos. ¿Por qué no me dejas cometer mis errores? ¿Qué tal si yo también quiero que Rino me lastime como tú lo hiciste con Samara? Lo haría solo para demostrarte que no tienes moralidad para juzgarme. —Finalizo mis palabras con un suspiro.
Nos quedamos en un silencio sepulcral; el único ruido es el de las gotas de agua que caen en la fuente con un blu… blu….
Mi pecho se aprieta al ver que Aidan retrocede. Sus reclamos me han lastimado, pero creo que mis palabras lo afectaron, lo que me hace sentir un arrepentimiento abrumador. Solo que soy tan orgullosa que no me disculparé.
Denver lo mira y, como si quisiera evitar que su hermano diga algo más letal, niega con la cabeza. Aun así, Aidan pronuncia sus últimas palabras para mí:
—Espero que valga la pena darle la espalda a tu familia por alguien que no está dispuesto a luchar por ti.
Dicho eso, me da la espalda y se va hacia la casa sin siquiera mirar atrás. Yo me quedo congelada en mi lugar, asimilando esas últimas sílabas que retumban en mi cabeza. Tan reales que duelen.
Pronto siento la pesada mirada de Den sobre mí, lo que me hace desear huir de aquí. El problema es que, con Denver, no puedes huir…
—Aidan hablará con el abuelo, así que mejor ve con él.
—¿Fue tan malo lo que hice? —pregunto en un tono bajo.
—El abuelo te lo perdonará una vez, pero te hará prometer no volver a ver a Blossom. ¿Crees que puedas cumplirlo?
¿Puedo cumplirlo? Mi mirada se desliza hacia la Casa Grande, mi hogar… ¿vale la pena arriesgarlo por un amor imposible? Creo que no. Después de todo, el amor es como un puente, y se va a caer, ya que solo yo estoy dispuesta a sostenerlo.