El salón de los Valerio olía a muebles encerados y a promesas disfrazadas de afecto. Todo brillaba con ese esfuerzo de aparentar algo que nunca fue real. En las paredes, retratos familiares donde ella aparecía solo desde cierta edad, como si sus primeros años no hubieran contado. Elara escuchaba en silencio, sentada con las manos cruzadas sobre el regazo. Sabía lo que venía. —Es una oportunidad única —dijo Ricardo Valerio, con los dedos en forma de pirámide sobre el escritorio antiguo, como si estuviera negociando una adquisición, no hablando de su hija. —Seguridad, posición, todo lo que una mujer razonable podría desear —añadió, sin mirarla realmente. Elena, como siempre, asentía a su lado, con las joyas tintineando cuando se movía. Cada palabra suya sonaba como si hablara de un vesti

