Narrador omnisciente
Abigail se recuesta donde le indica la mujer que viste la bata blanca. Se encuentra temblorosa, a pesar de los innumerables intentos de relajación los nervios se niegan a abandonarla. Las tres personas miran fijamente la pantalla del monitor que muestra la imagen.
—Imagino que lo que más les urge en la consulta de hoy es saber si tendrán una niña o un niño —inquiere amablemente.
Abi se limita a asentir.
—Quisiera que fuera una niña —dice el hombre que la acompañaba sonriendo de forma hipócrita.
Abigail aprieta los puños e intenta retener las lágrimas.
—Pues el padre tiene razón, es una hermosa niña— revela.
Las lágrimas comienzan a correr por el rostro de la futura madre. Amaba a su pequeña desde antes de saber que existía. Pero no tiene ni idea de cómo va a lograr salvarla de ellos.
Salen del hospital directo al auto n***o que lleva a ambos de regreso a la gran casa donde ha estado viviendo. Abi entra al cuarto y se sienta en el suelo recostándose a la cama, cubriéndose el rostro con las manos.
—Perdóname mi niña —susurra —no mereces esta vida, nadie la merece —dice en un hilo de voz.
Se arrastra con dificultad hasta la cómoda. Le faltan las fuerzas para levantarse, saca del interior un frasco del que toma varias patillas.
—Lo siento bebé— dice minutos después y poco antes de sumirse en la inconsciencia.
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Un sonido irritante y periódico la recibe cuando abre los ojos. La luz le molesta así que parpadea varias veces. Se encuentra en una cama de hospital.
—¿Cómo está la bebé? —escucha esa voz que más le molesta en el mundo.
Nota que dos personas conversan cerca de ella. Vuelve a cerrar los ojos para que la dejen escuchar.
—La niña está bien, pero se encuentran en un estado delicado señor, deben permanecer aquí.
—Está bien, usted haga lo que sea necesario para salvar a la niña.
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Los próximos cuatro meses pasan tan rápido que Abi a penas es consciente de ellos.
—No hemos podido salvarla— escucha las palabras de la enfermera.
Siente que su corazón se parte en un millón de pequeños pedazos, pero a la vez siente un diminuto atisbo de felicidad dentro de ella.
Se siente un monstruo, qué madre puede sentir felicidad tras la muerte de su bebé. Le duele el pecho y a la vez siente que una pesada carga desaparece de sobre sus hombros. Coloca una mano sobre su vientre que ahora se siente tan vacío y mira el techo del lugar.
—Se feliz ahora, mi niña— dice y cierra los ojos dejándose consumir por el dolor tan intenso que siente dentro de su pecho, y el alivio placentero.
Sensaciones encontradas que ni ella misma es capaz de explicar.