Como si el enfado de Emanuel no hubiera sido grande ya, lo que había ocurrido en aquella noche lo había transportado directamente a la ceguera de la furia. A esa que invade el cuerpo y no deja pensar con claridad, la que cierra los oídos y repele cualquier tipo de contacto. Esa ceguera persistente que aleja a los que quieran ayudar, explicar o simplemente estar ahí. Eso era justamente lo que sentía Josie y si antes creía que a él no le importaba, ahora estaba convencida. Habían caminando por la noche del campo, con la linterna del celular alumbrando aquel lugar plagado de insectos nocturnos responsables de los únicos sonidos que se podían percibir. Josie había intentado hablarle pero él le había pedido, sin gritar, pero con determinación, que no lo hiciera. Entonces habían llegado a

