Dahlia Soler El rugido de los motores de la lancha se apagó, dejando paso a un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el bofetón rítmico del agua contra el casco de fibra de vidrio. Frente a nosotros, emergiendo de la bruma marina como un buque fantasma encallado en los acantilados, se alzaba la clínica Santa Marta. Sus muros de piedra caliza, devorados por el salitre y la humedad, brillaban bajo la luna con una palidez enfermiza. No parecía un hospital, sino una de esas fortalezas coloniales diseñadas para que lo que entraba nunca volviera a ver la luz del día. —El muelle está vigilado —susurró Enzo, ajustándose el chaleco táctico—. Hay cámaras térmicas en la torre de vigilancia sur. Tendremos que subir por la escala de servicio de la lavandería, es el único punto ciego que Ar

