Dahlia Soler El silencio que siguió a mi transmisión en el vestíbulo de la clínica no era el de la paz, sino el de un mundo que ha contenido el aliento justo antes de estallar. Vi a los agentes de la Federal bajar sus fusiles, sus rostros antes gélidos ahora descompuestos por la duda. No eran monstruos, eran hombres con familias que en ese mismo instante estarían viendo en sus teléfonos cómo sus padres y esposos apuntaban a una mujer que el Estado había enterrado en vida. El poder de la Ministra Santoro se estaba evaporando como el rocío bajo un sol abrasador, dejando solo el rastro amargo de su traición. —¡Fuera de aquí! —rugió Enzo, aprovechando el vacío de autoridad. Agarró al Juez Arrieta por el cuello de su camisa de seda y lo arrastró hasta un radiador de hierro fundido—. Te quedar

