Durante la semana siguiente, cada vez que ella llegaba temprano a casa o se iba tarde por la mañana, Allison y Bill se exploraban mutuamente como adolescentes cachondos, ajenos a la diferencia de edad de un cuarto de siglo. El deseo de Bill por Allison solo creció y alimentó su deseo de más de él. De vez en cuando la miraba a la cara cuando hacía algo inofensivo, e imaginaba la expresión que ponía cuando él la penetraba. La forma en que abría la boca, como sorprendida, cuando su circunferencia la obligaba a abrirse para él. La forma en que gemía pidiendo más. Más polla o más manoseo, más dedos o tirones de pezones. Más lamidas. Más ternura. Pero siempre más. Joder… Recordaba lo varonil que se sentía cada vez que la hacía correrse y ansiaba que volviera a correrse. Y otra vez. Cada vez

