7.

1017 Palabras
7. Con la plata que me ha facilitado Mely hice arreglar a mi Dulcinea. ¡Ha quedado como nueva! De hecho pude haber comprado una moto nueva pero no puedo, ¡es como traicionarla! Además el dinero que ha quedado se lo pienso dar a mi viejita en este mismo instante. Ella está fregando los platos. Se enseño. —¿Y esto hijo? —dice, mientras se seca las manos. Se ve que la he tomado por sorpresa. —Es para lo que haga falta… — le digo sintiendo que le doy un poco de alegría. Aunque no sea fruto de mi esfuerzo le ayudará. —Gracias hijo… Mi viejita sonríe de satisfacción, pero no sé si es por la cantidad o por el gesto que he tenido al dárselo o porque le hacía falta. Se lo guarda en el mandil y continúa lavando los cubiertos. Tomo el secador y comienzo a secar los platos. —¡Tu padre estaba diciendo en el almuerzo que seguramente te habías hecho despedir por llegar tarde, como no has salido a trabajar… Como me quedé en la casa se ha dado cuenta, era de esperar. —Dile que se equivoca nomás… —le digo. En realidad mi viejo no se equivocaba con eso pero no porque yo haya fallado. —No te preocupes hijo. Le mostraré el dinero que me has dado y le cerraremos la boca… —dijo mi viejita— ¿Qué sucede hijo? ¿Hoy no trabajas? —Hoy no, pero quiero que descanses… —le digo tratando de que no note que no es verdad—. Yo me haré cargo de la Panadería… —¡Ese es mi hijo! Solo no olvides ser paciente con mis clientes de años… —¿Se quejaron de mí? —No es eso hijo, pero trata de ser lo más paciente que puedas… —Está bien, viejita. Ahora prepárate un te y descansa… —¡Hay diosito! ¡Mira al buen hijo que me has dado! —suelta hacia el techo a modo de agradecimiento. —Solo sigo tu buen ejemplo, viejita… Cuando el reloj marca las siete de la noche, Mely entra hecha un toro bravo. —Bienvenida a la Panadería… —le dije saludándola como en las películas de Hollywood. Mely se sienta en la primera mesa que encuentra y que está con residuos del anterior cliente que se sentó ahí. —¡La rubia desabrida se ha salido con la suya! —suelta con indignación, y casi a los gritos—. No. Es lo que cree. “Ella” cree pero “no sabe” lo que le va a pasar hoy, ¡no lo sabe! —¿Qué le va a pasar? —pregunto medio ingenuo y un poco temeroso. Mientras voy por el trapo para limpiar la mesa. —Que hoy empieza mi venganza, Anton, ¡que hoy empieza mi venganza! —se frota las manos como simulando estar en una película de mafias. —En otras palabras dices que ¿hoy tengo que hacer lo que quedamos que iba a hacer? —le pregunto mientras me pongo a limpiar la mesa. —Sí. Es hoy, Anton —me toma de las manos y mientras mantiene sus vista en mí va apretándome con furia—. Ya sabes. A las tres de la madrugada saldrá del Exentrichus pubs. A las tres y media estará aquí y como seguramente. En realidad estoy más que segura que estará ebria y cuando está así se le da mal estacionar…Anton…. Cuento contigo. Tienes que estar diez minutos antes y hacer lo que te dije. Parece que se lo estuvo planeando toda la noche. —Hacer que me atropelle… —digo de forma lúgubre—. Suena sencillo… Mely me suelta las manos de una como si la estuviera traicionado. —¿No quieres el dinero? ¿No estabas lloriqueando por las deudas de tus padres? ¿Quieres que el banco se apropie de todo esto? Me cuestiona con desconfianza. —Sí, sí, lo haré. Nunca dije que no lo haría… —le digo yo, como un nene al que le han regañado—, pero que quede claro que no estaba lloriqueando eh. —Entonces que no parezca que te acobardas pues… —rezonga algo ofendida— .Si te mariconeas mi plan se arruina Anton, y nos quedamos los dos en la calle… Claro que no estoy para mariconearme. Esa mañana ya el banco había mandado un aviso de impago. Mis viejos estaban a punto de una crisis nerviosa. Y si el plan de Mely funciona será la salvación para ellos. —Mely. Haré lo que haga falta… lo sabes —le digo para calmarla antes de que hiperventile. Mely cierra los ojos y respira hondo. —Bien, así se habla Anton… —saca un papel de la cartera y me lo pasa—. Es la dirección. Miro el papel bien perfumado. —¿Sabes que podías enviármelo por chat, cierto? Mely cambia de cara. —Sí pero no conoces a mi jefe… Es paranoico y desconfía de todos. Antes de contratarme me hizo firmar un documento para que jamás mencione, ni suba fotos en grupos de r************* , en chats privados o públicos a su familia. ¡Está más chiflado que la rubia desabrida de su hija…! —Vaya familia de locos… —comento yo. —Pero están forrados de dinero… Y es muy injusto, Anton... Lo que Mely planteaba es sencillo: Cuando la rubia desabrida como le llama Mely, esté intentando estacionarse yo tenía que aparecer de la nada y ¡sas! hacerme al herido. Hacer ruido, escándalo… Tenía que mencionar que la reconocía. Pero en realidad ni siquiera sé quién diablos es. Según Mely basta eso para que la rubia desabrida abrirá la billetera. Muy sencillo la verdad… ¿Qué puede salir mal? Aparte de llevarme algunos golpes, no pierdo nada con intentarlo.
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