Adiós Villa Norte, Hola Villa Nueva
Adiós Villa Norte, Hola Villa Nueva
Y ahí estaba yo, caminando por el pasillo a paso rápido. Me concentraba en mover un pie detrás del otro mientras ideaba un plan para dejar el pequeño pueblo donde vivía. Villa Norte, lugar que no tenía nada de villa y mucho menos de norte. Ni siquiera aparecía en Google Maps, lo cual dejaba mucho que desear si al caso vamos.
Empezaba un nuevo semestre en la universidad “San German” los alumnos y todos en general se encontraban sumamente nerviosos… En especial yo. Tenía una idea entre manos, nada demasiado novedoso, pero era una idea algo peligrosa.
¿Se les ha ocurrido alguna vez s********r a alguien? Bueno, eso era lo que corría por mi cabeza en aquel instante, me encontraba exhausta y un poco desesperada. Se me hacía insoportable la idea de seguir en aquel pueblo por más tiempo, carecía de medios de comunicación, edificios y todo aquello que tenían las grandes ciudades, por no decir que aún no eran capaces de hacer funcionar las líneas telefónicas.
Las calles no tenían asfalto, solo había un carro en todo el pueblo, las personas se conformaban con un par de gallinas y una cabra. Aquella especie de conformismo no me agradaba en lo más mínimo. Mi ser interior quería aventura y eso iba a darle.
“Cuando tenga 18 años todo debe cambiar”, ese era mi pensamiento desde hace mucho tiempo. Pero en mi décimo octavo cumpleaños noté que las cosas no habían cambiado por más que me lo hubiese propuesto y ese día, viendo la luz de la luna lo cual seguro les parecerá muy cliché decidí cambiar mi vida.
Con aquel pensamiento en mente abrí la puerta del salón donde seguramente habían empezado la clase.
—Llega tarde señorita— dijo el profesor de… Ni idea que materia resaltando cada sílaba.
—Buenas tardes profesor, disculpe no volverá a pasar— respondí con una sonrisa apenada y muy fingida.
—Eso espero— gruñó el hombre medio calvo y canoso. En ese momento supe que lo iba a detestar.
Caminé hacía el último pupitre ojeando rápido a mis compañeros de clase, nada había cambiado. Observé las mismas caras del primer semestre. Una en particular llamó mi atención: La de Toby, él y sus ojos azules iban a ser el trampolín para salir de aquel pueblo.
Toby era el hijo del señor Scoty, un hombre muy importante que era dueño del telar —único telar— del pueblo. La verdad es que podía reconocer a Toby en cualquier lugar, su cabello castaño ceniza, sus hombros enormes y su rostro con una que otra peca era motivo de suspiros en todas las féminas.
Por aquella y otras razones le rehuía como idiota sin poder comprender mi reacción, la cosa empeoraba cuando me miraba sin ningún disimulo haciendo que actuara como torpe. Eso era… Humillante, por eso lo odiaba y no me iba a molestar ni un poco secuestrarlo.
Porque efectivamente aquello era lo que iba a hacer o al menos era lo que me había planteado tras pensarlo con detenimiento. Encerrar a Toby en algún lugar y pedirle un poco de dinero a su padre. Sé que parecerá algo tonto, pero tenía varios motivos para hacerlo y que lo odiara se encontraba en uno de los mismos.
Solo necesitaba un cómplice, estaba más que claro que no iba a poder hacer todo yo sola. El detalle y gran problema era que yo: María Ibarra, estudiante de administración de segundo semestre. Blanca, estatura promedio y cabello ondulado (esponjoso) castaño oscuro, no tenía amigos.
Seguro les parecerá algo imposible dadas mis características y contando con que no tengo ninguna anormalidad, pero la verdad es que no había sido muy eficiente en socializar con los Villa nortonecientes, sinceramente no se me daba.
En toda la clase me debatí en conseguir a un cómplice. Alguien que no fuese muy inteligente y me fuese leal… Alguien invisible. Alguien como… ¡Andros!
Busqué al gordito con la mirada, cuando lo vi tres pupitres atrás sonreí. Era perfecto. Andros siempre había sido catalogado como el más callado de la clase, algunos lo tildaban de raro y se rumoraba en todo el pueblo que sus padres se mantenían tan ocupados que descuidaban su educación. ¿Quién más que él entendería mi plan?
—Andros— chillé mostrando los dientes llena de emoción.
Todos se giraron a verme incluyendo al profesor que me observó mientras arrugaba como uva pasa el rostro. Había olvidado totalmente que estábamos en plena clase.
—Lo siento profesor— dije levantándome a modo de disculpa—. Debo hablar con Andros de algo de suma importancia. En serio. Ven— Le indiqué haciéndole señas para que me siguiera. Al ver que el aludido no daba respuesta fui hasta él y lo tomé por el brazo.
El profesor pareció algo confundido con mi solicitud, pero nos dejó salir, aunque de mala forma.
— ¿Qué quieres?— preguntó Andros cuando salimos.
Estábamos en el patio, que estaba desierto. Suspiré con desgana, faltaba poco, pronto estaría lejos de aquel pueblo. Con una buena suma de dinero podría estar en San German o Villa Nueva— La gente decía que era una gran ciudad al este— Sonreí obviando el tono de voz de Andros.
— ¿No has soñado alguna vez con irte de este pueblo?
—Esa pregunta es algo obvia hasta para ti.
— ¡Oh vamos Andros! ¡Responde!
—Pues claro que sí— respondió el gordito rascándose la barriga de grandes proporciones. Lo observé detenidamente y me felicité por mi decisión. Él era el indicado. Bajo, gordo, de cabello n***o y labios exuberantes. Era el ideal.
—Tengo un plan y sólo tú puedes ayudarme —indiqué usando un tono de comercial de televisión. Televisión que no tenía por cierto.
El gordito abrió los ojos como platos y cruzó sus brazos, expectante. Ya lo tenía. Antes de decirle mi plan tenía que marcar bien el terreno, pensar las palabras exactas que iba a decir. No quería dañar mi propósito sin haberlo iniciado.
—Se trata de Toby.
—Ya sé lo que quieres— gruñó cortante— ¿Quieres que te ayude con él no?
— ¿Qué? ¡No! No te atrevas a compararme con las ilusas de este pueblo. Lo que quiero es más sencillo— respondí acercándome a él para que nadie escuchara— Quiero retenerlo en un lugar secreto por unos días.
—¿Quieres secuestrarlo? —preguntó en un tono de voz demasiado elevado.
¡Diablos! Sabía que debía buscar a uno gafo no tan gafo.
—Obviamente no. Es… Para una sorpresa— expliqué esperando que se lo creyera.
—Si quieres que te ayude María deberás ser más específica. Prometo no decir nada— Andros elevó las palmas tratando de firmar un tratado de paz o algo por el estilo.
¿Desde cuándo tenía aquellas actitudes? Siempre era callado, tímido, aburrido. Estaba actuando como alguien con cinco dedos de frente.
—Está bien— mentí con mi mejor sonrisa— Cuando terminen las clases nos vamos juntos y te explicaré todo.
Lo dejé en el patio y caminé rápido al salón. Había dado el primer paso para el inicio de la misión que llevaba por nombre: Adiós Villa norte, Hola Villa Nueva.
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