Florencia, Italia.
- ¿Leíste las críticas esta mañana? - Luca levantó la cabeza de su portátil, el rostro de su hermano estaba llena de sorpresas.
- ¿Qué críticas? - pregunta, logrando que Constantino rodara los ojos.
Cuando Luca estaba metido en el trabajo no había forma de hacer que saque la cabeza de allí sin importar que desastres estuviera ocurriendo a su alrededor. Teniendo en cuenta la situación tan complicada que estaba atravesando la empresa, Luca ya no disponía tiempo para nada más.
Pasaba horas frente a los libros contables, horas en el laboratorio y horas al teléfono conversando con muchas personas y entidades con la intención de salvar este lugar. Esta empresa fue su sueño de toda la vida hecha realidad, ahora lo estaba destruyendo el saber que, cada día caía por un precipicio del que no tendría retorno.
Su vida había pasado de ser increíble a ser un verdadero infierno en muy poco tiempo. Su matrimonio había sido una estupidez desde un principio, pero nunca quiso escuchar razones hasta que todo llegó a su fin. Cuando esta mujer se llevó absolutamente todo dejándolo en la nada, lo único que aún lo había mantenido en pie fue conservar la empresa, aunque eso ya no sería por mucho.
Su situación financiera obligó que sacara dinero de lo que la empresa disponía, pero esto trajo graves consecuencias. Ahora la empresa no tenía para sobreponerse y las cosas comenzaban a faltar.
Proveedores molestos por la falta de pago, clientes insatisfechos por la tardanza de la fabricación de producto terminado. Para su suerte la mayoría de sus empleados comprendieron la situación y no han renunciado ni dejado de trabajar como se esperaba, este lugar era una familia para todos. Contaba con algunos clientes fijos a los que pudo cumplir como se esperaba y estos pagan, pero no ayudaba a sobrellevar todos los gastos.
Su única salida, vender la empresa que tantos años y esfuerzos le llevó fundar. Verlo crecer para ahora verlo escabullirse de sus manos. Esto era por completo una locura.
- Mira – Constantino le extiende la tablet para que lea el artículo semanal más esperado por la industria perfumista y de la moda.
Cada semana un portal de críticos con un alto renombre hacían breves reseñas sobre grandes y pequeñas marcas del mundo de la moda, por supuesto entre ellos también estaban los perfumistas.
Cada reseña significaba dos cosas para el determinado lugar del cual hablaban estos personajes importantes, una escalada triunfal a la cima de la fama y prestigio o una caída dolorosa al barranco del desastre.
Luca quedó sorprendido al ver el nombre de la marca que fue tan terriblemente reseñada y el nombre como foto de su presidente ejecutivo. Nunca imaginó que se trataría de esa mujer y menos que una marca tan famosa y con una carrera tan sólida como la de Parisi fuera tan dolorosamente criticada. Esto significaría un gran golpe para ellos del cual no estaba muy seguro de poder levantarse sin un plan de contingencia bastante bien ideado.
- No puedo creer lo que leo – dice, su hermano toma asiento frente a su escritorio clavando su mirada en él.
- Tú sabías que la presidente ejecutiva de Parisi era ella – Luca negó con su cabeza – Ya me lo imaginaba, recuerdo que cuando nos presentaron simplemente había dicho que era amiga de muchos años de Ludovica, nada más. También había tenido sus secretos y ella...
- Constantino por favor no. No recordemos algo sin importancia.
- Está bien.
- Igualmente lo lamento por ella, puedo entender como estará en estos momentos. Esto puede implicar la destrucción completa de la empresa, imagina que fue construida hace más de 60 años, su abuelo fue uno de los maestros perfumistas más alabado de nuestro país.
- Si bueno – comienza Constantino recostándose contra el respaldar de su asiento – Ha de estar pasando un mal momento, pero recuerda que cuenta con muchos profesionales y una mesa directiva que la apoyará. Tú sin embargo querido hermano, estás frito.
Luca bufa y se levanta de su silla volviéndose de espaldas a su hermano observando por el enorme ventanal de vidrio que brindaba una hermosa vista del paisaje de la ciudad. Jamás se cansaría de observarlo, este fue siempre su lugar favorito para pensar. Ahora debía aprovechar todo el tiempo que le quedaba para disfrutarlo al máximo y tomar la mejor decisión para sus trabajadores.
- He tomado una decisión – anuncia tomando por sorpresa a su hermano - Venderé la empresa, pero con la condición de que lo haga con todos los empleados.
- ¡Wow! Me parece muy sensato de tu parte, además sabes que te apoyo en todas tus decisiones. Cuando pase esto y tengas que volver a comenzar estaré ahí para ti.
- Gracias hermano, no sé qué haría sin tu apoyo.
Ambos hermanos se abrazan tras este pequeño intercambio de declaraciones. Luca no podía pedir nada más en la vida, el hermano que había tenido era el mejor de todos. A pesar de ser él el mayor siempre había sido un alma rebelde que todo lo había querido hacer a su manera, a su tiempo y sin medir consecuencias. Su hermano menor, sin embargo, era el del alma calma que apaciguaba el momento y las aguas, sabía brindarle buenos concejos los cuales había aprendido escuchar cuando ya fue muy tarde. Había pagado las consecuencias varios años después y he aquí una de ellas.
Se había casado tan ridículamente pronto con su novia de dos meses a quien había conocido en su época de la Universidad, sus padres quienes estaban muy enfadados con esta decisión habían querido advertir al hombre de que no era una buena estrategia, debía pensar en su futuro y sus planes, pero una esposa de por medio implicaba mucha responsabilidad, más teniendo a la clase de mujer que tenía. Pero su ingenuidad y cabezonería no lo dejó ver e hizo las cosas mal desde el principio.
Ahora sus padres no le dirigían la palabra, en su momento había querido acudir con su padre y pedirle ayuda financiera ya que disponía de un viñedo, pero su orgullo había podido más con él y no lo hizo, había prohibido a su hermano que lo hiciera a sus espaldas y siendo fiel a su hermano mayor no lo hizo.
Entregar lo último más preciado sería difícil, pero debía dejar el egoísmo de lado y pensar en todas las personas a quienes él sentía les debía mucho. Por eso, había llegado a la mejor conclusión, lo vendería, pero antes aseguraría el puesto de cada uno de ellos o no habría trato. Ahora la parte difícil y complicado del asunto era encontrar a la persona o entidad que estuviera dispuesta.
***
Milán, Italia
- ¡Maldita sea! ¡No! Este viejo gris me la hizo, esta vez lo logró.
Los gritos de histeria podían ser escuchados por todo el edificio sin dudas, todo aquel que pasaba tan siquiera a metro y medio de las puertas de la oficina de Gianna, salía espantado y tomaba otro camino.
Muy pocas veces había reaccionado así, incluso Gabrielle estaba sorprendida, pero comprendía muy bien el por qué. Los críticos la habían destruido, la embarraron con lodo una y mil veces. Cuestionar sus trabajos era algo muy arriesgado, la mujer había heredado el don más preciado de la familia, la nariz Parisi. Un talento único para crear grandes obras maestras en perfumería.
Aunque ser una mujer tan aclamada y con una taza de éxito superior al de muchos hombres conseguía que muchas personas la odiaran, incluso críticos. Pero Antoine Dubois había cuestionado infinitas veces su capacidad, aunque había admitido que su trabajo era único y original. Por completo inesperado y sofisticado, sus palabras habían sido, Gianna Parisi la cara de la nueva era en la perfumería. Incluso después de aquella afirmación había dicho que quizás esta magia no duraría por siempre, es como si siempre hubiese estado esperando el momento para hundirla hasta lo más profundo de un abismo.
Y casi lo había logrado.
Gianna acostumbraba leer el portal de críticas todos los lunes por la mañana, lo esperaba ansiosamente. A pesar de su seguridad ante sus productos y su capacidad, saber lo que el crítico más importante tenía para decir la ponía muy nerviosa.
Sabía que estas cosas las leían todas las mujeres amantes de la moda, mujeres quienes podían costearse los perfumes de su marca. El marketing y las r************* podían ser infinitamente ventajosas, pero de la misma manera puede hundirte. Y esa mañana cuando apenas pudo terminar de leer, su teléfono comenzó a sonar y su puerta se había abierto de par en par por Gabrielle. Su asistente y amiga.
Sus ojos, dos esferas negras de la rabia observando nuevamente las inscripciones que Antoine Dubois había dicho sobre ella. Había logrado derrocarla, sabía que quienes llamaban muy probablemente serían los de la mesa de inversionistas y socios por lo que una reunión estaba en camino a llevarse a cabo dentro de algunos minutos.
¡Mierda! ¿Cómo arreglaría esto?
Un sonido de su teléfono vibrando anunció la llegada de un nuevo mensaje, decidió ver de quién se trataba ya que contestar el teléfono no era una opción. Necesitaba estar más calmada para enfrentarse a esos buitres.
“Acabo de leer la crítica de Antoine Dubois, no puedo creerlo. ¿Cómo estás? ¿Cómo están las cosas en la empresa?”
Su padre. ¿Cómo enfrentaría al hombre más importante de su vida? Él había confiado en ella y ahora lo estaba defraudando.
Decidió no contestar el mensaje, lo dejaría para más tarde. Era más fácil enfrentar a esos hombres y mujeres enloquecidos por el dinero que ver el rostro de su padre, no quería ver sus ojos tristes porque su niña había fallado.
Tomó el teléfono y llamó a Gabrielle debía plantarles cara a los problemas y no dejaría que esos idiotas que siempre buscan manejarle la vida hagan algo en su contra. Era la socia mayoritaria de la empresa, pero aquello no impedía que esas víboras no estuvieran detrás de ella buscando un error de su parte.
- Ellos llamaron ¿no es así?
- Si, quieren reunirse pronto. Ya mismo.
- Me lo imaginé, diles que en 30 minutos estaré en la sala de reuniones. Si para entonces no llegan todos a tiempo iniciaremos igual.
- Bien. ¿Necesitas algo más?
- Necesito unas malditas aspirinas y un café. Sé que de esa reunión no saldrá nada bueno.
- Ya mismo.
Nuevamente quedó sola, debía pensar en que hacer para ganarse nuevamente la fe de todos allí. Debía redimirse ante lo que la acusaban, podría ser verdad una parte de todo de lo que escribió Antoine. Se había vuelto una mujer acartonada y sin sentimientos, había perdido algo lo sabía. Esto de cerrarse ante los demás por temor a salir lastimada, porque sí, eso la atemorizaba. La había convertida en alguien que vivía el día a día, ya no sentía nada y mucho menos felicidad alguna.
Quizás tuvieran razón, había perdido el toque que hacía de sus trabajos únicos, pero no se merecía todo lo que ese señor había dicho. Solo una parte de ese texto, la había lastimado tanto que no podía dejar de leerlo una y otra vez.
“El mundo no necesita de versiones mejoradas, necesita de nuevos aromas que toque sentimientos ocultos. Parisi necesita de frescura y originalidad, nuevas ideas.
Tal parece que la cabeza de la empresa no ha conocido aún el amor y las muchas responsabilidades la han convertido en una persona acartonada, sin chispa y sin emoción que en su momento la ayudó a ser quien es ahora”
Esas pocas palabras habían tocado fuerte en ella, nadie sabía lo duro que había trabajado todos estos años, había renunciado a muchas cosas y una de ellas era el amor. Las personas antes la buscaban porque era la heredera multimillonaria, hoy porque era LA multimillonaria. Siempre había sido dinero y fama, nunca amor y cariño. Jamás se habían parado a preguntarle verdaderamente ella que quería o que sentía.
Toc toc.
- Adelante.
- Traigo el café y la aspirina – anuncia Gabrielle sacando una pequeña sonrisa de los labios de su jefa, estaba ceñuda y muy roja - Quería dejarte dicho, tu padre no para de llamarme y, mandó un mail diciendo que estaba preocupado por ti, quiere saber cómo estás porque dice que no tomas sus llamadas y no contestas sus mensajes.
- Cierra la puerta – pide, Gabrielle comprendiendo que era momento de hablar lo hace – No puedo verlo a la cara y decirle que lo heche todo a perder, ni siquiera puedo abrir su chat sin sentirme avergonzada. Confió en mí, me dejó a cargo y lo mandé todo al tacho.
- Escúchame, no es tu culpa. Antoine es un idiota y no sabe lo que dice.
- Pero es verdad, Gaby tú me conoces mejor que nadie. No he conocido a nadie que me ame por lo que soy yo, como Gianna no como una Parisi. Incluso esa es la razón por la que casi no tengo amigas y de amigas te tengo a ti y a Ludo que son en quienes más confío, aunque sé que las demás no me buscan ni por dinero ni por apellido.
Gaby preocupada por la forma en la que se expresaba, va hasta donde se encontraba en su silla y ella la hace ponerse de pie y abrazarla fuerte. Esto la reconfortó por un momento, hubiese querido tener una hermana que le supiera dar ánimos.
- Ya encontrarás a alguien que sepa valorar a la hermosa y valiente mujer que eres, mientras despreocúpate por este idiota porque no es tu culpa, harás que se traguen todas sus palabras aquellos que una vez dudaron de ti.
- Gracias, no sé qué haría sin ti. Eres la mejor del mundo.
- Bueno, basta de cursilerías. Ve lávate la cara y retócate el maquillaje, debes ir a la reunión y no querrás que te devoren los tiburones.
- Tienes razón.
Rápidamente hizo lo que su amiga le dijo y volviendo a colocarse su máscara de mujer fría y serena, caminó repiqueteando sus tacones por el suelo llevándose tras de sí varias miradas por no decir todas. Cada uno de los empleados administrativos que se encontraban allí habían dejado de hablar viendo como su jefa se abría camino luego de leer aquella bendita revista y gritar a los mil demonios.