Trato

1335 Palabras
+CHARLOTT+ No dormí nada en toda la noche. La almohada parecía hecha de espinas, y cada vez que cerraba los ojos, los mismos pensamientos regresaban, como un maldito disco rayado. El matrimonio. Adrian. Mi padre. La herencia. Cada palabra, cada decisión de mi padre, parecía gritarme que no era suficiente. Que por más títulos, méritos y habilidades que acumulara, seguía siendo una mujer. Y para él, una mujer sola no podía manejar el peso de un legado como el nuestro. Necesitaba un hombre para sostenerme, para respaldarme, porque en su mente arcaica, yo no era suficiente. Mi rabia crecía a medida que pasaban las horas. ¿De qué sirvió entonces todo lo que sacrifiqué? ¿De qué sirvieron los años en Rusia, las noches en vela estudiando, las mil y una veces que rechacé a cualquiera que quisiera acercarse demasiado? ¿Para terminar siendo una moneda de cambio en un matrimonio arreglado? Estuve a punto de lanzar la almohada contra la pared, pero me contuve. Eso no iba a solucionar nada. Mi furia no cambiaría la forma en que mi padre me veía: como una hija incapaz de sostener el peso de su apellido sin la ayuda de un hombre. Me levanté de la cama, mis pasos resonando en el frío suelo de mármol. Me acerqué al espejo y observé mi reflejo: ojeras profundas, los labios secos de tanto morderlos, el cabello desordenado cayendo sobre mis hombros. —¿Qué vas a hacer, Charlott? —murmuré, apoyando las manos en el borde de la cómoda. La respuesta llegó, rápida y cortante. —No voy a escapar. No era una opción. Esta era mi casa, mi legado. Podía odiar a mi padre por lo que estaba haciendo, pero no iba a darle la satisfacción de verme huir otra vez. No iba a demostrarle que era débil. Si quería que me casara, lo haría. Pero bajo mis condiciones. No estaba dispuesta a renunciar a mi independencia, ni a convertir mi vida en un circo para satisfacer sus expectativas. Haría lo que él quería, sí, pero que ni se atreviera a pedirme algo más, porque eso no iba a suceder. No habría amor. No habría hijos. Este matrimonio sería exactamente lo que todos querían que fuera: un contrato frío y vacío. Mi estómago se revolvió al pensarlo, pero lo reprimí. Este era mi camino ahora. Podía quejarme, pero no iba a ceder mi lugar. De repente, un recuerdo atravesó mi mente como un rayo. Adrian. Sentí un calor repentino subir por mi rostro. Las imágenes de esa noche en el hotel se apoderaron de mí: su sonrisa ladeada, sus manos firmes sobre mi cintura, el fuego que encendió en mí con cada caricia. Me llevé las manos al rostro, sintiendo cómo la vergüenza y el enojo se mezclaban. —¡Maldita sea! —susurré, golpeando la superficie de la cómoda con el puño cerrado. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? ¿Cómo no vi quién era? Ahora, todo estaba peor. Había cruzado una línea que nunca debí cruzar. El peso de la situación me golpeó como una avalancha. No solo estaba atrapada en un matrimonio que no quería, sino que el hombre al que debía llamar "mi esposo" era alguien con quien ya había estado. Me senté en el borde de la cama, enterrando la cara en las manos. —Soy peor que mi madre —murmuré, dejando que las palabras se hundieran. Era una idea que me aterraba, pero que no podía evitar. Ella también se acostó con alguien que no debía, alguien que destruyó nuestra familia. Y ahora, aquí estaba yo, repitiendo la misma historia, como si el destino se burlara de mí. No. No iba a permitir que esto me definiera. Respiré hondo y me obligué a levantar la cabeza. No tenía tiempo para autocompadecerme. Esto era un desastre, sí, pero era mi desastre, y lo resolvería a mi manera. ++++ La casa estaba en silencio cuando bajé las escaleras, aún vestida con el camisón de la noche anterior. No esperaba encontrarme a nadie despierto tan temprano, pero la voz de mi padre me detuvo en seco. —Charlott. Me giré lentamente, viendo cómo salía de su despacho, impecablemente vestido como siempre. —Buenos días —dije, intentando sonar indiferente. —¿Puedo hablar contigo un momento? —preguntó, señalando hacia el despacho. Asentí y lo seguí, sintiendo cómo mi corazón comenzaba a acelerarse. No sabía qué esperaba de esta conversación, pero estaba segura de que no sería agradable. El despacho olía a cuero y madera, un reflejo perfecto de la personalidad de mi padre. Él tomó asiento detrás del escritorio, mientras yo me quedaba de pie, cruzando los brazos frente a mí. —Siéntate, hija —dijo, señalando una de las sillas frente a él. —Prefiero quedarme de pie. Su expresión se endureció por un instante, pero no dijo nada al respecto. —Sé que todo esto ha sido un golpe para ti —comenzó, entrelazando los dedos sobre la superficie del escritorio—. Pero quiero que entiendas que lo estoy haciendo por tu bien. —¿Por mi bien? —repetí, con una risa amarga—. ¿Es por mi bien o por el tuyo? —Charlott… —No, déjame hablar. —Di un paso hacia adelante, sintiendo cómo mi rabia comenzaba a desbordarse—. Sé lo que piensas de mí, papá. Piensas que no soy suficiente, que no puedo manejar esto sola. —Eso no es cierto. —¿Ah, no? Entonces, ¿por qué estás tan desesperado por casarme con Adrian? —pregunté, alzando la voz—. ¿Por qué no puedes confiar en que puedo manejar este legado sin un hombre a mi lado? Mi padre se quedó en silencio, lo cual solo me enfureció más. —Mis estudios, mi experiencia, todo lo que he hecho… ¿para qué? ¿Para que sigas viéndome como una niña incapaz? —Esto no es solo sobre ti, Charlott —respondió finalmente, con un tono que intentaba ser calmado, pero que solo me irritaba más—. Es sobre nuestra familia, sobre lo que significa este apellido. —¿Nuestra familia? —solté una carcajada amarga—. Hablas de familia como si significara algo, pero lo único que veo son contratos y alianzas. —Basta —dijo, con un tono firme que me recordó a todas las veces que había tratado de callarme cuando era niña. —No, papá. Esta vez no. —Me incliné hacia él, apoyando las manos en el escritorio—. Si quieres que me case con Adrian, lo haré. Pero que quede claro: lo hago porque tú lo pides, no porque crea en esto. Y que ni se te ocurra esperar algo más de mí. No habrá amor, no habrá hijos, nada. Este matrimonio será exactamente lo que tú lo has hecho: un trato de negocios. Mi padre me miró fijamente, su mandíbula apretada. Finalmente, asintió. —Como quieras, Charlott. Me enderecé, sintiendo una mezcla de victoria y vacío. Había ganado esta pequeña batalla, pero el precio era alto. Mientras salía del despacho, solo una cosa estaba clara: haría lo que fuera necesario para proteger lo que era mío. Pensándolo bien, el matrimonio sería la oportunidad de velar lo que es mío, ya que mi padre le dio por casarse y no es que su mujer sea una pobretona, pero también no descarto la idea de que esté con mi padre por otra cosa. No confío en nadie, menos en su nueva mujer, ya que mi madre se encargó de que desconfiara desde mi propia sombra. Desde que me fui a estudiar a Rusia no la he visto y no quiero hacerlo, ya que aún no me siento preparada para enfrentarla, mi odio hacia ella ha incrementado y dudo que me detenga y recuerde que ella me trajo al mundo. Desde que se acostó con mi ex marido es y será una maldita que no merece compasión y perdón de nadie.
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