—Rhina, por favor, termina tus tortitas—. Suplicó Javier agachándose ante mi silla, pero crucé los brazos delante de mí, esta vez no me rajaría. Javier me había sobrealimentado desde que empecé a vivir con él, era como si intentara hacerme explotar. Me había despertado después de una larga siesta, que creía merecida tras un examen de contabilidad y un largo turno en la cafetería, con el dulce olor del chocolate a la deriva. Siguiéndolo en mi estado comatoso, vi a Javier en la cocina, vestido inmaculadamente con una camisa de vestir negra entallada y metida dentro de unos pantalones negros de vestir, repartiendo en dos platos tortitas con trocitos de chocolate tres veces más grandes que mi cara. Tortitas a medianoche, el sueño de toda una vida hecho realidad. Se dio la vuelta y me saludó s

