Me pasé la mano por el rostro para secar las lágrimas que brotaban como cascada. —No quiero que sufra —dije entre sollozos. —En ese caso, le recetaré un fuerte calmante para evitar los terribles dolores de cabeza y espalda que comenzará a padecer en unas cuantas semanas. —¿En cuánto a los hijos? —solté la pregunta. El doctor entornó los ojos. —¿A qué se refiere? —inquirió. —¿Él puede…? —moví mi mano, tratando de encontrar la palabra adecuada. —¿Se refiere a que si él puede engendrar hijos? —tanteó el médico. —Sí. Eso —balbuceé. —Pues de que puede, puede. Solo que no recomendable, porque no sé con exactitud hace cuanto fue su última sesión de quimioterapia y aún podría tener algunos vestigios de la misma en su cuerpo. Eso podría tener repercusiones en el feto. —De acuerdo —asentí

