ELIANA
—¿Qué carajos...? —alcancé a decir, mientras lo señalaba con el dedo, como si lo estuviera acusando de un crimen. Me quedé con la boca abierta, muda, viendo esos ojos azules que conocía demasiado bien y que ahora estaban llenos de confusión.
—¿Te conozco, señorita...? —me preguntó él, con cara de no entender nada. Dominic Wexley. Mismo nombre, misma cara, pero como si le costara ubicarme.
—Domin... —tragué saliva y traté de sonar segura—. Eliana Ravens, del instituto Allen.
Él frunció el ceño.
Y entonces... ¡si! Ahí entendió todo.
—¿Allen? Espera... —me miró de arriba abajo, como si estuviera buscando entre mis rasgos algo familiar—. ¿La nerd Eliana?
—¡Al fin, carajo! Pero ni se te ocurra volver a llamarme así —le dije con un tono más cortante que mi delineado.
—¡Entonces no me vengas con ese nombre horrible! —respondió haciéndose el ofendido.
Ahora que lo tenía de frente, por fin pude observarlo bien. Estaba igual... pero distinto. El tiempo no lo había dañado, al contrario. Ya no tenía ese aire de chico de secundaria; ahora tenía esa vibra de hombre hecho y derecho. El pelo, que antes le llegaba hasta los hombros con ese look rockero que a todas les encantaba, ahora lo llevaba corto, peinado con estilo. Su cuerpo seguía igual de marcado, tipo atleta, y eso lo noté gracias a esa camisa azul oscura que le quedaba como pintada. La chaqueta gris, colgada con cuidado en el respaldo. Pero lo que más me llamó la atención fueron sus ojos: los mismos, pero con una sombra de madurez que antes no tenían.
Y él también me escaneó. Me miraba como si tratara de entender en qué momento me había convertido en esta versión de mí misma. Cuando nuestras miradas se cruzaron... sentí algo. No sé cómo explicarlo. Una especie de electricidad que me atravesó.
Intentando mantener la compostura, le dediqué una sonrisa medio traviesa.
—¿Y qué fue de Adelaide? ¿Se casaron ya o qué? —le pregunté, genuinamente curiosa por saber qué había pasado con la novia que tenía antes de irse a la universidad.
—¿Ade-qué? —respondió, con una cara de confusión real. Lo miré otra vez, con la boca abierta. ¿Este cabrón se había olvidado por completo?
—¿De verdad? ¿Te acuerdas del apodo estúpido que te ponía, pero no te acuerdas de ella? ¡Si yo pensaba que iban a terminar casados y con seis hijos! ¡Con la forma en la que se daban hasta contra las paredes! ¡Los agarré sin ropa en el clóset del conserje... dos veces! —le dije, sin filtro.
—No tengo ganas de revivir esas cosas, Eliana. Todo eso es historia vieja. Pero cuéntame... ¿qué le pasó a la cerebrito tímida del salón? —me dijo levantando una ceja, con esa mirada entre intrigado y divertido—. En la prepa apenas hablabas. Y mirate ahora, echándome en cara todo sin pelos en la lengua.
—La universidad, amigo mio —dije como si nada, justo cuando un escalofrío me sacudió por el frío.
Parece que recién ahí se percató de que yo estaba empapada.
—¿Y por qué no trajiste algo más abrigado? ¿No tienes otra muda en la mochila? —preguntó, confundido.
—Nah... esa era Karla. —le respondí con cara de "ni me lo recuerdes".
—¿Y cómo te acuerdas de todos? —frunció el ceño, entre curioso y desconcertado.
—Es que uno nunca olvida a los que lo molestaron. Es más sabroso cuando llega el momento de la venganza —le dije con una sonrisa que no prometia nada bueno.
—Mejor vete antes de que te agarre una pulmonía. Te llevo con mi chofer.
Y mientras marcaba, agregó con tono irónico:
—Y la próxima revisa el clima, ¿sí?
Ahí fue cuando entendí el motivo del por qué estaba ahí.
—¡Espera! ¿Y la entrevista?
—No te estreses. Mañana es domingo. Empiezas el lunes —dijo mientras colgaba la llamada.
—¡Eh! ¡Espera! Yo no vine buscando que me regalen nada...
—Tampoco te estoy haciendo un favor, Eliana. Así que no te hagas ilusiones. Estoy necesitando ayuda urgente y tu tienes lo que busco. Además, fuiste la única que no llegó acá soñando con convertirse en la señora Wexley —dijo, con cara seria. —El lunes vemos bien los detalles, pero mi secretaria te va a pasar todo lo que necesitas para empezar.
—Está bien... gracias —le dije, sincera.
—Perfecto. Nos vemos el lunes —dijo, poniéndose de pie y ayudándome a levantarme—. Mierda, estás helada. Vete ya, date una ducha caliente.
—¡Entendido, patrón! —le dije, haciendo un gesto militar en broma, aunque el efecto se arruinó en el acto por otro escalofrío que me sacudió de pies a cabeza.
Tenía razón. Si no me metía urgente en una ducha hirviendo cuando llegara a casa, iba a caer enferma fijo. Ya la ropa estaba seca hacía rato, pero el frío me calaba hasta los huesos. Y ni hablar del color que debía tener en la piel.
—Acuérdate de estar acá a las ocho y media. Yo vengo a las nueve, así que para entonces todo tiene que estar listo. Cualquier cosa, la señora Bennett te da una mano —dijo mientras abría la puerta de su oficina.
Del otro lado apareció un señor ya entrado en años, vestido como chofer de película. Supuse que era Gideon.
—Él te lleva —agregó Dominic.
—Gracias —le dije con amabilidad al hombre, y justo antes de dar media vuelta para irme, Dominic me lanzó otra orden por la espalda:
—Ah, y no te olvides del café. n***o, sin azúcar, de la cafetería que está cruzando la calle. Quiero que me lo traigas justo antes de entrar —dijo, sin siquiera mirarme.
Fruncí el ceño. Qué tipo tan mandón. En el cole era igual. Me pagaba un par de billetes para que le hiciera los deberes y ahora... ahora me quería de barista personal. Sentía que esto recién empezaba, y no precisamente con el pie derecho. ¿Iba a ser un deja vú de mis años escolares? No tenía idea, y no lo iba a saber hasta que arrancara el lunes.
Pero bueno, no me iba a poner de dramática.
Me di vuelta y le lancé una sonrisa que ni yo sabía de dónde saqué.
—¡Lo que usted diga, señor!
Porque sí, puede que el cabrón más pesado del instituto ahora fuera mi jefe... pero eso no significaba que me iba a dejar pisotear.