El plan de venganza

993 Palabras
ELIANA Gideon era un tipo… peculiar. No sé cómo explicarlo sin sonar tonta, pero tenía esa vibra de "sigo órdenes al pie de la letra" mezclada con "no me fío ni de mi sombra". Y sí, el cabrón me echaba ojo por el retrovisor cada dos por tres como si yo trajera una pistola escondida entre las tetas. —¿Fuiste militar, Gideon? —le pregunté con la curiosidad picándome. Justo en ese momento salimos de la autopista y entramos al carril que lleva a mi departamento. Se tensó como si le hubiera tocado una herida vieja. —¿Perdón? ¿A qué se refiere, señorita? —me contestó con ese tonito serio, con un acento Frances que, uf... me hizo apretar las piernas. Yo tengo debilidad por los hombres con acento. Qué le voy a hacer. Pero él... él se veía como diez ligas arriba de lo que yo suelo aspirar. —Es que ves a todos en la calle como si fueran a lanzarse encima del coche con una bomba amarrada al pecho —le dije, riéndome un poco. —Interesante observación, señorita… —Y ahí me sacó de onda. ¿Qué pasa? Dominic nunca le dijo mi nombre, ¿o sí? —Solo dime Eliana —le respondí, como si no hubiera notado nada raro. —Está bien, Eliana —me corrigió con ese tonito que casi me saca un gemido, mientras yo le lanzaba una mirada de picara por el espejo. —El señor Wexley tiene mucho billete, y la gente así siempre tiene enemigos. Yo trabajaba con su papá como guardaespaldas. Ahora estoy con él. —¡Ay, cabrón! ¡Chofer y guardaespaldas! —dije aplaudiendo como niña chiquita. —¡Eso está perfecto! Me regresó una mirada entre burla y ternura. —Los jóvenes de hoy... —murmuró. Pero sonreía, y la verdad se veía mil veces más guapo así. —¡Uy! Te ves bien bueno cuando sonríes —se me salió sin filtro. De verdad debería conseguirme uno para la boca. —Digo, en plan buena onda, ¿eh? —¿Estás coqueteando conmigo, Eliana? Solté el aire como si fuera una adolescente idiota. Lo peor: él estaba aguantándose la risa. ¡Qué vergüenza! —Claro, sí. Súper en plan, "hazme tu novia menor de edad" —le dije con una vocecita de caricatura, solo para burlarme de mí misma. Él soltó la carcajada, y no puede ser, qué rica risa tenía. —Tienes que conocer a mi hija. Ustedes dos se llevarían bien. Son igualitas —me dijo con esa sonrisa todavía pegada. Y justo en ese momento, llegamos. Me asomé y ahí estaba mi nuevo departamento. Bueno, nuevo para mí, porque el lugar tenía más años que mi autoestima. No era una pocilga, pero tampoco era uno de esos depa brillosos de revista. Se veía vivido. Polvoriento. Pero mío. —Gracias, Gideon. ¿Nos vemos el lunes? —dije sin saber si Dominic iba a seguir tratándome como VIP, pero quería volver a ver a ese hombre sexy con alma de protector. —¡Que tengas un buen día! —me dijo, saludando en broma antes de desaparecer. Aunque no sin antes escanear la zona. Cuando se fue, miré al cielo. Las nubes grises empezaban a abrir paso a unos rayitos de sol. Algo dentro de mí se relajó. Vivía en el quinto piso de un edificio de siete y, como buena prueba de humildad diaria, el ascensor casi nunca servía. Así que escaleritas para arriba, con las piernas chillando. Pero bueno, mejor eso que pagar gym. Llegué a mi puerta, la abrí, y respiré hondo. El lugar era chiquito pero tenía estilo. Un saloncito que también era comedor: un sillón grande, otro más pequeño, una mesita de cristal, unas cajoneras, un televisor y ya. La cocina era lo mío. Aunque mini, era mi reino, porque amo cocinar. Nada de comedor formal, pero los sofás hacían contraste. Mi cuarto tenía cama matrimonial, espejo, closet, y su propio baño. Justito lo que necesitaba. Sin lujos, pero se sentía mío. Acogedor. Apenas llegué, lancé el bolso sobre la mesa. Me quité la ropa del día y la aventé directo al cesto. No tenía tina en el baño, ni de chiste cabía una, así que me di una ducha rapidita, lo justo para quitarme el sudor de la ciudad. Me puse mis pants favoritos, los que tienen mini pizzas por todos lados, y una camiseta verde sin mangas que ya estaba pidiendo jubilación pero me encantaba. Después de secarme el pelo con la toalla, me senté en la cama con el celular en la mano, lista para hacer esa llamada. Lucian contestó casi de inmediato. —Ya está. Me dieron el trabajo —dije sin rodeos. —¿En Autrian Inc.? —me preguntó. —No, fue en Wexley Inc. —le corregí. —Una sorpresa total, la verdad. Pero resulta que Dominic Wexley fue conmigo a la escuela. Me la jugué y salió bien. Pura suerte. —Mejor todavía —dijo él, pero ya le sentía el tono cargado—. ¿Estás segura de que esto no tendrá sus consecuencias después? —Relájate, Lucian. Te prometo que todo está bajo control. Él no tiene ni idea... y mientras siga así, todo bien. Nadie pierde —le dije con una sonrisa que no podía ver, pero seguro la imaginó. —Está bien... pero escucha, nena. Ya llegamos hasta aquí, no podemos cometer un error ahora. Este cabrón tiene que pagar, y no hay margen para errores. Esto nos costó años. Así que no pierdad el enfoque. ¿Va? Me habló seco, firme, como siempre que se pone en modo estratega. Y lo entiendo. Nos habíamos roto el lomo para esto. No era momento de flaquear. —Tranquilo, hermano. Lo tengo claro —respondí con la seguridad de siempre. —Perfecto —dijo él, y cortó. El show había comenzado. Y yo estaba lista para todo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR