Esa noche amé a esa mujer como jamás, en mis treinta y tres años, había osado amar a alguien. Teníamos todo el tiempo del mundo porque sus hijas se quedaban o dormir en lo de sus abuelos, los padres de Ricardo, y recién volverían casi llegando la noche del día siguiente. Nos recorrimos cada segmento de nuestros cuerpos sin dejar absolutamente nada librado alzar, su boca se abría y se cerraba como si en verdad cada pedazo de carne estuviese sido triturado y tragado con ansia animal, y mis manos la adoraban de la misma forma en que un escultor le da sentido y equilibrio a su obra maestra. Su respiración entrecortada y su gozo superlativo, en la búsqueda desencajada por meterme dentro de su vientre y, desde ahí arrastrarme sensualmente por cada una de las venas de su cuerpo, horadaban segundo

