Había pasado casi un año desde el regreso de Gael a la estancia e Ingrid no podía creerlo. Se sentía la mujer más afortunada del mundo por compartir sus fines de semana con Gael. Él la cuidaba, la respetaba y no dejaba de decirle cuánto la amaba. Le había prometido que se casaría con ella, que la haría feliz por el resto de sus vidas y ella se sentía tan feliz que había comenzado a creerle. Aquella noche regresaba por el camino de tierra con una sonrisa enorme y sus ojos perdidos en la enorme luna que era la única que iluminaba el lugar. Iba con paso ligero y relajado y su mente no dejaba de volar y volar. Se imaginaba en esa estancia con cinco hijos que tenían los mismos ojos transparentes de Gael correteando por el sendero al lago. Se imaginaba vestida de blanco caminando descalza ha

