NIKOLAY
24 AÑOS
El mundo es experto en darte lecciones cuando menos las esperas. Nunca pensé que una de ellas sería sentirme cautivado por una niña de doce años. Y no quiero que se malentiendan las cosas: no la veo de una manera inadecuada. Es más bien... algo distinto, algo más puro. La veo como una criatura que ha cargado con años de sufrimiento, una que ahora está sola en este mundo. Me recuerda a la hermana que perdí, la que no pude salvar. Es como verla a través de una ventana rota, una criatura hermosa, sí, pero marcada, herida de formas que nadie debería experimentar. Y lo único que quiero es darle una oportunidad de tener una vida mejor.
Hace mucho tiempo, quizás desde la muerte repentina de mi hermana, apagué toda emoción que pudiera hacerme sentir débil. Aprendí a las malas que cuando permites que alguien se convierta en el centro de tu mundo, también te conviertes en vulnerable. Les das a tus enemigos una herramienta para destruirte, tal como pasó con mi padre, con mi hermano, y conmigo. Me detesto por no haber podido protegerla. Era mi deber. Y fallé.
Llevo a la niña en mis brazos, su cuerpo ligero y pequeño parece insignificante, pero sé lo que es capaz de hacer. Necesita atención médica, pero antes, debo decidir qué hacer con ella. Si derribó a uno de mis mejores escuadrones, es porque tiene habilidades que desafían la lógica. Me cuesta creer que alguien tan menudo, tan bajo, pudiera acabar con hombres que son casi más masa que personas.
—Teniente —me llama uno de mis hombres.
No lo miro. Mis ojos permanecen fijos en la fierecilla que llevo en brazos. Algo en mí teme que, si aparto la vista, ella pueda desaparecer, como un sueño demasiado vívido.
—¿Quiere que le ayude? Se ve bastante cansado —dice con cautela.
Sacudo la cabeza lentamente. No puedo dejar que nadie más se le acerque. Ha matado a varios de los nuestros, y sé lo rencorosos que pueden ser los hombres. No me arriesgaré a que alguno de ellos decida tomar venganza en sus propias manos.
—Yo me encargo de ella —respondo, firme.
Hace solo unos minutos llegamos del Cairo. La misión salió según lo previsto, salvo por este imprevisto, mi fierecilla. Un cambio en los planes.
—Los quiero a todos reunidos en la sala de juntas en media hora —añado, sin darle más vueltas.
—Como ordene, teniente —el soldado se retira, sin contradecirme. Saben cómo soy. No tolero la insubordinación.
Camino por el pasillo, con ella aún en mis brazos. No sé qué me pasa, pero no puedo apartar los ojos de su rostro. Es... asombrosa. Su cabello, n***o como el azabache, se adhiere a su frente, una cascada de brea. Sus facciones son tan delicadas, casi frágiles, como una muñeca que parece hecha para ser cuidada, pero no tocada. Toda su belleza es casi irreal, alucinante. Y esos ojos... malditos ojos. Nunca había visto algo igual. Violeta. Como dos gemas preciosas, penetrantes, imposibles de ignorar.
—Hermano —la voz de Mikhail me detiene en seco.
Es mi hermano menor, cinco años más joven. Un sargento de las fuerzas especiales, marcado por la milicia desde que tenemos uso de razón. Nuestro padre, el ministro del M-15, nos crió para la guerra, para obedecer sin preguntar.
—¿Dónde está padre? —pregunto, tratando de controlar mi impaciencia. Necesito hablar con él antes de que tome una decisión precipitada.
Mi padre ha sido ministro del M-15 durante décadas. Cada vez que intenta retirarse, el consejo lo detiene, como si no pudieran dejar que alguien más ocupe ese puesto. Ha pasado años preparándome para esa maldita silla, para convertirme en lo que él quiere. Los Smirnov emigraron de Rusia hace generaciones, cuando el padre de mi abuelo decidió que quería ser militar. Llegó a Londres y, desde entonces, el apellido ha ocupado el puesto de ministro, rompiendo la tradición británica. Los primeros rusos en hacerse con ese cargo.
Mikhail ignora mi pregunta y, en cambio, se acerca, sus ojos fijos en la pequeña figura que llevo en brazos.
—¿Qué es esa cosita tan hermosa que traes contigo? —pregunta, como si estuviera contemplando una joya.
Lleva razón, pero no quiero que la vea, no quiero que la toque. La acerco más a mi pecho, protegiéndola de su mirada curiosa y perturbadora.
—Apártate —le ordeno con frialdad—. No tengo tiempo. Necesito llevarla a la enfermería.
Mikhail se detiene, pero no retrocede. Conozco esa mirada. Desde que éramos niños, su curiosidad siempre ha bordeado lo insano. Era solo un niño cuando nuestra hermana fue asesinada, tenía siete años. Estaban jugando al escondido cuando aquellos hombres irrumpieron en nuestra casa y masacraron a nuestra hermanita. Él lo vio todo, escondido en silencio. Nadie sabía que estaba allí, ni siquiera yo. No salió hasta que llegué. Desde esa noche, algo en él cambió para siempre.
Se convirtió en otra persona: más oscura, más inestable. Lo apodan "la bestia" por lo sádico que puede ser en las misiones, por la forma en que disfruta la violencia, como si cada golpe lo hiciera perder un poco más de su humanidad. He intentado convencer a nuestro padre de que lo saque del ejército. Este ambiente lo está destruyendo, lo está moldeando en algo que no puede controlar. Pero, como siempre, mi padre no escucha. Él nunca escucha.
—Pozvol' mne uvidet' eto —me dice en ruso, su voz cargada de curiosidad enfermiza.
Mikhail sonríe, un gesto que siempre me pone en alerta. Aún así, se detiene, pero sus ojos siguen fijos en la pequeña figura que protejo. Algo en él ha cambiado desde esa noche. Algo que nunca podrá recuperar.
—Net —mi voz suena como un disparo. Tajante. No puedo evitarlo. No quiero que nadie la vea. Es una necesidad insana, primitiva, que ha nacido de un momento a otro: protegerla. No me importa haber matado a un escuadrón entero. Ella ha entrado en mi vida para que yo la proteja, y no pienso fallar.
Mikhail sonríe, pero su expresión tiene algo oscuro, burlón.
—No seas tan egoísta, teniente Smirnov.
No me pierdo el tono venenoso detrás de su burla, como un lobo jugando con su presa. Siento la sangre hervir bajo mi piel. Necesito terminar con esta conversación antes de que pase algo peor.
—Mikhail, déjame llevarla a la enfermería —gruño, con el hastío quemándome la garganta—. Tengo una reunión con mi escuadrón en una hora, y antes necesito hablar con nuestro padre.
La sonrisa de Mikhail se ensancha, su mirada destila picardía. Odio esa expresión.
—¡Déjame llevarla a mí, entonces! —exclama de repente, dando un paso hacia mí e intentando arrebatármela.
Mi reacción es automática, casi instintiva. Retrocedo rápido, acomodando a la chica en mis brazos de manera que pueda tener una mano libre. La velocidad de mis movimientos me lleva a actuar sin pensar. Mi brazo se tensa y lo clavo en la garganta de mi hermano menor con fuerza, casi sintiendo cómo la presión corta su respiración.
Todo lo que veo es rojo.
Nadie puede quitármela.
Esta chica es mía ahora. Y voy a cuidarla. No permitiré que sufra el mismo destino que nuestra hermanita.
—He dicho que no —escupo entre dientes, la furia vibrando en mi voz—. Apártate. Me estás haciendo perder el tiempo.
La expresión en los ojos de Mikhail cambia. Ya no es solo una burla. Algo más oscuro, más profundo, se refleja en su mirada verde, apenas más clara que la mía. He despertado a la bestia. Ese demonio que se esconde dentro de él, el que disfruta cazando y destruyendo a sus presas.
—¿Te gusta? —pregunta con malicia, sus labios curvándose en una sonrisa cruel.
Siento que la rabia me consume, pero retrocedo, tratando de calmarme. La chica pesa tan poco que apenas noto su cuerpo en mis brazos. Es frágil, y la bestia no la tocará. No dejaré que nadie la toque.
—Tiene como 10 años o 12, no sé —escupo con desdén, la idea de que pueda sentir algo más que una profunda protección por ella me resulta repugnante—. ¿Cómo puede gustarme? No soy un pedófilo como...
—No lo digas —me corta, su voz cargada de una severidad que no puedo ignorar.
—Solo espera un poco más, hermano —digo, tomando aire con dificultad.
—No sé cuánto más pueda esperar —su tono se torna en una súplica que revela su angustia.
Lo dejo acercarse un poco más. Mi corazón se quiebra al ver el dolor acumulado en su mirada. Mikhail ha estado encerrado en su propio dolor durante años, su alma se ha endurecido y consumido con el tiempo. Me siento atrapado entre la necesidad de proteger a la niña y la abrumadora carga de mis responsabilidades.
—Es realmente hermosa —murmura, su voz tan suave que apenas puedo oírla—. Parece una muñeca. ¿Dónde la encontraste?
Sus ojos verdes claros se encuentran con los míos, y por un instante veo al niño que era antes de que el mundo lo transformara en un ser sombrío. Ese niño, amable y lleno de vida, se desvanece rápidamente, dejando a un hombre oscuro y problemático en su lugar.
—Estaba en el edificio que teníamos que volar —le explico, mi tono grave y cansado—. Mató a uno de mis mejores soldados.
Los ojos de Mikhail se abren en sorpresa. La niña, tan frágil y delicada, resulta ser tan peligrosa como hermosa. Es un contraste perturbador.
—¿Ella...?
—Sí. Ella... no tengo idea de cómo lo hizo. El soldado que sobrevivió tampoco puede explicarlo. Dice que las luces se apagaron, todo quedó en silencio, y luego escuchó gritos y vio rápidos movimientos. Cuando las luces se encendieron, ella estaba en medio de los cuerpos destrozados.
—Es una Kotenok muy salvaje —dice, y puedo notar un rastro de fascinación en su voz. Eso me desagrada profundamente. Sé que Mikhail no le hará daño, pero no quiero que nadie más se interese por ella.
—No le pongas un apodo. No tienes derecho —siseo entre dientes, sintiendo cómo la posesividad me invade. Mikhail no puede llamarla así, no tiene derecho a ponerle un solo nombre—. Ahora dime, ¿Dónde está padre?
Alejo a la chica lo más posible de él, el calor de su cuerpo frágil y fuerte a la vez se siente contra mi pecho, pero no es suficiente para calmar el fuego en mi interior.
Mikhail, ese maldito, simplemente me arquea una ceja, una sonrisa divertida dibujándose en sus labios. Es como mirarme a mí mismo, solo que en una versión más joven y más corpulenta. Claro, no soy un anciano; tengo apenas 24 años, por el amor de Dios. Pero Mikhail... él es todo músculos y fuerza bruta. Yo soy más delgado, quizás más ágil, pero él parece salido de una maldita jaula de UFC.
—Está en su oficina —dice finalmente, y me mira una última vez, pero no a mí, sino a ella. Su mirada se clava en la muñeca que llevo en brazos. Y lo sé. Lo siento. Ahora no querrá despegarse de ella, como si su interés hubiera sido despertado. Pero no pienso permitir que ningún hombre, ni siquiera mi propio hermano, se acerque a lo que es mío. A lo que está bajo mi protección.
Aunque en el fondo, sé que ella no necesita mi protección. Esta chica puede defenderse mejor que nadie. Es una fiera en su propio derecho. Pero eso no importa. Mi necesidad de mantenerla a salvo se siente como una cadena que no puedo romper.
Dejo a mi fierecilla en la enfermería, y me despido de su mirada vacía, esos ojos que ocultan más de lo que dicen. Camino hacia la oficina del ministro, mi mente aún atrapada en su fragancia, su calor. Cuando llego, golpeo la puerta.
Espero la señal para entrar, pero en lugar de eso, lo que escucho son gemidos ahogados. Respiro hondo. No puede ser.
Mi padre es una versión mas adulta de mi hermano y yo. No voy a negar que el viejo aun despierta suspiro de las cadetes y las soldados de la central, y lo sabe aprovechar bastante bien.
Doy otro golpe, más fuerte esta vez, y escucho un carraspeo, luego una retahíla de maldiciones en ruso, el sonido metálico de una cremallera subiendo rápidamente. La puerta se abre y... otra pesadilla más para mi lista.
Una de mis soldados, el cabello revuelto, el uniforme arrugado, la piel enrojecida, los labios hinchados. Es evidente lo que acaba de suceder. Sus ojos me encuentran, y lo peor es la maldita sonrisa en su rostro. Como si esto fuera algo de lo más normal. Como si no acabara de arruinar lo poco que me queda de respeto por mi propio padre.
La observo, evaluando cada centímetro de su cuerpo. Sí, es atractiva. Buenas curvas, labios carnosos, rubia con ojos azules, piel de porcelana... La típica belleza británica. Pero no es mi tipo. A mí me gustan más salvajes, más reales. No tan perfectas.
Ella me sonríe, claramente queriendo algo más. No sé si es el cansancio o el hastío, pero le guiño un ojo sin pensar. Como si esta mierda no me afectara.
Cuando entro en la oficina, mi padre ya está acomodándose. Peina su cabello con las manos, el uniforme arrugado como su moral. Hay algo en sus ojos que siempre me ha recordado a mí mismo... y odio cada vez que lo veo.
- —Espero que lo que vienes a decirme valga la pena. Estaba bastante ocupado —la voz de mi padre gotea sarcasmo mientras se reclina en su asiento, como si lo que acaba de hacer no fuera nada.
Blanqueo los ojos. Ese es el problema con Kirill Smirnov: piensa que solo él tiene algo importante que decir. Está cegado por su poder, no ve nada más allá de su propio ego. Es un maldito buen soldado, sí, uno de los mejores ministros de Londres y Rusia, pero también está podrido hasta la médula.
—La misión se completó —le informo, manteniéndome neutral.
—Eso ya lo sé. Dieron de baja a esos cabrones, rescataron a los rehenes. ¿Algo más? —me responde con desgano, su mirada ya cansada de mí.
Respiro hondo, tratando de sofocar la creciente furia que hierve en mis venas. Cálmate. Solo cálmate. Pero es difícil. Lo he odiado desde que mi hermana murió. Ni siquiera lo intentó, ni siquiera luchó por ella. Solo se quedó ahí, diciendo que "en este mundo hay bajas". Bajas. Así llamó a su propia hija, mientras mi madre se hundía en el alcoholismo y él seguía follándose a cualquier cosa que respirara.
—Encontramos a una niña en la bodega —digo, observando cómo su expresión cambia, aunque intenta ocultarlo.
—¿Y eso qué? —pregunta, pero ahora su tono es diferente, como si algo lo inquietara.
—Cuando íbamos a retirarnos, uno de mis soldados desapareció. Lo llamé, y cuando respondió, escuchamos gritos. Fuimos hacia él y lo que encontramos fue un baño de sangre. Todos los soldados estaban masacrados... excepto uno. En el centro, una niña. Bañada en sangre. Debía tener unos 10 o 12 años.
Veo cómo el cuerpo de mi padre se pone rígido. Traga saliva con dificultad y cierra los puños sobre el escritorio. ¿Qué demonios le pasa?
—Era como un animal salvaje —añado, observándolo fijamente—. El soldado me dijo que las luces se apagaron, que solo escucharon gritos, disparos... y cuando volvieron, él era el único que quedaba vivo.
El miedo cruza su rostro por un instante, tan rápido que casi lo pierdo. Pero está ahí. ¿Qué sabe él sobre esto que yo no sé?
—¿Qué hiciste con la niña? —pregunta, y en su voz hay una mezcla de terror y desesperación que me incomoda.
—La sedé y la traje a la central. —Mi respuesta es fría, directa. No sé qué esperaba, pero su reacción no tiene sentido. ¿Por qué tiene tanto miedo de una niña?
—¿La trajiste a mi maldita central? —ruge mi padre, su rostro encendido de furia, sus ojos como cuchillas clavándose en mí.
—Sí —respondo con una calma calculada, aunque por dentro todo lo que quiero es sacar mi arma y volarle la cabeza. Una bala entre ceja y ceja, eso es lo que merece.
—¿Sabes lo que has hecho? —escupe las palabras como si fueran veneno.
—Salvé a una inocente —mi tono sigue siendo frío, neutro, sin querer darle ni una pizca de control sobre mí. Si le muestro algo, cualquier cosa, lo usará para intentar "enderezarme", como siempre lo hace.
—Me acabas de decir que esa maldita salvaje masacró a uno de los mejores escuadrones que tenemos, ¿Y la llamas inocente? —Su mirada es puro fuego. Puedo sentir la tensión en el aire, la violencia contenida.
—No la iba a dejar allí —mi voz es firme, sin temblores, sin duda.
—Deberías haberla matado. Eso era lo correcto —insiste, como si fuera lo más obvio del mundo, como si sus palabras fueran ley.
—No, no lo iba a hacer —repito, cada palabra como una pequeña bomba que retumba en el silencio tenso de la oficina.
—Eres un maldito blandengue —me grita, el rostro cada vez más rojo de furia—. ¡Te he dicho mil veces que dejes las malditas emociones de lado! ¡Tienes que ser un hijo de puta para ocupar el lugar que tengo reservado para ti! —La vena en su cuello late violentamente, y puedo ver cómo se va descontrolando—. Por eso te mando a cada misión, para que aprendas a cumplir los objetivos. Quiero que asciendas rápido, que te conviertas en capitán, luego coronel, y eventualmente seas el maldito ministro. ¡Pero para eso necesitas ser despiadado!
Mis dientes están apretados, la mandíbula me duele. Mi cuerpo entero tiembla de rabia contenida.
—No soy un blandengue —mi voz es baja, amenazante, pero el odio en mis palabras es claro.
—¿Entonces por qué no la mataste? —grita, su rostro rojo como un demonio, la vena del cuello palpitando, su furia a punto de desbordarse.
—La niña está entrenada —respondo con los dientes apretados—. Alguien tuvo que hacerlo. No hay otra explicación para que una niña delgada y bajita haya podido destrozar a un escuadrón completo de hombres entrenados, armados hasta los dientes.
Mi padre me mira, sus ojos evaluándome con una mezcla de ira y algo más... tal vez duda. Pero entonces se sienta de golpe, como si se le hubiera acabado el aire.
—Envíala a las jaulas —ordena, su voz ahora fría, calculadora—. Vamos a interrogarla. No debería estar allí —murmura, pero no para mí. Es como si hablara consigo mismo.
Por encima de mi jodido cadáver.
—Ella no va a ir a las jaulas —respondo de inmediato, mi voz dura como el acero.
—Es una orden —su tono se vuelve cortante, lleno de autoridad. Pero esta vez, no voy a ceder.
Nos miramos en silencio, el aire entre nosotros tan denso que apenas puedo respirar. Si él intenta forzarme, lo juro por todo lo que soy, no dudaré en actuar.
—Una que no pienso cumplir.
Mi padre entra en cólera. Se levanta de un brinco, estrellando las manos contra la madera del escritorio, sus nudillos blancos de la fuerza.
—¿Se te ha olvidado quién da las malditas órdenes aquí? —me grita con la furia desatada en sus ojos—. Yo soy el ministro. Tú solo eres un maldito teniente. No te confundas, porque si me da la gana te quito el puesto y te degrado a soldado raso. ¡No porque seas mi hijo voy a permitir que te pases mis órdenes por los huevos! Vas a tomar a esa salvaje y la vas a llevar a las jaulas. ¿Entendido?
—No. Lo. Voy. A. Hacer —me levanto de la silla con calma, cada movimiento calculado, mi mirada fría clavada en la suya—. La niña se queda conmigo. Punto.
Antes de que pueda reaccionar, su mano se aferra al cuello de mi uniforme. Su otra mano, hecha un puño, me golpea en la cara con toda su fuerza. El sabor metálico de la sangre llena mi boca.
—Ya no golpeas como antes —me burlo, escupiendo un poco de sangre al suelo—. Estás perdiendo el toque.
—Maldito hijo de puta —grita y me golpea de nuevo, esta vez con más fuerza.
Joder, voy a andar con la cara hecha mierda. Antes de que me dé otro golpe, me muevo rápido, tomo su muñeca, la giro y la llevo hasta su espalda. Lo estrello contra el escritorio, mi cuerpo cerniéndose sobre el suyo. Ya no tengo 12 años, viejo. Y ya no puedes controlarme como antes.
—No te confundas, padre —le susurro al oído, apretando su brazo con fuerza—. Ya no soy el chiquillo que golpeabas y enviabas a las malditas jaulas en Rusia para que me destrozaran a golpes. Yo soy lo que tú creaste, y ahora te doy miedo. Tú me necesitas más de lo que yo te necesito. Si quiero, me largo de aquí, me llevo a Mikhail y te dejo pudrirte solo. Y créeme, nadie más se va a dejar mangonear por ti.
—Estás agrediendo a un superior —sisea entre dientes, el dolor reflejado en su rostro, y disfruto ver cómo su poder sobre mí se desmorona.
—No —me acerco más a su oído, apretando aún más fuerte—. Estoy agrediendo a mi padre.
Y lo disfruto cada segundo.
—Vas a dejar que me quede con la chica. Voy a averiguar quién la entrenó, y lo voy a usar a mi favor. La voy a hacer más fuerte, más letal, y tú... querido padre, me lo vas a permitir. No la vas a tocar, ni un solo dedo, porque si lo haces, juro por todo lo que soy que te mataré. Me importa una mierda que seas el ministro. Ella es mía.
Lo suelto y me enderezo, arreglándome el uniforme. Lo observo mientras se acomoda como puede, tratando de recuperar algo de dignidad. Ya no soy tu mascota, viejo. Soy la bestia que creaste, y ahora te aterra.
Con los años he aprendido a domar a mi padre, ya no soy el joven que molía a golpes, aquel que enviaba a Rusia a matarse en las malditas jaulas de las mafias, aquel que trataba como una mascota. Ahora soy lo que él ha creado, y por eso me tiene miedo. Mi hermano es una bestia, porque se deja llevar por los impulsos, pero yo... yo soy el más letal, porque aprendí a dominar a mis demonios, aprendí a como consumir mis pesadillas y hacerlas partes de mí. Al poder no se llaga solo con fuerza, se llega con inteligencia. De nada vale que domines, si no sabes como mantenerlos dominado.
—Esa niña va a traernos problemas —dice con la mandíbula apretada, enderezándose—. No tienes idea de quién has metido en mi ejército.
—Me haré cargo de las consecuencias. Solo da la maldita orden para ingresarla a mis filas.
Mi padre me mira en silencio, sus ojos como los de un animal acorralado. Finalmente, exhala con cansancio y dice:
—No puedes domar a un animal que ha crecido en la selva. Puede que lo hayas sacado de allí, pero nunca perderá su esencia. Siempre buscará la manera de volver. Los animales salvajes nunca dejan de ser salvajes.
—Todo animal puede ser domesticado —respondo, firme.
—¿Y si ya lo han domesticado?
—Entonces puede llegar otro amo y arrebatarlo.
—Cuando el animal es leal, nunca deja de serlo con quien lo haya capturado.
—¿Sabes algo que yo no, padre? —miro hacia él, entrecerrando los ojos, intentando leer su expresión.
—Ten cuidado, Volk. Hay cosas en las que no debemos meternos. A muchos no les gusta que les arrebaten lo que tanto les costó conseguir.
Me giro sobre mis talones, pero una sensación extraña se instala en mi pecho. Mi padre sabe de donde viene mi fierecilla. Por eso le asusta que me quede con ella.
—Da la orden —digo al salir—, y te prometo que haré lo que me pidas en un futuro.
—¿Harías cualquier cosa por conservarla? —su voz resuena a mis espaldas.
Estoy haciendo un trato con el demonio, pero por ella, no me importa venderle mi alma. No me importa nada. Porque si hay alguien que sabe jugar con los demonios, es el diablo, y yo... soy el diablo que aprendió sus trucos mejor que nadie.
—Sí. Ella ahora es mía.
—Es solo una niña.
—No la quiero por las razones que piensas —me doy la vuelta, odiando que siquiera insinúe otra cosa—. No me interesa para lo que tú imaginas.
—¿Entonces por qué hacer todo esto?
No lo entenderías.
Lo pienso, pero no lo digo. Porque la verdad es que tampoco sé muy bien la respuesta. Solo sé que quiero hacerla más fuerte, enseñarle a volar, a ser más poderosa que nunca. No voy a cortarle las alas. Voy a enseñarle a usarlas.
—Solo da la orden —le digo antes de salir de la oficina.
Acabo de hacer un trato con uno de los peores demonios que existen, y sé que me voy a arrepentir. Pero por ella, vale la pena. Porque de alguna manera, esa niña me ha hecho querer volver a vivir.