Elena sintió un vacío en el estómago. “Ahora trabajas para mí.” La frase seguía rebotando en su cabeza como un eco maldito.
Luca dormía a pocos metros, ajeno a la pesadilla que se desplegaba ante ella. No podía dejar que se despertara, no podía permitir que viera a Dante DeLuca en su habitación, como si su destino ya estuviera sellado.
—¿Por qué yo? —preguntó en un susurro, sintiendo que su voz le temblaba.
Dante se apoyó en el respaldo de la silla, cruzando una pierna sobre la otra con calma absoluta. Parecía tener todo bajo control, como si ya supiera que ella no tenía opción.
—Porque me gusta la gente que sobrevive —respondió—. Y tú… has demostrado que sabes cómo hacerlo.
Elena apretó los puños.
—No soy parte de tu mundo.
—Lo eres desde el momento en que viste lo que no debías.
Su mirada la atrapó, oscura e impenetrable. Dante no parecía un hombre que aceptara un “no” como respuesta.
—Si te dejo ir —continuó—, tendré que matarte. Tú y yo sabemos que no puedo permitirme testigos.
Elena tragó saliva, sintiendo el peso de sus palabras.
—Pero no lo has hecho —susurró—. ¿Por qué?
Dante esbozó una sonrisa, pero no era amable.
—Porque me intrigas. Porque quiero ver qué harás cuando el infierno toque tu puerta.
Elena sintió el aire volverse denso. No importaba qué dijera, qué hiciera. Dante DeLuca ya había decidido su destino.
Pero ella no se rendiría tan fácilmente.
—¿Y si me niego?
Dante se levantó con la elegancia de un depredador. Caminó hacia ella con calma, y Elena tuvo que obligarse a no dar un paso atrás.
—Tu hermano es un niño listo —dijo, sin apartar los ojos de los suyos—. Parece que lo quieres mucho.
Elena sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda.
—No te atrevas.
Dante sonrió, pero había peligro en su expresión.
—No me hagas atreverme, Elena.
Ella apretó la mandíbula, sintiendo que su mundo se reducía a una elección imposible. Si decía que no, estaba muerta. Y si decía que sí… ya no volvería a ser libre.
Luca se movió en el colchón, murmurando algo en sueños.
Elena bajó la mirada. Su hermano era lo único que tenía, lo único que realmente importaba.
Respiró hondo y alzó la vista, encontrándose con Dante.
—¿Qué quieres que haga?
Su sonrisa se ensanchó.
—Buena chica.
Elena sintió que acababa de poner un pie en pie en un abismo del que nunca podría salir .
Elena pasó la noche en vela. A pesar del agotamiento, su mente no dejaba de dar vueltas, analizando cada posible salida, cada rincón oscuro de la trampa en la que había caído.
Dante DeLuca no era un hombre que diera oportunidades por amabilidad. Si la mantenía con vida, era porque tenía planes para ella, y eso la aterraba más que la muerte.
Cuando el sol comenzó a filtrarse por la ventana, Luca se removió en la cama. Su cabello desordenado y su respiración tranquila la hicieron sentir un nudo en el pecho. No podía dejar que su hermano viera la sombra de terror que se cernía sobre ellos.
Se obligó a sonreír cuando él abrió los ojos.
—Buenos días, dormilón.
Luca se estiró, bostezando.
—Tuve un sueño raro. —Se frotó los ojos—. Soñé que alguien hablaba en la habitación.
Elena sintió que la sangre se le helaba.
—Fue la televisión —mintió con calma—. Me quedé viendo algo y me quedé dormida.
Luca asintió, ajeno a la mentira, y se levantó de la cama con la despreocupación de un niño que no tenía idea del peligro que los rodeaba.
Elena lo observó, sintiendo un peso en el pecho. Tenía que hacer esto bien.
Tenía que asegurarse de que él nunca sospechara.
Esa tarde, cuando Luca estuvo en la escuela, Elena salió del apartamento con el corazón golpeándole las costillas.
El auto n***o la esperaba en la esquina, como Dante había dicho.
Cuando abrió la puerta y entró, la silueta de Dante se perfiló con elegancia contra la luz del día.
—Puntual —comentó él, con una sonrisa ligera—. Me gusta eso.
Elena no respondió.
Dante inclinó la cabeza, observándola.
—¿Lista para tu primer encargo?
Elena tragó saliva. No estaba lista. No lo estaría nunca. Pero no tenía elección.
—¿Qué tengo que hacer?
Dante sonrió, como si hubiera esperado esa respuesta exacta.
—Bienvenida a mi mundo, Elena.