Atiéndeme

1093 Palabras
Hanna Hoy me tocaba consulta con el ginecólogo. Siempre me ponía de los nervios los chequeos anuales. Sin embargo, no duraban nada y eso siempre era el pensamiento que me obligaba a tener para disipar los nervios. Entraba de última. Siempre era lo mismo por mi demora. No me interesaba, me gustaba llegar y leer un poco para distraerme. La novela se vuelve más intensa en los minutos siguientes y apago el móvil. No puede ser que en la visita al ginecólogo mi coño entre excitado. «Señorita Hill, le toca» Esta orden me pone de los nervios, como siempre. Me aferro a mi bolso y camino hasta la puerta blanca con la placa dorada que nombra al Dr. German. —Buenos días —saludo tras entrar en la sala. No veo al médico, sin embargo, lo siento preparando las cosas detrás de la fina tela. No necesito indicación porque no es la primera vez. Así que tomo la bata y me desprendo de mi ropa para vestirme con ella. Me siento en la camilla y paso las piernas por debajo de la fina tela hasta ubicarlas sobre los estribos. Cierro los ojos y suspiro más de cien veces. Los dedos cubiertos por el guante pasan por mi sexo y asustada puedo comprender que no es igual que siempre. Los dedos siguen explorando y mi miedo, aún presente, deja de ser menos importante que la sensación placentera de los toques. «Es culpa de la novela» «¡Qué vergüenza con él ginecólogo!» «Si sigue...» Mi mente va a millón con todo lo que me reclamo. En cambio, nada de eso me hace estar tranquila. Mi clítoris es removida con rapidez y suelto, sin poder evitarlo, un gemido. Abro los ojos de golpe y coloco la palma de mi mano en mi boca. «¡Me muero de la vergüenza!» La palma de la mano del médico enguantada toma todo mi coño y lo agita. Si no me ha echado nada, me atrevo a asegurar que me estoy mojando cada vez más. ¡Por favor, que él haya echado algo. Me muero de la pena! Mientras yo lidio una batalla conmigo misma él pasa el dedo por mi entrada. Es tanta la intensidad ahí que termino moviendo mi pelvis, sin querer. —Lo siento... No sé por qué me disculpo, pero lo hago. No está haciendo su trabajo como siempre, pero yo me estoy pasando una pila de pueblos mostrándome ante él como necesitada. Su dedo me penetra y el control de mi boca se esfuma. Un sonido alto y placentero hace eco en la habitación. Quiero bajar de aquí, quiero irme, pero tampoco puedo, pues él ya ha comenzado a moverlo en círculos. Un lenguetazo simulando a un pequeño azote me estremece y muchos más le siguen. Los gemidos bajitos son imposibles callarlos y termino elevando mi pelvis recibiendo gustosa el movimiento de su dedo y su ágil lengua. La tela cae y me encuentro con el ginecólogo en una posición poco profesional, comiéndose mi coño y embistiéndolo con un dedo. —Está en perfectas condiciones —asegura él comiéndolo—. Abre la bata para revisar más. Solo hemos intercambiado dos palabras tras él dejarme su número, pero jamás ha sido con otras intenciones. O nunca las vi. Presa de la excitación que toma mi cuerpo zafo el nudo que la cierra y dejo mis grandes pechos a su merced. Desde abajo, sus ojos me observan y lleva una mano hasta uno de ellos y lo magrea. Rodea el pezón con su dedo y lo azota luego, creando un estado de placer irreconocible para mí. Repite acción con el otro, poniéndome peor. Sentado delante de mí me examina de otra manera mientras mi cuerpo va alcanzando el placer de forma que no puedo ignorar. Ya no tiene su boca pegada a mi coño, pero su dedo aún penetra mi coño con destreza y su mano aún magrea mis tetas. Corrientes de placer toma mi cuerpo y muevo mi pelvis con frenesí. No puedo evitarlo y el orgasmo llena, soltando el primer chorro que él médico recibe gustoso. Más de ese líquido incoloro que le choca en la cara mientras lleva su boca a mi coño, empapándose el rostro con él sin importarle nada más. No estoy dispuesta a que esta consulta termine aún así que me giro ciento ochenta grados hasta tener la cabeza cerca de él y las piernas para donde debería estar mi cabeza. Abro la boca esperando que entienda y cumpla. Lo hace, desabrocha su pantalón y libera su gran polla dejándomela en la boca. Chupo con un deseo arrebatador mientras su mano va nuevamente a mi coño. Cómo si no hubiese tenido un orgasmo antes vuelvo a estremecerme, dejando la camilla vuelta un desastre. Ahora es él el que me gira otra vez y me toma de las caderas cargándome. A mis venticinco años tengo cuerpo de chica menor. Soy menudita y pequeña, así que para el médico que mide casi dos metros cargarme es como tomar una hoja. Y está forma donde se destaca su grandeza me pone en posición de tener otro orgasmo. Me embiste con su v***a y gimo nuevamente alto. No puedo evitarlo. Menos cuando me mueve sobre esta con rapidez haciendo que la sienta en lo más profundo y luego sacándomela, procurando que la deseara más. El placer me corrompe y le aviso. Él no se detiene y yo termino haciendo un movimiento brusco que me hace liberarme. Nunca había tenido tantos orgasmos así y me hace tener una adicción ahora. Quiero más. Me acuesta en el borde de la camilla, coloca mis pies en los estribos. Ni siquiera pasa un segundo cuando vuelve a embestirme. Acometidas salvajes que me llevan al delirio. Azotes en mis tetas que me hacen estremecer. Vuelvo a estremecerme y él sale de pronto moviendo sus dedos sobre mi coño haciéndome liberar más de ese chorro y volviéndose a introducir. Sus embestidas son fuertes, rápidas y termina llenándome de semen todo el coño. Incluso en ese acto yo me siento excitada. Él toma una servilleta y limpia, pero el calor aun no pasa. —A partir de ahora tiene controles semanales, señorita Hill —demanda él dándole una lamida en uno de sus pezones. Semanales me parece mucho. El ginecólogo me tiene que revisar diario. Así que, cada día vengo para que prueba mi resistencia y mi sensibilidad ante sus toques. Ya la visita al ginecólogo no me pone nerviosa, ya incluso espero impaciente en el asiento mi turno.
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