Capitulo 3

3712 Palabras
— Hasta aquí llegamos señores se pinchó un neumático — dijo el chofer del autobús donde iba para dirigirme a mi nuevo empleo. Todas las personas comenzaron a quejarse, y a maldecir mientras nos bajábamos del autobús accidentado.    Por fin había llegado mi gran oportunidad, el primer día en la empresa Art & Co, el miércoles pasado fue mi entrevista la cual fue un total desastre en mi opinión, pero al parecer no les importó demasiado porque me contrataron, el jueves renuncié a mi antiguo empleo con Ally, mi antigua jefa. La publicista hippie que me pagaba un salario de porquería, no le agradó mucho mi decisión y comenzó a llorar, por supuesto eso no me importó en lo absoluto, pero para fingir empatía la consolé un poco, quizás hice mal en irme de un día para otro, pero qué demonios… no puedo fingir sentimientos que no siento, me importaba una mierda si le afectó mi renuncia repentina, podía encontrar a otra persona que me reemplazara fácilmente.  El viernes y el resto del fin de semana estuve encerrado en mi departamento sin hacer nada interesante, mi vida no es muy excitante que digamos, no continué bebiendo porque conozco mis debilidades, no puedo recaer otra vez, mato mi ansiedad de adicciones y autodestrucción con el cigarro, es igual de nocivo, y quizás la posible causa de mi muerte sea de cáncer en los pulmones, pero, ¿Qué puedo hacer? no puedo vivir sin un vicio en mi vida. Y ahora bien, es lunes como dije anteriormente, me levanté temprano ya que el idiota no me dijo un horario específico para llegar, así que asumí que debía estar a partir de las siete de la mañana, tuve que despertarme a las cuatro de la madrugada para poder llegar a tiempo, y ahora el chofer del autobús donde iba se accidentó, la aglomeración de personas me bajaron del colectivo, suspiré un poco porque tenía que ir al subterráneo para llegar temprano, eran las seis y treinta de la mañana, esa era mi única opción para llegar a tiempo, caminé un par de cuadras y llegué a la estación, como es lo usual estaba repleta de personas impacientes como yo, cuando llegó el metro todas las personas incluyéndome corrimos como caballos de apuestas para obtener el primer lugar dentro del vagón, a los pocos minutos la puerta se cerró y todos estábamos muy apretados, aglomerados en ese pequeño espacio del vagón del metro, viendo el paisaje oscuro de los túneles del subterráneo, de repente siento que unos dedos rozan mi culo, arrugo mi cara asumiendo que es por lo apretados que estábamos todos, era algo normal, y dejó pasar la caricia involuntaria, cuando siento que nuevamente alguien me toca de la misma manera que la anterior, comienzo a dudar que sea por accidente, intento voltear mi rostro para ver quién está detrás de mí, y observo a un hombre que parece estar inmerso en sus pensamientos.   Nada parecía estar fuera de lo normal, es por eso que me volteo y como puedo camino un par de pasos a la izquierda para alejarme un poco, minutos después, vuelvo a sentir la misma mano sobre una de mis nalgas, comienzo a irritarme, esto ya no es coincidencia, miro de reojos y al parecer el hombre que está detrás de mí se movió conmigo, ese maldito… camino un par de pasos a la derecha, esperando que el imbécil lea mis movimientos, y como es de esperarse, vuelvo a sentir como esta vez el hombre aprieta mi culo con una de sus manos, es la gota que derramó el vaso, no puedo quedarme callado.    — ¿Puedes dejar de tocarme el culo de una maldita vez? eres tan evidente que siento pena por ti — le reclamo entre dientes, ya me tenía obstinado ese patético pervertido.    El vagón se detiene y el hombre sale a paso apresurado empujando a varias personas a su paso, todos se quedan expectantes observándome y viendo como la puerta se cerraba, la verdad no me importaba que el viejo pervertido tocara mi culo, simplemente como le había dicho, me resultaba muy patético su triste intento de excitación. En eso, una mujer de edad avanzada, que estaba a mi lado se acerca a mí como si fuera a contarme un secreto diciendo:    — Oye, jovencito, a mí también ese hombre me estaba tocando… aunque no me resultada del todo desagradable… — me dijo la vieja, que sin dudas no recibía “mimos” en su casa, yo la observo de soslayo, y sonrío forzadamente.  —¿Y a mí que mierda me importa eso? — pienso ante la confesión de la señora, el vagón se abre nuevamente y llego a mi estación, aparto a unas cuantas personas de mi canino antes que la puerta se cierre, al salir me dirijo corriendo hasta las escaleras mecánicas.   Estaba a 5 cuadras del edificio, faltaban 15 minutos para las siete de la mañana, calcule que si caminaba a paso rápido podía cruzar cada cuadra en 5 minutos y llegar a tiempo, si corría podía recortar esos minutos a la mitad y tener tiempo para recobrar el aire, eso fue lo que hice, corrí hasta el edificio, sorprendiéndome de mis habilidades de maratonista improvisado, al parecer no se veían afectadas por mi consumo de nicotina, llego y aún no han abierto.  —Perfecto — pensé, podía descansar y comer mi sándwich con queso y mantequilla que había preparado en la mañana.  Primero tomo una gran bocanada de aire y me siento en la acera sacando de mi bolso mi desayuno, siento como las gotas de sudor recorren mi cara, y en mi espalda, con mi camiseta seco mi molesta transpiración y me dispongo a comer, pasan varios minutos y un hombre llega para abrir las puertas, al parecer el vigilante, me levanto del suelo y saludo al hombre.  —Buenos días, ¿A qué hora comienza la jornada laborar aquí? — pregunto tranquilamente, el hombre se voltea prestándome atención.  — A partir de las 8:30 de la mañana… ¿trabajas aquí?, si es así, supongo que eres nuevo… —pregunta el hombre abriendo la puerta, ambos entramos, luego se voltea y detiene mi paso.  — Espera un momento, déjame ver tu identificación — ordena el vigilante, tranquilamente busco mi billetera y le entrego mi identificación, el hombre la observa como si la estuviera escaneando con la vista, levanta una ceja observándome y luego vuelve a dirigir la mirada hacia la tarjeta de plástico, seguramente pensando en lo terrible que es mi foto de identificación, ya que salgo como todo un asesino en serie, yo sonrío para suavizar mi rostro de psicópata, el hombre suspira y me entrega mi ID, yo la guardo en mi billetera. — Eres el nuevo asistente del Sr. Bell… ya me habían notificado tu entrada… llega a partir de las nueve de la mañana, si quieres puedes esperar aquí, el Sr. Bell padre, está de viaje, así que trabajarás para su hijo, pero supongo que ya sabes eso — comenta el hombre que era de contextura gruesa, piel bronceada y con un gracioso bigote, sin decir que su uniforme de vigilante le quedaba un poco más apretado de lo normal, yo niego con la cabeza.  — No sabía que solamente iba a trabajar para el hijo del Sr. Bell, en la entrevista su hijo siempre me habló en plural — le expliqué, era del todo cierto. No estaba mintiendo, en la corta entrevista él no me mencionó que solo iba a ser mi jefe, no le presté demasiada atención, ese idiota no me había explicado nada, ni siquiera me dio un horario de llegada, el vigilante al parecer no tenía intenciones de irse, se acercó un poco a mi, así que asumí que quería seguir hablando.  — Buena suerte muchacho… no debería decirte eso… pero eres el asistente numero veinte en lo que va de este mes… al parecer el hijo del señor Bell es…— se detiene cuando llega la recepcionista.  El hombre le abre la puerta y cambia totalmente de expresión, a una más seria, yo maldigo a la mujer por haber aparecido en ese momento, quería saber a qué se refería el vigilante.  — ¡El hijo del viejo Bell es que! — Pienso completamente frustrado. ¿Veinte asistentes en lo que va de este mes?, son muchas personas en poco tiempo…yo no quería entrar en la lista de “despedidos” simplemente no podía, necesitaba el empleo, así que estaba dispuesto a cualquier cosa que ese imbécil me pidiera.     La recepcionista me manda para el piso 40, era el último piso, se trataba de la oficina de Robert Bell mi nuevo jefe, obedientemente subo el ascensor para dirigirme a mi nuevo lugar de trabajo, varias personas están dentro, todas me miran arqueando una ceja, por primera vez era claro que no pasaba desapercibido, asumí que todos miraban mi atuendo que consistía en un jean marrón con una camiseta azul marino talla XL, mi cabello como siempre despeinado no ayudaba demasiado, mis únicos zapatos Converse ya en estado deplorable por tres largos años de uso sin descanso, mi bolso de cuero de lado, y por último pero no menos importante, mi rostro serio con mis imborrables ojeras adornándolo todo el tiempo, sin dudas resaltaba en ese pequeño ascensor, y así, sin ningún aviso previo, un chico se acercó a mi susurrándome:    — Buena suerte — me dijo murmurándome al oído, acto que hizo que todos los vellos de mi cuerpo se erizaran. Luego de ese susurro que sonó como un sentido pésame, lo observé con disgusto, el muchacho era asiático, su cabello n***o liso peinado a un lado con un fleco, el clásico corte de cabello asiático, y su ropa demasiado colorida para mi gusto, me observaba con una sonrisa, revolotee los ojos ¿Por qué todos me deseaban buena suerte? quizás ya era momento para comenzar a asustarme… quizás pero yo jamás me asustaría por un empleo y menos por un ricachón idiota, las puertas se abrieron y el chico asiático salió, al parecer se despidió de mi con su mano, sonriéndome de la misma forma, levanté una ceja con mi rostro serio de siempre, ¿Qué le sucede a este? pensé mientras veía como el ascensor se cerraba nuevamente.   Llegué al famoso piso 40, no tenía puertas, todo el piso consistía en su oficina, era tres veces, o quizás 5 veces más grande que mi departamento su “simple” oficina, el lugar era intimidante a simple vista, al fondo estaba el trono donde se sentaba el rey del lugar, era su escritorio, enorme sin mencionar su silla, tenía inclusive un pequeño bar, con un sin fin de botellas de alcohol, me dirigí hasta esa zona y silbé al ver la calidad de las bebidas, no era para menos, nunca bebería ron de indigente como yo lo hacía, seguí caminando por todo el lugar, a unos cuantos metros de distancia estaba un pequeño escritorio con un computador, asumí que ese debía ser mi sitio de trabajo, las paredes estaban más sencillas que el resto de la empresa, no tenían tantos cuadros o esculturas como ya estaba acostumbrado a ver, simplemente tenía en el fondo una pared blanca con pequeñas fotos en una especie de mosaico, cuando me aleje para ver mejor, las fotos aglomeradas en la pared en la distancia, me sorprendí al descubrir que formaban el estúpido rostro de Robert Bell, no pude evitar fingir que me inducia al vomito cuando hice ese estúpido hallazgo, sin duda alguna ese hombre tenía la autoestima más alta de este mundo, o quizás eso era lo que intentaba hacer creer, me senté en uno de los sofás que estaban en la oficina para esperar a mi jefe, el lugar era enorme, podía fumar un cigarro y no se darían cuenta, saqué de mi bolso un cigarro, y lo encendí.   Cuando iba por mi tercer cigarro, la puerta del ascensor se abre y aparece mi jefe, al verlo rápidamente apagué mi vicio, y escondí el resto en mi bolso, ahuyentado el humo que aun quedaba, rápidamente me levanté de mi asiento y por una extraña razón comencé a peinarme el cabello nerviosamente con una de mis manos, cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, apresuradamente metí mis estúpidas manos en los bolsillos, el idiota caminaba con gracia como si estuviera en una pasarela de modas, me lanza su portafolios, yo lo atajo en forma de reflejo.  — Vaya… que puntual eres, el vigilante me dijo que llegaste hace dos horas — me explica el idiota pasando a un lado de mi siguiendo su paso seguro hasta su escritorio, yo asiento con la cabeza.  — Si… ya que no me notificaron mi horario… asumí que la entrada era a las siete de la mañana — expliqué sin ánimos de echarle la culpa.  Aunque mi tono de voz no lo pudo evitar, el hombre llegó a su escritorio y se sentó con la misma gracia que caminaba hace pocos minutos… su arrogancia me asqueaba. — ¡Oh! cierto, tengo que recordarte que tú no tienes horario de llegada, ni de salida eso significa que si necesito tus servicios a partir de las tres de la madrugada en este lugar tienes que venir sin patalear, pero me alegro que asumieras que tenias que estar dos horas antes, bien por ti… ¿Qué haces ahí parado? ¡tráeme mi desayuno!, pero no sin antes darme mi portafolios…que estas esperando tráelo hasta acá — ordena el idiota con toda la prepotencia de este mundo sobre sus hombros. Yo suspiro un poco y me dirijo hasta él, en el fondo pienso que no le costaba nada llevar su portafolios con él desde el principio, le resto importancia y me dirijo a él para entregarle su estúpido portafolios, cuando estoy a escasos centímetros para entregarle su lujoso accesorio de cuero fino, el demente me toma del brazo en el cual llevo lo que me pedía, haciendo que por poco me golpee con el escritorio, pero gracias a mis reflejos, uso mi brazo libre como apoyo, y no logro caerme encima de él. Trato de contenerme, es por eso que cierro los ojos lentamente y luego los abro diciendo:  — Aquí tiene señor Bell… ¿Ocurre algo? — pregunto para tratar de entender su extraña reacción de sujetarme de esa forma, el hombre sonríe levemente.  — Si… no vuelvas a fumar dentro de mi oficina ¿Quedó claro? — amenaza el hombre de forma tranquila. Esa amenaza claramente agresiva, hizo que me entumeciera un poco por el miedo que sentí, pero como es costumbre no lo demostré, simplemente entrecerré mis ojos nuevamente, y asentí con la cabeza con una pequeña sonrisa en mis labios, el hombre me soltó de forma violenta y yo intenté no prestarle atención… el tipo sin dudas tenía problemas. — Ahora trae mi desayuno, si te tardas más de 10 minutos no te molestes en regresar — amenaza mi jefe nuevamente.  Yo lo observo, intento fruncir el ceño, pero como puedo omito ese acto involuntario que trataba de hacer mi rostro, por la irritación que recorría todo mi cuerpo.  — ¿Qué quiere comer? — Pregunto amablemente, el tipo levanta los hombros.  — Sorpréndeme…— dice tranquilamente.  ¿Qué lo sorprenda? que mierda se yo, que puede gustarle a ese hombre ¿Y si es intolerante a la lactosa? ¿Y si es vegetariano? ¡No podía sorprenderlo sin saber los gustos que tenía al comer!, trago saliva y me arriesgo a preguntar.  — ¿Algún gusto en específico? — pregunto tranquilamente, tratando de ocultar mi preocupación e irritación al mismo tiempo.  Este desquiciado mientras le estoy hablando, ni siquiera me presta atención, ya que toda estaba dirigida a su computador, al parecer leyendo algo importante, porque lucía muy concentrado.  — ¿Qué haces aquí? ahora tienes 8 minutos para traerme mi comida — explica viendo su reloj y luego nuevamente al computador, yo abro los ojos de la impresión y sin importarme nada, corro como un lunático hasta el ascensor, si era cierto lo que decía no podía perder el tiempo.  Lleno de impaciencia, corro hasta el comedor y como si fuera una carrera contra el tiempo (realmente era una carrera contra el tiempo) observo y pienso que puedo darle de comer a ese hombre… el otro día se disponía a comer espagueti con albóndigas, quiere decir que no era vegetariano… le pedí a uno de los cocineros, en este caso el moreno sexy que vi el día de mi entrevista, un emparedado de carne con papas fritas.  — ¡Por favor apresúrate, es para el Sr. Bell! — le explico con la intensión que mueva su sexy trasero. Para mi suerte, él parece entender mi desesperación y acelera su paso, en menos de 2 minutos ya tengo mi emparedado con papas fritas, luce delicioso, le doy las gracias al moreno y corro hasta el ascensor, al llegar a la oficina corro y le entrego el desayuno a mi nuevo jefe. — A-aquí… ti-tiene… señor…— digo entrecortadamente, por la agitación que tuve al correr tanto.  El imbécil como es de esperarse no le importa mi estado y observa la bandeja de comida sin mucho entusiasmo, ruego a todos los dioses de las diferentes religiones que acepte el emparedado, observo cómo ve su reloj.  — Llegaste 30 segundos tarde… te lo pasaré esta vez, la próxima, como te dije ni siquiera te molestes en aparecer — escupe el maldito ¿30 segundos tarde? ¡Eso no es nada!... Muerdo mi labio inferior, para mitigar mi frustración, sigo ahí de pie esperando que el idiota me diga algo para hacer, él se percata de eso y me observa mientras tiene la boca llena de comida.  — ¿Qué estás haciendo ahí de pie como un estúpido? no quiero ver tu rostro sudado mientras desayuno, siéntate en tu lugar, es el escritorio de allá — me dice señalando el escritorio que vi cuando entré por primera vez.  Sin decir una palabra, me dirijo a esa área, maldiciéndolo mentalmente y tomo asiento en mi lugar, prendo el computador y espero a que el animal engreído termine de tragarse su desayuno, entre tanto Robert me observa con una mirada asesina.  — ¿Quieres que me ahogue? ¿¡No me trajiste nada para beber!? — grita el idiota, escupiendo unos restos de pan en el proceso.  Yo rápidamente me levanto y corro hasta el ascensor ¡Mierda! ¡Lo había olvidado por completo! ¿Por qué no me lo dijo antes? Cuando estaba parado observando cómo se devoraba el pan… sin perder el tiempo llego hasta la oficina y le traigo una jarra con jugo de naranja y un vaso, el hombre me observa y luego a la jarra, así que asumo que también tengo que servirle, sin chillar le entrego su vaso y decido ir a mi lugar, ya mi consumo de nicotina me estaba afectando, tanto correr me hacía sentir fatigado.  — ¿A dónde crees que vas? — me pregunta el caprichoso estúpido, yo me volteo diciendo:  — A mi lugar de trabajo — respondo secamente, el hombre arquea una ceja.  — Nunca te dije que fueras a sentarte…tienes que esperar a que yo te lo diga, por cierto, ese jugo de naranja esta horrible, tráeme otra cosa… pero antes ven aquí un momento, apresúrate ¡no tengo toda la mañana! — espeta con aires de superioridad.  ¿Es en serio? Estaba comenzando a sospechar que este tipo no contrataba asistentes, simplemente quería esclavos, yo suspiré, no me quedaba de otra y regresé a el lugar donde estaba, baje mi mirada al suelo, quería lanzarme sobre ese idiota y golpearlo hasta cansarme, golpearlo hasta que mis nudillos sangraran, quitarle esa estúpida y arrogante mirada de su rostro, mientras veía el suelo me imaginaba diferentes formas de tortura, todas exclusivamente para él, escucho el cuero estirarse cuando el hombre se levanta de su silla, sigo con la mirada puesta en el suelo cerrando los ojos de vez en cuando, para tratar de calmar la ira que siento, contando mentalmente, abro los ojos y veo los lustrosos zapatos del imbécil, quiere decir que esta frente a mí, de repente siento como el maldito sujeta mi barbilla y levanta mi cabeza para mirarle, aprieto mis dientes e instintivamente quiero quitarle la mano de encima, pero sé que terminara mal si muevo un músculo, terminara despidiéndome apenas es mi primer día, así que contengo mi deseo de pelea y lo miró sin titubear fijamente. — Otra vez, esa mirada asesina… oh lo olvidaba… no es asesina… simplemente quieres torturarme hasta morir ¿no es así?... nunca bajes la mirada cuando te acerques a mí, ahora tráeme otra bebida, que no sea ese asqueroso jugo de naranja — explica soltándome bruscamente haciendo que retroceda un par de pasos, comienzo a respirar dificultosamente la ira que sentía ya no la podía controlar, pero tenía que calmarme, cierro mis ojos y aprieto mis manos luego suspiro.  — Como guste — mascullo, el idiota arquea una ceja.  — Por cierto, puedes largarte cuando quieras… hay muchas personas optando por este empleo — explica escribiendo algo en su teléfono móvil, yo hago un bufido.  — ¿Por qué me largaría?, apenas comienza el día y veo que todo va muy ligero — explico levantando los hombros, claramente mintiendo.  En ese momento, quería mostrar que ese imbécil no me iba a intimidad por unas cuantas ordenes tipo esclavo, además realmente necesitaba el empleo, el idiota me observa con una mirada maliciosa, que tengo que admitir, me asustó un poco, pero como es costumbre en mi no mostré ni un rastro de inseguridad y le sonreí de la misma forma.  — ¿Muy ligero eh?... muy bien niño… ¡Muévete el día apenas comienza! — ordena el idiota.  Yo salgo corriendo, pero no sin antes regalarle una sonrisa, sin ningún rastro de inocencia, pensaba que quizás lo que este maldito me hacía no era legal… y ya entendía la razón de tantas renuncias, pero yo no iba a renunciar, por caprichos estúpidos de un ricachón con aires de Dios, un Dios que jamás me iba a doblegar.
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