3.Jaula de oro

849 Palabras
El silencio dentro del auto era sofocante. Dante no tenía prisa, disfrutaba alargando el momento, como si quisiera que Elena sintiera cada segundo del peso de su decisión. —Hoy será fácil —dijo finalmente, girándose hacia ella—. Solo necesito que entregues un paquete. Elena arqueó una ceja, tensa. —¿Qué clase de paquete? Dante sonrió. —No preguntes cosas que no quieres saber. Le entregó una pequeña caja negra envuelta en una cinta dorada. Parecía un regalo de lujo, pero Elena sabía que lo que llevaba dentro no tenía nada de inocente. —¿A quién se lo tengo que dar? Dante deslizó un papel hacia ella. Un nombre y una dirección estaban escritos con precisión. —Se llama Renzo Morelli. Dile que es un obsequio de mi parte. Elena sintió una punzada de inquietud. Había oído ese nombre antes. Un hombre peligroso, como todos los que orbitaban alrededor de Dante. —¿Y si se niega a recibirlo? Dante la observó, como si analizara su resistencia. —No lo hará. Pero si pasa… dile que recuerde lo que pasó la última vez que rechazó algo mío. Elena no quería saber qué significaba eso. El edificio donde vivía Renzo Morelli estaba en el centro de la ciudad, una torre lujosa con seguridad en la entrada. Elena sintió su pulso acelerarse mientras se acercaba al guardia. —Tengo una entrega para el señor Morelli —dijo con voz firme, intentando ocultar el temblor en sus manos. El hombre la miró de arriba abajo antes de hacer una llamada. —Piso veinte. Apartamento 2005. Elena entró al ascensor con el corazón en la garganta. Cuando la puerta se abrió, caminó con cautela por el pasillo y tocó la puerta del apartamento. Pasaron varios segundos antes de que esta se abriera, revelando a un hombre alto, de cabello oscuro y mirada afilada. —¿Tú eres la mensajera de DeLuca? Elena asintió y extendió la caja. Renzo Morelli la tomó con una sonrisa ladeada. —Qué interesante… Elena quiso irse, pero él la detuvo con una mirada intensa. —Dile a Dante que su mensaje ha sido recibido. Asintió y salió de ahí lo más rápido que pudo, sintiendo que había escapado de algo que no terminaba de entender. Cuando volvió al auto, Dante la esperaba con una expresión indescifrable. —¿Y bien? —Dijo que el mensaje fue recibido —respondió ella, sin mirarlo. Dante sonrió, satisfecho. —Ves, Elena. No fue tan difícil. Pero ella sabía que esto era solo el comienzo. 000 Elena sabía que estaba caminando sobre hielo delgado. Desde que entregó el paquete a Renzo Morelli, Dante parecía más relajado con ella, como si su obediencia lo complaciera. Pero ella no tenía intención de seguir sus reglas por mucho más tiempo. No iba a ser su prisionera. Esa misma noche, mientras Luca dormía, tomó su teléfono y buscó vuelos. Cualquier destino era mejor que este infierno. Se aferró a la idea de que aún tenía una oportunidad de escapar. No podía arriesgarse a que Dante la vigilara, así que decidió actuar rápido. Recogió lo esencial: documentos, dinero que había estado ahorrando y la mochila de Luca con algunas mudas de ropa. Despertar a su hermano fue la parte más difícil. —Luca, escúchame —susurró, sacudiéndolo suavemente—. Tenemos que irnos. Él abrió los ojos, somnoliento. —¿A dónde? —De viaje. Será divertido, pero tenemos que irnos ahora. Aún medio dormido, Luca asintió. Salieron del departamento en silencio, sus sombras alargándose bajo la tenue luz del pasillo. El plan era simple: tomar un taxi, llegar a la estación de tren y desaparecer. Pero nada con Dante DeLuca era tan fácil. Cuando llegaron a la puerta del edificio, el auto n***o seguía ahí. Y dentro de él, alguien los esperaba. Un hombre de traje n***o, con un auricular en la oreja, salió del vehículo. —Señorita Elena, debería regresar al apartamento. Elena sintió un escalofrío de terror. No. No, no, no. Tomó la mano de Luca y corrió. No llegó lejos. El guardia la atrapó antes de que pudiera alcanzar la calle. —¡Déjenos ir! —gritó, luchando. Luca empezó a llorar, aterrado. —No hagas esto más difícil —dijo el hombre, sin perder la calma. El rugido de un motor la hizo congelarse. Otro auto se detuvo frente a ellos. La puerta trasera se abrió y Dante salió con una expresión de puro acero. Elena sintió su cuerpo entumecerse. —Entra al auto —ordenó él, con voz baja y peligrosa. —No voy a… Dante chasqueó los dedos. —Llévala. El guardia la sujetó con más fuerza y la empujó hacia el auto. —¡Luca! —Tu hermano está bien —dijo Dante, mirándola con furia contenida—. Pero tú… tú cometiste un error muy grande, Elena. Las puertas se cerraron y el auto arrancó. Elena sabía que estaba perdida. Sabía que Dante no la iba a perdonar. Y lo peor de todo… no tenía idea de lo que le esperaba en su mansión.
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