El rey había enviado a llamar a las tropas de Miguel para una nueva orden.
Los angeles se presentaron de inmediato delante de él portando cada uno sus armaduras de guerra, eran tan resplandeciente que para una persona común le sería casi imposible mirar el resplandor que impartían.
Al general se lo distinguía por llevar dos par de alas en vez de uno como los demás ángeles. Solo existía una máxima autoridad después del Rey y era quien portaba esas alas o los serafínes quienes tenían en total seis alas, pero nadie había logrado llegar hasta tal nivel, pues era el soberano quien decidía quienes llevarían tales responsabilidades y aún no había encontrado a nadie que tuviera esa capacidad en sus corazones.
Leviatam era el segundo al mando pero se lo consideraba un soldado común y corriente como a los demás porque aún no llevaba en sus manos la espada que lo declaraba arcángel como a Miguel y tampoco se había ganado el derecho de recibir su segundo par de alas.
Eso era algo que solo el rey lo podía autorizar y es que Leviatam no entendía porque aún el soberano no lo hacía luego de haber ganado muchas batallas para el.
Todos hicieron una fila de diez en horizontal y luego hasta la salida del palacio en vertical ocupando así todo el reino sin dejar lugar alguno para nadie más.
El rey prosiguió a decir.– Miguel, te he llamado para que dirijas a tus tropas hasta los confines del tercer cielo y derrotes a los demonios que intentan apoderarse de esas tierras y traen aflicción a los habitantes de esos lugares.
– Así lo haré señor.– Respondió Miguel sin esperar detalles de lo que había que hacer.
Dio la orden al segundo al mando y este a los demás soldados, volando por delante junto a Miguel cada uno en forma ordenada comenzaron a seguirlo.
Viajaron por todos los universos sin detenerse en ningún momento, y luego de un largo camino a lo lejos vieron como un montón de asquerosos demonios destruían todo lo creado por el soberano, dañando las tierras y a los seres que allí habitaban.
Miguel decenbaino su espada y esta de inmediato se prendió de fuego, pero no cualquier fuego si no uno que con tan solo mirarlo te consumía.
Un fuego de color azul fuerte con pequeños destellos blancos que alcanzaban hasta un metro de largo y ancho.
Miguel era el único que lo podía sostener.
Leviatam lo admiraba y hacia todo lo posible para llegar hacer algún día tan fuerte como su general lo era.
Los demonios al verlos se abalanzaron sobre ellos, atacandolos sin piedad.
Los angeles a su vez también lo hicieron atravesando sus cuerpos con sus espadas y lanzas, no había en los cielos ejércitos más poderosos como el de Miguel, y no había enemigo con suficiente fuerza para que pudiera ganarles.
Todos trabajaban en conjuntos, donde uno atacaba el otro lo eliminaba cortado por donde el filo de su espada pasará.
El fuego de la espada de Miguel destruía por completo el cuerpo putrefacto de aquellos inmundos, sin dejar rastro de su existencias.
Todo parecía ser tan fácil, la batalla parecía estar ganada pero cuando todo se daba por fianlizado una bestia de treinta metros los atacó, golpeando con su cola a la mayoría de los soldados esparciendolos por todos lados sin darles la oportunidad de defenderse.
La espada de Miguel cayó al suelo mientras el era expulsando lejos de sus compañeros, inconsciente por los golpes que había recibido.
Leviatam al ver lo que estaba sucediendo extendió sus alas sacudiendo el polvo que había conseguido y voló hasta el extremo superior de la bestia atacandolo con su espada, pero todo parecía ser enbano, pues el monstruo solo seguía vivo como si no hubiese recibido ningún ataque por parte de leviatam.
La bestia abrió su boca y de adentro lanzó azufre con fuego que si era comparado parecía tener el mismo poder de la espada de Miguel.
Leviatam no sabía cómo a****r, solo podía evitarlo y esquivando cada llamarada no vio venir la cola de la bestia que lo atacó nuevamente por la espalda golpeándolo fuertemente entre sus alas.
Leviatam cayó al suelo y solo vio cuando la bestia tomó la espada de Miguel y se marchó, como si eso era todo lo que esperaba de aquella batalla.
Leviatam no soporto las ganas de cerrar sus ojos y se desmayo.
En el lugar nadie podia ayudarlos pues bien era sabido que ningún ser aparte de sus enemigos podían verlos. Eso estaba p*******o.
Cuando por fin Leviatam pudo recuperar su conciencia vio a su general que lo golpeaba por el rostro con pequeñas palmadas intentando volverlo a la realidad.
– ¿Te encuentras bien?.– Preguntó Miguel.
– Sí.– Respondió mientras lo ayudaban a ponerse en pies.– ¿Que sucedió?.– Preguntó rápidamente.
– Hemos sido vencido por esa bestia. Pero lo más extraño fue que no nos dijeron que estaría aquí.
– Creo que fue todo planeado.– Respondió Leviatam.
– ¿Por qué lo dices?.– Preguntó sorprendido Miguel.
– ¿Te has dado cuenta de que te falta tu espada?.
Miguel toco su costado y descubrió que solo estaba la funda y respondió aún más sorprendido.– Es verdad, ¿Donde está?.
Leviatam dio unos pasos al frente y mirando hacia el espacio respondió.– Pues aquella bestia lo tomó y se marchó.
– Eso es imposible.
– No lo es mi general. Antes de desmayarme lo vi tomar su espada he irse. Ni siquiera nos atacó una vez que estuvimos inconscientes, esa cosa solo quería su espada.
Miguel aun no caía en si, ¿Para que sus enemigos la querrían?.
– Reúne a todos, debemos regresar con urgencia delante del Rey, él debe ser informado de esto.
Así lo hizo Levaitam y una vez todos reunidos regresaron como pudieron hasta el palacio.
El universo era iluminado por su resplandor pero era evidente que esta vez su regreso ya no era como otras veces, esta vez ellos habían sido vencidos.
Leviatam volaba junto a Miguel y no podía evitar ver que algo lo preocupaba, el jamás lo había visto así, y eso lo incomodaba un poco pues la seguridad y confianza estaba en desequilibrio entre todos.
Miguel era quien los llevaba con confianza a cada batalla y los traía victorioso de todas la guerras. Pero ahora el solo parecía querer llegar hasta donde se encontraba el rey.
Al llegar al palacio todos los que allí estaban no pudieron evitar verlos lastimados, algunos tenían sangre por sus alas blancas, otros tenían faltantes de sus armaduras y algunos traían cargando a sus compañeros.
El rey quien todo lo veía se mantuvo sereno ante la noticia.
Pero Miguel exclamó desesperado.– ¡Señor, se han llevado la espada de fuego!. ¿Que haremos?.
– Mantén la calma Miguel, y ordena que tus soldados vayan a curar sus heridas.
Miguel miró a Leviatam y este dio la orden para que todos se retiraran, quedando ellos dos solamente ante el rey.
– Señor, ¿Por qué querían mi espada?. ¿Quien lo ha ordenado?.
El rey se puso en pies y decendiendo hasta ellos, tocó el hombro de su general y le dijo.– Nuestro mayor enemigo.
– ¿Pero como?. Nosotros ya lo hemos vencido y fue expulsado de todos los cielos.
– Eso es verdad Miguel, pero el se ha apoderado de una tierra donde todos son gobernados por él.
– Esto es imposible.
Leviatam solo escuchaba con atención cada palabra de ellos.
– Señor, ¿Para que querría mi espada?.
El rey lo miró fijando sus ojos en el y dijo.– El quiere regresar aquí y destruirnos con la espada para siempre.
– ¡Eso es imposible!.– Respondió Leviatam interrumpiendo con su comentario.– El único que la puede portar es Miguel, nadie aparte de el posee las cuatros alas para sostener la espada.
– Me temo Leviatam que no es así. Hace muchos siglos antes de que tu fueras creado, tuve un servidor el cual prometía ser un gran general, pero me temo que su ambición fue mayor y quiso tenerlo todo por la fuerza.
– ¿El es un...?
– Sí, el es un serafín.
– ¿Cómo lo venceremos?.
– Solo hay una salida.
– ¿Cual es esa salida mi señor?.– Preguntó Miguel.
– Vencerlo en su propio reino.
– Iré.– Respondió Miguel muy seguro de su decisión.
– No.– Dijo Leviatam.– Iré yo mi general, si usted se va, ¿Quien protegerá al rey de nuestros enemigos?.
– ¿Tu?.– Dijo Miguel sorprendido.
– Lo hare para demostrar que soy leal al rey y a usted.
– Pero..
– No mi general, no me lo impida sé que no soy tan fuerte como usted lo es. Pero por favor déjeme ir en busca de la espada de fuego, prometo que lo traeré ante usted sin importar las consecuencias.
Miguel miró al rey buscando su aprobación, y al ver que estaba de acuerdo respondió.– Leviatam, ten cuidado no sabemos con qué te encontrarás allá.
– Tranquilo.– Respondió el soberano.– Cassiel trabaja allí de incubierto, el te ayudará. Pero déjame decirte algo Leviatam, tus alas te serán quitadas por que deberás volverte uno de ellos, tendrás que convertirte en uno de los seres que allí viven, aunque no te iras con las manos vacía, tu fuerza y tu valentía te serán multiplicada.
– De acuerdo.– Respondió Leviatam, sin saber a donde iría o con qué se encontraría.
Solo se dispuso a la orden del Rey y su general, como un buen soldado dispuesto a recuperar la espada de fuego consumidor.
Sin conocer a sus enemigos ni tan siquiera haber estudiado el territorio para atacarlo.
El solo estaba dispuesto a cumplir las órdenes de sus superiores y regresar en menos de lo que los párpados tardan en juntarse.