DETRÁS DE LAS MIRADAS

2658 Palabras
Llamé a la puerta y regresé sobre mis pasos para echarle un ojo al coche que lo había dejado encendido y alejado de mi eje visual. Todo parecía estar bien. La mañana estaba soleada, pero fresca en demasía, y el sol brillaba, allá, trepando el horizonte, anunciando con demasiada claridad que éste iba a ser un día de aquellos. Unas llaves ingresaron en la cerradura, giraron y abrieron la puerta maciza de color tiza. Desde mi posición, casi como un cuidador de coches más que como un vendedor, pude observar a una mujer con esa intención clásica y meneante de estar buscando a alguien y de querer dar con esa persona. Evidentemente, desde su ángulo, no podía dar conmigo sino hasta que me mostré de cuerpo entero y allí recién advirtió que era yo el que había llamado a su puerta. - ¡Buen día!, dije en un tono alto y con mi mano extendida a modo de saludo para que decididamente se percate de quién era. - Buen día, alcancé a oir suavemente mientras un automóvil y su estruendoso motor pasaban por el lugar y taparon, en cierta forma, el saludo de ella. Era hermosa, una mujer fina y elegante, moderna y actualizada, de estatura baja, pero encumbrada en unas sandalias de grueso taco que le daban un posicionamiento medio; su cabello era largo y sedoso y sus ojos eran tan hermosos como esas largas pestañas que le daban un toque de magnificencia a su rostro suave, casi el semblante de una adolescente. Por detrás, un hombre elegante y bien vestido, se asomó curioso (de seguro era su esposo) y ambos quedaron a la espera de mi presentación. Hacía relativamente poco tiempo, yo había comenzado un proyecto personal que despertó por haber quedado afuera de los planes dentro de la empresa en la que había estado trabajando por más de quince años, y desde hacía unos meses, eché a volar mi idea y la puse en marcha, dándome día a día buenos frutos sin llegar a ser el ideal perfecto que yo había diseñado en mi cabeza. Así mismo no me quejaba y tenía la certeza de que lo bueno llegaría tarde o temprano. - Disculpe, señora, si la estoy interrumpiendo, abrí amablemente el contacto intentando ingresar primero yo antes que mi producto. Y continué: - “Hace poco he abierto mi pequeña empresa de productos de panificación y vengo a ofrecerle algunas de las variedades que trabajo” -. - Hola, Susana es mi nombre, me dijo mientras estrechaba su mano delicada y pequeña con la mía. - Hola, Ricardo es el mío, asestó desde atrás el hombre que continuaba con su aspecto de tipo curioso. - Buenos días, ¿cómo están?, les respondí a ambos al tiempo que soltaba la mano de ella. Los dos se acercaron a mi coche y pudieron ver los productos que en él cargaba. Ella parecía ser el eje central de la casa, más por el comportamiento extraño e infantil de su esposo que por el de ella propiamente dicho. Luego de una recorrida detallada y eficaz terminó adquiriendo su elección y pidió agregarse a mi lista de clientes embelesada por la gama de delicias que yo transportaba en mi coche. - ¿Cuándo pasarías de nuevo? Su pregunta me agradó porque formaba parte de uno de mis objetivos, el de ir armando de a poco una rica clientela para que el negocio sea próspero ciertamente. Pero la verdadera pregunta la vi detrás de su mirada, muy al fondo de esos ojos claros que parecían venir llorando desde hacía un tiempo largo ya. Fue un instante, acaso tres segundos, pero fueron suficientes para que esa especie de grito desesperado de auxilio que brotó de su mirar, se colara por los pasadizos de mis venas, me recorriera el cuerpo y se me internara de lleno en las cuencas de mi corazón. Ricardo se separó apenas unos metros luego de arrebatarle el paquete a Susana, y se puso en el arduo trabajo de desatar los nudos para calmar su deseo mórbido de deglutir. Ese instante le sirvió a ella para hacerme en silencio, a través de sus ojos de miel, un resumen claro y preciso de lo que estaba viviendo puertas adentro. - ¿Le parece el próximo jueves?, le sugerí mientras su marido enfilaba decidido hacia la casa. - ¿Vendrías todos los jueves? - Ese es el día que trabajo por esta zona. Si a usted le parece, y sin compromiso alguno, puedo darme una vuelta cada jueves por las dudas precise algo. - Me parece muy bien, me dijo con una sonrisa que sonaba distinta, que sonaba a salida por primera vez en su vida. Ricardo seguramente ya habría hecho desaparecer dentro de su casa la mitad de las cosas que Susana adquirió. Ella me dio un saludo cordial, y con su mirada diciéndome mil cosas a la vez, me despidió con su mano arriba y esperó a que me aleje con mi coche. En este otro mundo, en el de mi hogar, la situación no era muy diferente. El tiempo que pasó, desde mi desempleo hasta volver a asomar la cabeza con mi nuevo proyecto, fue una tirantez constante, una lucha desalmada. La falta de recursos, las imposibilidades de afrontar las deudas y los problemas, las hambres pasadas y las frustraciones por no encontrar rápidamente una salida laboral, abrieron una g****a demasiado gruesa y sangrante entre mi esposa y yo, y si bien a nuestras hijas no les faltaba su plato de comida, esos impedimentos por cubrir los problemas que parecían sepultarnos impiadosamente, fueron claves para que esa brecha hostil propusiera distancias y silencios. Y este nuevo emprendimiento, si bien trajo un bálsamo alentador a las arcas de la familia, extendió aún más la fisura debido a la total falta de comunicación y diálogo, por estar la mayor parte de la jornada promocionando y trabajando arduamente para lograr captar una buena cantidad de clientes. Y en ese andamiaje, la imagen algo borrosa y las palabras grabadas a fuego de Susana, mi flamante cliente, ocupaban más tiempo mi cabeza que la abertura y la distancia con Gabriela. Ese jueves me levanté con buen ánimo porque sabía que volvería a verla. Me causaba curiosidad el lenguaje detrás de sus ojos, en realidad, el mensaje encriptado que dormía detrás de su mirada, y sentía que ella, por algún motivo, me había elegido para depositar en mí esas lágrimas que tenía guardadas en lo más recóndito de su ser. Estacioné mi coche, pero esta vez, lo dejé más a la vista para no tener que andar en esa lucha de alternar conversaciones con vigilancias. Ella parecía estar aguardando a pocos metros, porque ni bien mi dedo se apartó de la campana del timbre, la puerta se abrió y allí estaba ella parada frente a mí. - Hola. Lo dijo con alborozo, lo expresó con un júbilo particular, enfundada en una especie de admiración, lejos de querer disimular su asombro y alguna clase de fascinación. - Buenos días, Susana, ¿cómo está usted? Aprendí, a lo largo de mi vida, que no hay que morder la mano que te da de comer y no mezclar las cosas, menos aún, en cuestiones laborales. Ella salió y despacio fue cerrando la puerta. Estaba preciosa. Su pelo largo y suelto era un sello distintivo, y sus ojazos claros, envueltos en esas pestañas renegridas y arqueadas, volvían a estar ahí, como si siete días antes, hubiesen adivinado que deseaba verlos de nuevo; una fina camisa de seda y una pollera blanca pegada al cuerpo, pintaban a la perfección lo deslumbrante de esta mujer. Olía exquisito y su aroma parecía haber cobrado vida frente al embelesamiento de mis ojos y de mi alma. - ¿Usted?, me dijo dándome a entender que debía extirpar urgente esa palabra de nuestro saludo. Prosiguió: - “Siento que tengo dos vidas más que vos” -. - Perdóneme…digo, perdoname, respondí con un cierto rubor en mi rostro. Continué: - “No lo tomes a mal, no era un ‘usted’ por una cuestión referida a la edad: era por respeto puntualmente” -. - Entiendo…y quedó al aguardo de conocer mi nombre. - Gustavo, mil disculpas. Gustavo es mi nombre, es un placer saludarla nuevamente. - ¿Saludarla? …Emitió una sutil sonrisa y completó: “–Ya te acostumbrarás, supongo” -. Un breve espacio en blanco se formó después de ese saludo que navegó, por algunos minutos, en diferentes aguas. Nuestras miradas volvieron a unirse como hacía una semana atrás, pero esta vez carecieron de mensajes. Sólo necesitaban volver a cruzarse para convencerse de estar una vez más parados frente a frente. Caminamos rumbo a mi coche y nuevamente – con detalle y serenidad – se dedicó a escoger delicadamente lo que iba a comprar. Esta vez Ricardo brilló por su ausencia, sin embargo, algo me decía al oído que en breve aquella puerta se abriría y él aparecería compulsivamente. Finalmente, nada de lo que pergeñó mi cabeza se hizo realidad, y ambos, sin lugar a dudas, nos libramos del motivo por el que Susana, siete días atrás, inundó sus ojos de lágrimas. - Bueno, Susana, le dije parados nuevamente en el ingreso de su casa. – “Si no te parece mal, el jueves que viene me acerco para ver si precisas algo, ¿puede ser?” -. - ¿Te tenés que ir?, respondió más con sus ojos que con su boca. - Debo continuar, sí ¿Sucede algo? ¿Precisás algo más?, dije disfrazando cabalmente cualquier signo que me expusiera ante la pregunta que ella acababa de formularme. - No, está todo más que bien, sólo era curiosidad. Intuía que detrás de esa pregunta había algo más. Y ella, algunos años más que yo, tenía la total certeza que, en mi cabeza, una explosión de dudas y de preguntas había hecho eclosión decididamente. - Bueno, debo continuar entonces, dije. - ¿Te espero entonces el próximo jueves?, arremetió. - Si necesitás que pase otro día, por el motivo que sea, aquí te dejo mi tarjeta. Ahí está mi número. - Perfecto, muchas gracias, me respondió. Estiró su mano, como lo había hecho la primera vez, y nos volvimos a dar un saludo afable y acogedor. Me metí en el coche y antes de arrancar la vi parada en el mismo lugar, mirándome como si deseara que nunca desaparezca de su vida. Un destello de locura, un impulso arrebatador, un instante de insania momentánea y un deseo enloquecido, ciego y desigual, me hizo abrir la puerta del auto sin dejar de mirarla. Ella continuaba ahí. Sus ojos me clamaban y me decían que no podían soportar que los míos se fueran. Me pedía. Me rogaba en silencio. Me deseaba ahí con ella. Caminé decidido, clavado en las palabras de sus ojos incrédulos de volverme a sentir cerca de ellos. Sin darse cuenta, el paquete resbaló decidido de entre sus manos y cayó al suelo, y un beso eterno, pasional, hiriente y lastimoso, nos hizo olvidar por un instante los padecimientos personales.       - ¿Y tu esposo?, le pregunté ingresando de nuevo en la realidad de nuestras vidas. - Tranquilo, está de viaje y viene cerca de las seis de la tarde. La búsqueda suave de un beso por parte de ella llevó a una respuesta aún más suave por parte mía, y ésta, a hacerle poner su boca entera como un fuego eterno, transformando la mía en un infierno de proporciones, y una vez más, su cuerpo húmedo se deslizó por el mío, mientras sus pechos se batían candentes a centímetros de mi boca, que deseaba tragarlos íntegros. Esos ojos de miel, surcados por esas pestañas negras como la noche, sólo se perdían en el placer de mi mirada incrédula, mientras que, con sus movimientos demoníacos, intentaba atravesarse la espalda y acabar en el paraíso mismo del cielo. Lo logró, y un quejido impiadoso selló su satisfacción, con sus manos tocando el infinito y sus labios húmedos de locura. Luego me abrazó como sólo se abraza a quien realmente se ama, con ternura y necesidad aunadas, y sus caricias parecían decirme que no me vaya más de su lado, que me quede ahí, desnudo junto a su desnudez, amándonos sin amarnos de veras, y disfrutando, al menos por una vez, de los verdaderos placeres de la vida. Miré el reloj que descansaba sobre la mesita de luz y sabía que debía regresar a mi hogar. Fue un momento de éxtasis único y divino que nos hizo perder la noción del tiempo, que nos llevó a cometer una demencia semejante expuestos a un regreso accidental de Ricardo, que nos reconcilió con nuestras frustraciones y que abrió una pequeña ventana de escape a nuestros tiempos difíciles. - No quiero que te vayas, no quiero que me dejes, me decía mientras terminaba de vestirme. Continuó: - “Jamás en la vida alguien me amó de esta manera, porque fue así, fue como habernos desparramado ese amor que tenemos durmiendo en el fondo de nuestro estómago, porque lo veo, porque te veo, porque olí tus vacíos tal como vos aspiraste los míos hace siete días” -. - Debo irme, Susana. - Lo sé, y mientras lo decía sus manos se escurrían tan débilmente como me tomaron al inicio de este sueño concreto y tangible. Ella tuvo esa actitud serena y consciente de cortar las cadenas que me estaban atando a su pasión. Se retiró levemente hacia atrás y me cedió el pasó para que yo haga con mi vida lo que quisiera. No lo hizo caprichosamente: lo hizo con hidalguía de mujer bienhechora, cabalmente y con la grandeza de una dama de su estirpe. Me costaba mover las piernas, apartar mis zapatos del mosaico que parecía contar con un imán bajo se cemento. Deseaba tenerla de nuevo y volver a mojar mi cuerpo con su humedad descollante, y sentir su aliento fresco y su boca hirviente digiriendo mi carne, y ver una vez más el frágil vaivén de sus pechos rosados buscando decididamente el hambre de mi boca, y escuchar una vez más, ese gozo con forma de lamento maléfico, brotando desde su garganta lastimada por el deleite. De la mano, me llevó como si en el camino hacia la salida, fuera a perderme, sin dejar de observarme, como si en mí un ser fantasioso y épico, viviera fértil, como si yo fuera su Dios pagano del amor. - ¿Te veré de nuevo, o debo olvidarme de vos?, me dijo con su voz navegando en un mar de lágrimas a punto de estallar. - ¿Dejaron de gustarte mis artesanías? …Ella esbozó una sonrisa y no tuvo más opción que bajar su mirada y refugiarse en su rostro que se había puesto rojizo. Levantó sus ojos de miel, castigados por un torrente seguro, y me pidió que me quedara para siempre junto a ella, pero de inmediato se desdijo en silencio y me ofreció decididamente la oportunidad de retirarme, bajo un halo de vergüenza evidente. - Deberíamos hablar, ¿no te parece? Salvo que seas vos realmente la que desee llegar hasta acá y no te animes a enfrentarlo. - ¡No, no!, me dijo asiéndose de mi ropa casi al borde de la desesperación. –“Cuando te pregunté si nos veríamos de nuevo, te lo pregunté desde el fondo de mi corazón. No sé, no entiendo que nos ha sucedido o, al menos, que me ha sucedido a mí. Ese primer jueves la obviedad de tu corazón y de tu mirada, y esa magia que sale de tus poros, me dejaron pensativa y me llevaron a pedirte toda la semana, y me hicieron desesperar por la llegada de este día, y me asomaba a la vereda con cualquier pretexto pensando que accidentalmente podía verte o cruzarte. Y así deambulé estos siete días, sólo al aguardo de tu llegada.    
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