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2682 Palabras
Capítulo 13 Desde mi lugar en la ventana de la cocina, puedo ver todo con bastante claridad, aunque sigue nevando. Maldita sea, a este paso, estaremos atrapados por la nieve durante una semana. No sé dónde encontró Jeremy el hacha, pero a los diez minutos de salir de la cocina, ya está allí blandiendo esa cosa, haciendo volar la madera. No me había fijado en el gran tocón bajo un pino gigante hasta que lo sacudió y comenzó a usarlo como base para su operación de partir leña. Una mirada a mis materiales de arte no me trae más que decepción por mi falta de inspiración, así que me abrigo y salgo por la puerta, Mandíbulas pisándome los talones. Mejor me hago útil. La cara de Jeremy esta roja, probablemente tanto por el frio como por sus esfuerzos. Dos pequeños montones de leña partida yacen a cada lado del gran tocón sobre el que descansa los troncos grandes antes de partirlos en varios trozos más pequeños. Lo observo mientras equilibra uno que ya ha partido una vez sobre su extremo y baja el hacha de nuevo para reducirlo a la mitad de su tamaño original. Tengo que saltar hacia atrás para evitar que me golpee uno de los trozos. —Quítate del canino— dice, prácticamente gruñendo. —Estoy aquí para ayudar— Y me siento estúpida porque su simple exigencia me ha herido. ¿Desde cuándo soy tan blanda? —No puedes levantar esto, así que vuelve adentro. No ayuda que te estes congelando— Apoya la cabeza del hacha en el suelo con el mango contra su pierna mientras levanta otro tronco grande sobre el tocón. Tal vez debería escucharlo. No es que esté de acuerdo en que no puedo levantar el hacha, pero hay una alta probabilidad de que termine enterrándola en mis espinilla si intento usarla, y hace bastante frio aquí afuera. Pero no puedo simplemente sentarme en la casa y verlo trabajar, especialmente cuando se va a ir pronto y ni siquiera ha desayunado todavía. Me sentiré demasiado culpable por echarlo a la calle. —Entonces apilare la leña— Agarro tantos troncos partidos como puedo y regreso al porche, colocándolos ordenadamente en fila justo afuera de la puerta principal. —Yo no pondría la pila tan cerca de la entrada si fuera yo— dice, todavía concentrado en su trabajo. Balancea el hacha hacia arriba detrás de él y luego hacia abajo sobre el tronco, peor solo se atasca a la mitad. Mueve el hacha hasta que suelta y luego da otro golpe, partiendo con éxito la leña obstinada. Su fuerza es impresionante. Yo me habría rendido después del primer golpe, estoy seguro. Incluso con toda esa ropa puesta, puedo ver los músculos que necesita para hacer el trabajo. Un escalofrió recorre a través de mí, y estoy bastante segura de que la temperatura exterior no es la inspiración para ello. —¿Por qué no?— Miro la puerta y mi pila. Me parece lógico que queramos estirar la mano justo afuera de la puerta y agarrar un trozo de madera en lugar de cruzar el porche y morir congelados por ello. —Bichos— dice. Me alejo de mi pila rápidamente. —¿Bichos? ¿Qué bichos?— —Ratones, sobre todo. No quieres que tengan fácil acceso a la puerta principal— —Si. De acuerdo. Buen plan— Pateo la madera un par de veces antes de atreverme a recogerla de nuevo. Sin embargo, no sé a qué le tengo miedo. ¿Qué ratón va a estar en un montón de troncos nevados? No uno muy inteligente. Y si se queda ahí, seguramente estará congelado, así que no es como si fuera a subirse por mi brazo y meterse en mi chaqueta. De todos modos, empiezo una nueva pila de leña en la esquina de la cabaña, a unos cuatro metros y medio de la puerta principal, pensando que prefiero arriesgarme a tener el trasero frio que tener un ratón haciendo un nido en mis materiales de arte o, peor aún, debajo de mi cama. Jeremey y yo trabajamos en silencio durante unos diez minutos antes de que decida que no puedo soportarlo más. nunca he sido de las que aceptan el silencio. Intento pensar en algo que tengamos en común para discutir, pero no se me ocurre nada. —¿Entonces, cuando crees que te iras?— pregunto. Apoya el hacha contra su pierna y me mira fijamente, su aliento en grandes bocanadas de aire blanco. —¿Tan ansiosa estas por deshacerte de mí?— Me siento mal por mi elección de temas de conversación y por pensar en cuanto necesito que se vaya de aquí, especialmente porque no es por las razones que el piensa. No es que quiera que se vaya, es solo que es mejor para ambos si se va antes de que haga alguna tontería como coquetear con él. Es tan, tan tentador cuando está aquí parado en la nieve con esas botas de trabajo puestas, sonrojado por su duro trabajo y vistiendo solo esa sudadera ajustada sobre esos anchos hombros. Y esa barba desaliñada…maldita sea. Casi me doy una bofetada para volver a concentrarme. Por suerte, el destino interviene y hace que dos troncos caigan uno contra el otro y me pellizco el dedo entre ellos. Lo saco del golpe y respiro profundamente varias veces seguidas, intentando que el dolor desaparezca. No funciona. —¡Santa madre de todos los ángeles, ay, mierda, eso dolió!— Sacudo el dedo y doy una vuelta, pero me detengo cuando me doy cuenta de que Jeremy sigue esperando una respuesta mía. Ahora solo estoy de mal humor. ¿Cuándo se torció todo esto?— —No, no estoy ansiosa por deshacerme de ti— Hora de mentir. —Solo quería saber cuántos de mis troncos se partirán antes de que te vayas— Sonríe y toma el hacha, mirando su próximo corte. —Ah, ya veo. Así que me estas usando por mis habilidades para partir leña, ¿eh?— —Algo así— Me acerco, más feliz ahora que estamos hablando y él no ha tomado como ofensa mis comentarios groseros. Creo que estaba empezando a tener uno de esos momentos de Jack Nicholson de solo trabajar y nada de diversión o algo así. Normalmente soy mejor en las conversaciones informales que en esto. Estoy inclinada, acomodando troncos partidos de forma extraña en mis brazos, cuando una enorme pila de nieve helada me cae en la nuca y de alguna manera se desliza por mi chaqueta hasta mi piel desnuda. Grito y suelto los troncos, salto hacia atrás e inclinándome hacia la izquierda, la derecha, hacia atrás y hacia adelante, tratando de desalojar la bola de nieve en mi cuerpo. Se derrite antes de que pueda quitarme nada, goteando por mi columna vertebral hasta reposar en mis calzoncillos. Jeremy se rie tanto que esta inclinado, sujetándose el estómago, su hacha olvidada a su lado. —¡Tú!— grito, señalándolo. No puedo creer que haya tenido el descaro de tirarme una bola de nieve. ¡Que grosero! ¡Ni siquiera tenemos fuego encendido todavía! ¿Cómo voy a calentarme? ¡Podría congelarme! ¡En mi trasero, de todos los lugares! Señala su pecho. —¿Yo? ¿Por qué yo?— Sigue riendo. —¡Tu hiciste esto!— Sin pensarlo, agarro un pegote de nieve de un montón junto a mi pie y se lo lanzo, triunfante al instante cuando le salpica justo en la cara. Una oleada de pura felicidad me llena de pies a cabeza. —¡Si, chico! ¡Toma eso! ¡Justo en tu cara! ¡Woo hoo!— Aprieto el puño un par de veces para rematar. Su risa se corta al instante, en el momento en que la nieve hace el impacto, y se queda allí parado congelado. Me estoy poniendo nerviosa. Esta demasiado tranquilo. Se que hay algo hirviendo justo debajo de la superficie de esta fachada impasible suya. La pregunta es, ¿Qué va a hacer? ¿Ignorar mi comportamiento antisocial o venir a vengarse? —No te hagas el tonto, Jeremy, sabes muy bien que me tiraste una bola de nieve— Señala un árbol que esta encima de mí. Tan pronto como levanto la vista, un puñado de nieve de una de las ramas se desliza y me golpea en el hombro. —Ahí está tu lanzador de nieve— dice. Lo miro y me encojo. —Ups— ¡Santo cielo! ¡No puedo creer que haya atacado a un hombre inocente y que además haya hecho un baile de la victoria! ¡Un hombre inocente que ha pasado la ultima hora cortando leña para mí! —Lo siento— Su hacha cae al suelo junto a su pierna y se inclina hacia el montón de nieve más cercano, recogiendo dos puñados de nieve. —¿Qué estás haciendo?— pregunto retrocediendo. —Formando una bola de nieve perfecta— Junta las manos, creando una bola, apretándola cada vez más, con los codos hacia los lados. Su sonrisa se vuelve decididamente malvada mientras le añade más nieve. —Sera mejor que no estes pensando en tirarme eso— continúo retrocediendo lentamente, preocupada de que, si corro, me ataque y me obligue a comerme esa cosa. Es ese oso de pesadilla otra vez, y mi guía de supervivencia en el bosque dice que, si ves un oso, no deberías correr; se supone que debes acurrucarte y fingir que estas muerto. Pero no puedo ser tan fácil, ¿verdad? O tal vez sí. Con este oso, de todos modos. —¿Y por qué no estaría planeando lanzártela?— pregunta, con una sonrisa maliciosa que lo hace ver diez veces más sexy de lo que ya es. —Parece justo, ya que tu comenzaste esta guerra— Da un paso en mi direccion. —¿Guerra? Jeremy, no. No estoy bromeando. Ya me estoy congelando— Me abrazo a mí misma y fijo un gran escalofrió. A decir verdad, no siento la temperatura bajo cero. Mientras avanza lentamente hacia mí con esa mirada salvaje en sus ojos, no tengo frio. Mas bien calor. —¿Congelando, ¿eh? Intenta recibir una bola de nieve en la cara— Se acerca tres pasos a mí, haciendo girar el arma ahora perfectamente redonda en la palma de su guante. —¡Te dije que lo sentía!— Doy dos pasos lentos hacia atrás, pero cuando saca la lengua y se acaricia la comisura de la boca, dando la impresión de un depravado s****l al ataque, abandono toda esperanza de razonar con él y me doy la vuelta para correr. —Jermey, no! ¡Aléjate de mí!— —¡¡¡Aja!!!— grita desde atrás de mí. Mi respiración se entrecorta mientras corro más rápido como puedo por la nieve hacia la cabaña. Los montones de nieve me llegan hasta las rodillas, lo que me hace recordar una pesadilla que tuve una vez en la que corría en las olas del océano que no me dejaban ir. En mi sueño, había sido una fuerza oscura y desconocida que venía por mí y de la que no podía escapar. Aquí, es Jeremy con una bola de nieve, pero no es menos aterrador. Vuelvo a gritar, el sonido sale como una mezcla de chillido y risa. Estoy a mitad del camino de las escaleras de la entrada cuando una melena de pelo gris y castaño enmarañado sale volando por la nieve desde mi izquierda. Pronto le siguen gritos de ira y gruñidos feroces. Me giro a tiempo para ver a Jeremy lanzar su bola de nieve a Mandíbulas, que se ha puesto entre mi atacante y yo. El pequeño está intentando ser duro, pero sigue cayendo a través de la nieve y quedando enterrado en ella. La bola de nieve y quedando enterrado en ella. La bola de nieve gigante que le golpea la espalda no ayuda a su situación. —¡Deten a tu perro de ataque!— grita Jeremy, lanzando grandes montones de nieve sobre Mandíbulas en un intento por evitar que lo muerda. —¡Mandíbulas!— Es difícil disciplinar al perro cuando me rio tanto. —¿Te ríes mientras intenta matarme? Perfecto— La cara y la barba de Jeremy estan completamente blancas por su imitación de cañón de nieve. Mandíbulas se mantiene ocupado, mordiendo toda la nieve que le lanzan a comunicarse con Jeremy. —¡Mandíbulas, ven aquí!— digo en un tono más serio. El perro se detiene para mirarme, y Jeremy aprovecha la situación enterrando su pequeño y peludo cuerpo de nuevo. Esta vez lo pierdo de vista por completo. —Para ya, grandulón— lo regaño, volviendo a reunirme con ellos. Tengo que levantar las piernas muy alto para ir lo suficientemente rápido. luego justo a tiempo, cuando la nariz de Mandíbulas sale de la nieve y mira a su víctima con malicia. Agarro al pequeño perro y lo engancho bajo mi brazo a la altura de la cintura. Empieza a gruñir, eructa y luego se detiene bruscamente, quedándose en silencio. —Así está mejor— digo. Luego me acerco a Jeremy y levanto la mano para limpiarle la cara, quitándole la mayor parte de la nieve de la barba con unas cuantas pasadas bruscas. Se queda completamente, sufriendo mis atenciones en silencio. —Todo limpio. Todo mejor. ¿Ves?— Tiene los ojos cerrados durante la limpieza, pero mientras hablo, los abre. Me sorprende lo azules que son. Su hija heredo ese precioso tono. ¿Por qué no me había dado cuenta antes? ¿Y cuándo va a mostrar este tipo su lado feo? Porque, por lo que he visto hasta ahora, realmente no tiene uno. Pero todos los hombres tienen uno. Supongo que el suyo viene del fondo de una botella. —¿Ya terminaste?— pregunta. Aparto la mano de su cara y la apoyo en el hocico de Mandíbulas, por si acaso se le ocurre intentar morder a Jeremy de nuevo. —Si, he terminado— —¿Te importa si vuelvo a partir leña?— —Haz lo que quieras— Solo no te vayas. Ack! ¡¿Me acabo de decir eso a mí misa?! ¡Qué demonios! Necesito detener esta tontería ahora mismo. ¡Recupera la compostura, Nadia, o nunca volverás a pintar un lienzo en tu vida! —Pero tienes que irte antes de que oscurezca— Asiento con la cabeza una vez, muy grande, para demostrar mi dedicación a la idea de que desaparezca para siempre de mi vida. —Son solo las once de la mañana— dice con ironía. —Oh. Bueno. Parece más tarde— Miro toda la leña que entregaron ayer, todavía amontonada bajo varios centímetros de nieve. Se da la vuelta y regresa al tocón del árbol y al pino que lanza bolas de nieve, por el sendero que había hecho al venir después de mí. Me da un poco de pena ver que su espalda se hace más pequeña. Mierda, necesito controlarme. —Voy a preparar chocolate caliente— digo, girándome hacia la casa. —¿Quieres un poco?— —No— —Claro que no— digo, negando con la cabeza. Se va a morir de hambre aquí afuera, pero no va a ser mi culpa. Estupido idiota. Rechazando todas mis ofrendas de paz. —Pero tomare tocino y huevos— dice un poco más alto. —¡Oh, no, no lo harás!— le grito. Como si fuera a prepararle un plato de nuevo después de que rechazara mi primer desayuno. Su risa me sigue mientras entro en la casa y me dirijo a la cocina. Mi corazón late con fuerza y mi ánimo se eleva una vez más. No puedo creer lo patética que soy ahora mismo. ¿Me estoy enamorando de un tipo que juega con mi mente durante el desayuno? ¡Santo cielo! Necesito ayuda. Tocino y huevos, enseguida.
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