Capítulo 12.
Despertar en una cabaña cuya temperatura debe estar cerca de cero es una de las peores cosas que he tenido que hacer. Es casi tan malo como tener que ir a abrir la puerta principal para dejar salir a un perro y que entre el viento helado de la nieve. Mandíbulas sale disparado hacia la entrada y desaparece en la basta blancura, saltando como conejo para sortear los montones de nieve.
Cierro la puerta y le pongo el seguro tras él.
—Bien. Vete. A ver si me importa—
No puedo evitar que las tristeza se note en mi voz. pensé que Mandíbulas y yo habíamos congeniado por mi horrible aliento a vino, pero supongo que no. Pequeño mocoso peludo. Aunque me mantuvo los pies calientes toda la noche. Probablemente no debería quejarme de nuestra efímera relación.
Estoy en la cocina, pero mis ojos no dejan de ir hacia el dormitorio. La puerta esta entreabierta, pero no puedo verlo. Jeremy. Durmió aquí anoche y, por lo que sé, todavía no se ha ido. Seguro que Mandíbulas habría ladrado si lo hubiera oído moverse, ¿verdad?
Por si acaso sigue aquí, preparo suficientes huevos y tocino para dos. Necesitará calorías extra para llegar a su coche a través de la nieve, así que le añado unas tostadas a su plato.
Justo cuando estoy terminando de untar la mantequilla, la puerta del dormitorio se abre y Jeremy sale. Se detiene y me mira fijamente en la cocina.
—Hola— digo, sintiéndome tímida.
Se ve aún más desaliñado que anoche, pero de ninguna manera se ve feo. En todo caso, se ve mejor con el pelo revuelto. ¿Cómo es eso posible o justo?
—Hola— Da dos pasos hacia el baño.
—Preparé el desayuno— Levanto el plato en su dirección para que pueda ver los resultados de mi destreza culinaria. Nadie puede dorar una tira de tocino como yo.
Me mira de nuevo y luego al plato, su expresión se vuelve oscura.
—No, gracias—
Parpadeo varias veces, sin estar segura de entender.
—¿No gracias?—
—No tengo hambre— Empuja la puerta del baño y entra.
—¿Cómo puedes no tener hambre?—
La puerta se cierra tras él y poco después abre el grifo de la bañera. Nunca obtengo respuesta a mi pregunta.
Tal vez se refiere a que no tiene hambre antes de ir al baño o una ducha o lo que sea que este haciendo ahí adentro. Lo entiendo. Mi apetito también seria pésimo si oliera tan mal como él.
Ahora que he resuelto ese misterio, la idea de él desnudo en la ducha me viene a la mente y me da escalofríos. No puedo culpar a la temperatura de aquí, especialmente ahora que estoy empezando a entrar en calor. Probablemente este de pie desnudo como un arrendajo ahí dentro ahora mismo, con agua y jabón corriendo por su piel…
Maldita sea. Jeremy esta buenísimo. Mejor lo admito y dejo de gastar tanta energía tratando de negarlo. Incluso con toda esa barba y ese hedor que tiene, sigue siendo mucho más guapo de lo que un hombre debería ser. Me recuerda a Adrien Grenier en una borrachera, lo cual no facilita mi situación, ya que he estado enamorada de Adrien durante la mayor parte de mi vida adulta, y tengo una debilidad especial por los chicos malos.
Esto debe de ser una especie de prueba loca enviada por el universo para ver cuan decidida estoy salir de este agujero en el que me he metido. Pintar y recomponer mi vida, o caer en un pozo más profundo de desesperación, arrojándose a un chico malo, guapo y alcohólico furioso.
Deberías ser una decisión fácil, ¿verdad? Entonces, ¿Por qué sigo imaginándolo desnudo? ¿Y por qué estoy pensando en arrojarme a él? No puedo estar tan desesperada, ¿o sí?
Me como mis huevos y tocino aunque han perdido la mayor parte de su sabor. Cartón. Saben a recortes de cartón de lo que se supone que son. Tocino de papel, huevos esponjosos. Que asco. No me extraña que Jeremy no quisiera comer esta porquería.
Se escucha un sonido en el porche y darme cuenta de lo que significa me anima un poco. Al abrir la puerta principal, encuentro a Mandíbulas allí, con su pequeña espalda cubierta de copos de nieve. Me mira antes de entrar. Luego se pone a olfatear el suelo, siguiendo el rastro de algo. Solo se detiene una vez, para sacudirse la nieve de la espalda y dejarla en el suelo.
—¿Tienes hambre?— le pregunto.
Se detiene y se sienta, mirándome con expectación.
—Toma— Tomo el resto de mi desayuno y lo pongo en el suelo para él, plato y todo. —Buen provecho. Huevos y tocino, mmm, delicioso—
Mandíbulas se lo come en dos segundos y luego me mira. Juro que está sonriendo.
—El resto es para Jeremy, así que tendrás que conformarte con comida para perros— tomo una cucharada de la bolsa de comida en el mostrador y la pongo en el plato, y observo como se la come también. Puede que sea pequeño, pero seguro que tiene una barriga grande.
No puedo evitar sonreír. Hay algo muy satisfactorio en ver a alguien disfrutar de lo que has preparado para él. Bueno, no es que yo haya hecho esta comida para perros, pero aún así… la compré y la serví. Al menos alguien por aquí aprecia mis esfuerzos. Intento no sentirme herida por la caída de que Jeremy no aprecie mis huevos y mi increíble tocino crujiente.
Después de haber limpiado todo menos el plato del desayuno de Jeremy, el chico malo sale del baño. Me cuesta un poco más tragar cuando lo veo ahí parado con jeans y una sudadera limpia. Todavía tiene barba incipiente, pero no es horrible, ahora que puedo imaginar que esta limpia. Probablemente esa bueno que la mantenga así, de hecho. Por lo que puedo ver, la cara debajo es demasiado guapa. Al menos así puedo seguir imaginando que es una muy mala idea para mí.
Levanta la barbilla para saludarme.
—Buenos días—
—Buenos días— Levanto su plato. —¿Desayuno?—
Niega con la cabeza y entra en el dormitorio.
Siseo mi ofensa y murmuro para mí misma: —Ni siquiera un “no gracias” Que idiota— Bajo el plato al suelo.
Mandíbulas se encarga rápidamente de mi ofrenda a Jeremy. Me detengo para acariciarlo un poco, agradeciéndole por estar entusiasmado con mis esfuerzos. Sin embargo, no parece notar mi gratitud, demasiado concentrado en lamer el plato. Su barriga se abulta por ambos lados.
Estoy de espaldas a la parte principal de la cabaña cuando Jeremy vuelve a aparecer, mientras me ocupo de esterilizar el plato que acaba de recibir un baño de lengua de Mandíbulas. Que asco. Tengo que recordar no volver a darle comida en nuestros platos.
Maldita sea, me refiero a mis platos, no a nuestros platos. Dios mio, ¿Qué me pasa? ¿Por qué me imagino a Jeremy como compañero de cuarto? Se va en menos de una hora.
Levanto la mirada para mirar por la ventana encima del fregadero. Todo lo que veo es blanco por todas partes, y los copos siguen cayendo. Es como si el universo conspirara contra mí para que no pueda pintar. ¿Por qué? ¿Acaso no he tocado fondo todavía? ¿Las cosas van a empeorar antes de mejorar?
—¿Tienes café?—
Y el universo ha hablado; como era de esperar, tiene la voz de Jeremy Sterling.
Me muerdo la lengua para evitar que mi respuesta sincera salga disparada. Cuando puedo confiar en mí misma para hablar con amabilidad, finalmente respondo:
—No—
—¿No lo bebes?—
—No—
—¿Estas enfadada conmigo por algo?—
—No—
Oigo sus pasos, pero aún no estoy preparada para el momento en que aparece a mi lado. El olor de su jabón o lo que sea que haya usado después de ducharse me invade y me hace sentir débil. Vaya. Ahora casi desearía no haberle insistido que se limpiara. Es peligroso cuando no apesta. Casi estoy lista para olvidar que rechazo mi desayuno.
—Parece que estás enfadada— Su voz es suave y amable, suavizando mis sentimientos y haciéndome desear que mi vida fuera completamente diferente, y la suya también.
—Bueno, no lo estoy— Froto el plato que ya ha sido frotado lo suficiente como para quitarle la capa exterior.
—¿Te preocupa la nieve?—
—No— Detengo la limpieza frenética por un segundo y luego empiezo de nuevo con renovado vigor. —¿Por qué me preocuparía? Tienes una camioneta— Puedo ver la caja sobresaliendo de detrás de un montón de nieve.
—¿Hablas en serio? Vamos, sabes que no puedo conducir en este desastre—
Dejo caer el plato en el fregadero y me giro de lado para mirarlo. Esta demasiado cerca, pero no voy a ser yo quien dé un paso atrás. Cualquier señal de debilidad sería un error con él.
—Tienes que hacerlo—
Sonríe, su buen humor es completamente desarmante.
—¿Quieres que me quede atascado en la nieve en algún lugar y me congele hasta morir? Dios, debí haber apestado mucho cuando entré aquí anoche—
Ya no puedo mirarlo. No cuando me sonríe así. Me giro de nuevo hacia la ventana y agarro el plato otra vez, fregando tres veces más rápido que antes.
—No por supuesto que no quiero que te congeles hasta morir. No seas ridículo. Simplemente no puedo tenerte aquí ahora mismo—
—¿Por qué? ¿Esperas una cita o algo así? ¿Te preocupa que se ponga celoso al verme aquí?—
Frunzo el ceño ante esa idea. ¿Yo y un chico aquí? Ja. Ese será el día
—No, no seas ridículo. Necesito pintar— Solo pensar en todo lo que no estoy pintando es frustrante. Y mis dedos se están irritando de tanto fregar, pero no me importa. Necesito que esta energía salga de mi cuerpo.
—No te preocupes, te dejaré sola— Se aleja, haciéndome sentir repentinamente desamparada. —Pasaré una hora más o menos cortando leña y encenderemos una fogata. Entonces podrás pintar sin congelarte—
Tranquilizada por la idea del calor y de poder pintar con solo dos capas de ropa en lugar de cuatro, relajo el plato y la esponja. Abro el grifo para enjuagar todas las burbujas de jabón mientras respondo:
—Bien. Solo no esperes que te prepare las comidas ni nada por el estilo—
—¿Prepararme las comidas?— Se ríe confundido.
Maldita sea. He revelado mi verdadera naturaleza, le he hecho saber que hirió mis sentimientos el no comerse los huevos que le preparé. Dios, ¿podría ser más lamentable? Probablemente no. Espero que no.
—No importa— Tomo el paño de cocina y seco el plato. Guardándolo en el armario cuando termino.
—No espero que me prepares las comidas— dice con voz mas suave.
Me encojo de hombros, como si no me importara nada en el mundo. Lo cual no es cierto, obviamente. Solo eran huevos y tocino. No es como si hubiera horneado un soufflé ni nada.
—Como sea—
—Siento si herí tus sentimientos al no comer el desayuno que preparaste para mi—
Me giro para mirarlo, cruzando los brazos sobre el pecho sin pensarlo conscientemente. Odio ser tan fácil de leer.
—No los hice para ti, solo los hice— me encojo de hombros de nuevo.
—En realidad me gustan el tocino y los huevos. Es mi desayuno favorito— Su sonrisa contiene una disculpa, pero sus palabras no tienen sentido.
—¿Entonces por qué no te los comiste?— Odio que mi vulnerabilidad este ahí para que la vea, pero ya es demasiado tarde para retractarme.
Suelta un largo suspiro y baja la mirada al suelo.
—Es una tontería, de verdad—
—¿Prefieres cerveza para el desayuno?— El comentario cruel sale antes de que pueda detenerlo, y su tranquila aceptación de mi crueldad me hace sentir aún peor.
—No. Es solo que mi esposa solía prepararme el desayuno todas las mañanas, incluso cuando tenía nueve meses de embarazo y los pies tan hinchados que ya no le cabían los zapatos— Levanta la vista. —Cuando te vi allí de pie en la cocina sosteniendo ese plato, tuve un recuerdo repentino, supongo— Hace una pausa, su voz cambia cuando vuelve a hablar. —Ella murió. A principios de este año—
Me cuesta tragar. Es imposible no compartir la tristeza que veo en su expresión.
—Lo siento. No lo sabía. Quiero decir, me entere de tu perdida, lo siento por eso, por cierto … simplemente… no sabía que te cocinaba huevos con tocino—
Su expresión es inexpresiva. Tal vez es un poco triste. Tal vez enojado. Es imposible saberlo con certeza porque es un extraño para mí, un extraño… oscuro, misterioso, antes maloliente pero ahora demasiado guapo, al que necesito evitar a toda costa. Mi vida ya es bastante caótica.
—Y no hay forma de que lo supieras, así que no te disculpes—
Se aleja sin decir una palabra más, agarra su chaqueta que cuelga junto a la puerta antes de salir al porche y cerrar la puerta de golpe tras él.