Capítulo 5.

1681 Palabras
Rachel. En este preciso momento me daba cuenta que no era parte de este mundo, ellos hablaban de como negociar el tráfico de drogas y armas a todos los países violando la inteligencia nacional de cada uno de ellos. Se reían de la nefasta que podía ser la policía buscando incriminarlos, ellos se creían los amos y señores en el mundo criminal, haciendo que dentro mío sienta demasiada importancia por la impunidad en la que hablaban. Sin dudas era un sapo de otro pozo, me sentía incómoda y dolida porque pensaba en mi papá, en sus años dentro de la policía, en mi hermano Jared cuando se pasa meses infiltrados para desbaratar bandas o en el trabajo de Jessica y toda el escuadrón, no voy a negar que tenemos compañeros corruptos, pero estando del lado donde queremos cumplir con la ley, seguir escuchándolos hablar solo aumentaba mi descontento con todos ellos. Se que buscaban a sus aliados para cuidarme, pero no podía ocultar lo mal que me sentía mientras ellos reían. — Disculpen — digo al levantarme de la mesa. — ¿Amore? — me detiene Daniel tomando mi muñeca. — Iré a descansar, todavía no me acostumbro a la diferencia de horario — miento sonríendo. — ¿Estás segura? — pregunta frunciendo el ceño. — Si — vuelvo a mentir. Daniel suelta su agarre, como no tenía idea del conocimiento de la casa, comencé a caminar sin rumbo hasta que logré salir al inmenso jardín, sobre todo el gran rosedal de rosas blancas y rojas, fue lo que más me llamó la atención. Me acerqué ahí mirando todo, pero a la vez nada, me sentía una inútil porque mi vida no era esto, un día normal estaba metida en el laboratorio recuperando alguna muestra, peritando huellas dactilares o solo realizando algún informe. — ¿Son hermosas, no? — la voz de Francesco me sobresalta. — Las cuidan bien — comento. De los tres hermanos de Daniel, sentía que al que no le caí bien era justo a él, Francesco no le gustaba que esté ahí y sobre todo el tema que pertenezca a la policía. — Mi papá le gustaba cuidar las rosas, nuestra abuela era fanática de esa flor y dice que recordaba como ella se pasaba los fines de semana en el jardín cuidandolas, por eso él hizo este lugar en honor a ella — me cuenta. — Es una linda forma de recordarla — acota incómoda. — También es una forma de recordarlo a él — dice y puedo notar cierta tristeza en su voz. — ¿Él murió? — consulto. — Sí — los ojos de Francesco me observan. — Hace un poco más de tres años, Vincent Finochiarro le dió un disparo certero en el corazón — agrega haciendo que un jadeo salgo de mis labios al escuchar ese nombre. — Lo siento — murmuro. — ¿Por qué? ¿Por lo muerte de mi papá? ¿O por qué el papá de tu hermana lo mató? — hablar sin apartar su mirada de mis ojos. — Por todo — afirmo apenada. — No tienes la culpa de nada, sino que eres una víctima en todo esto — asegura haciendo que frunza el ceño. — ¿Víctima? — — Francesco — la hermana de la mujer de pelo rosa sale al jardín con una sonrisa tímida se acerca a dónde estábamos. — Lamento interrumpirlos — agrega. — Solo hablamos — le contesta con indiferencia. — además prefiero mil veces estar acá que escuchar la voz irritante de tu hermana — sentencia chasquendo la lengua. — Josefina es intensa — reconoce la chica. — ¿Ustedes salen? — pregunto. — ¡No! — exclaman al unisono. — Conozco a Pía desde que tenía siete años — acota Francesco. — Él tenía diecisiete — recuerda ella mirándolo de una forma tan hermosa, pero mi cuñado no se da cuenta. — ahora el señor consigliere de Camorra está por próximo a cumplir treinta y dos años — agrega con diversión. — Y la segnorina aquí presente es la consigliere más jóven de Sacra Corona Unita, a sus veintidós años digamos que es la cabeza detrás de la hueca de su hermana — comenta Francesco. — No seas malo — se ríe ella. — La Sacra Corona Unita, es lo que es gracias a Pía — le reconoce sonriendo a la susodicha que sus mejillas se ponen coloradas ante las palabras de él. — Mentiroso, como todo Salvatore — se burla. — Rachel te envidio — declara tomándome por sorpresa. — ¿Por qué? — — Yo en tu lugar no sabría si quedarme con el esposo o los cuñados — bromea haciendo que por primera vez en mi mañana me ría. — Tonta — la codea Francesco riendo. Lo veía más relajado con ella que en todas horas que lo estaba conociendo. — ¿Todo bien? — la voz de Daniel me hace observarlo, tenía su ceño fruncido mientras se acercaba a nosotros y me atrae a sus brazos de forma posesiva. — Celoso, típico de Salvatore — acota Pía rodando sus ojos. — Pía y Josefina son nuestras primas — dice Daniel tomándome por sorpresa. — Corrección soy prima de Giovanni y Brandon, no tuya y muchos menos de Francesco — se defiende. — ¿Cómo es eso? — pregunto confundida. — Somos hermanos por parte de padre, Giovanni y Brandon, son hijos de la misma madre mientras que Francesco y yo lo somos de dos madres diferentes — me cuenta aclarando mi dudas. — Mi papá era hermano de la mamá de Vanni y Bran — comenta la chica tratando que entienda los parentescos. Vaya lío entre todos. — ¡Pía! — la llama su hermana que salía del brazos de los hermanos de Daniel. — Estamos en contacto — le dice Daniel. — Con Francesco más que todo — responde mi esposo. — Un gusto conocer a la dama de Camorra — agrega antes de despedirse de mí. Las dos mujeres acompañadas de los dos hermanos más chicos de mi esposo las acompañan a su helicóptero. ¡Vaya manera de moverse! — Cancela cualquier reunión que tengamos, si puedes solo hazlo — le habla a su hermano. — ¿Por qué? — inquiere. — Tengo un contrato que firmar con mi esposa — sentencia para luego cargarme sobre su hombre mientras un chillido de sorpresa me sale de mis labios por su acción. — ¡Daniel! — me quejo avergonzada. — Debemos cerrar nuestros negocios, amore — dice dándome una palmada en mi trasero que me hace reír. Tenerlo cerca generaba una especie de calor en mi cuerpo. Soy muy conciente del trato que quiere que cerremos, mi sensatez en ese momento no estaba, más sí en mi cabeza aparecía las imágenes cuando ambos nos estábamos masturbando en su vestidor. Imaginar lo que ese pene haría en mi interior aumenta la humedad que ya se está generando en mi entrepierna. Subiendo por las escaleras a gran velocidad, entramos a nuestra habitación, lo escuché poner el pestillo en la puerta, y luego tirarme en la cama. — Bruto — bromeo cuando lo tengo encima mío. — Este bruto, no imaginas lo que te desea — murmura sobre mis labios. Junto nuestros labios, jadeo al sentir lo posesivadad no solo en sus labios sino que en la forma que se aferra de mi cuerpo. Su boca empieza a bajar por mi mandíbula o el cuello, su manos se meten entre mi ropa, sentía una sensación de fuego en cada caricia que hacía. Mis manos no se quedan atrás, buscan tocar su piel, quito su camisa, abro mis ojos para contemplar al hombre, en si desconocido, el cual es mi esposo, que no tarda en quitar mi blusa y el brasier, mis pechos quedan expuestos a él que no demora en bajar su boca para que sus labios se cierren sobre mi pezón ganando un gemido de mi parte, succiona y tira de el. — Daniel — jadeo, mis manos están en su cabello. Su boca se mueve a mi otro pezón y repite la acción. Sus manos aprietan mis pechos, su boca, lengua y dientes torturan mis pezones, este hombre solo de esta forma sacaba jadeos continuos dónde exigía más y más. — Hace tres años que deseaba repetir esto — gruñe mientras se deshace de mis pantalones y bragas, dejándome completamente desnuda ante sus ojos. Tiro de su camisa para que mi boca se una a la suya, se la quito y con desesperación mis manos bajan para desprender el botón de su pantalón, él me ayuda a quitárselo por completo acompañado de su boxer. — Te necesito, Daniel — suplico. Gruñe. — ¿Qué necesitas, amore?— pregunta pasando su pulgar sobre mi labio inferior y aprovecho para chuparlo haciendolo gruñir nuevamente. — Cerremos nuestro trato, esposo — jadeo cuando dos de sus dedos están estimulando mi clítoris. — Este trato es uno de los mejores — declara mientras enfunda su exquisito pene con un condón. — ¿De quién eres, Rachel? — pregunta pasando la punta de pene sobre mis labios vaginales haciéndome estremecer. — Daniel — gimo. — ¿De quién eres, amore? — repite sintiendo como la cabeza de su pene entre en mí. — Tuya — contesto. Sale de mi interior y vuelve a ingresar de una sola estocada ganando un grito de dolor y placer al tenerlo dentro mío. — Mía, solo mía, Rachel — asegura para empezar a moverse, sus manos se aferran a mi cadera y comienza a entrar, salir, una y otra vez solo provocando gruñidos, jadeos, alguna que otra maldición dejando que nuestro deseo nos consuma en esta cama. Podría comparar el sexo con otros hombres, pero Daniel superaba a todos ellos. Esa forma suya, tan bruto y duro solo lograba que cada vez mi excitación sea más grandes. Lo único bueno de todo el caos detrás nuestro era esto, el sexo y si que íbamos a repetir, porque cada parte de cuerpo anhelaba sentirlo nuevamente.
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