Profesor Davis.
La alarma suena a las cinco y media y, acostado boca abajo extiendo mi mano para apagarla. Me toma solo tres segundos hacerme la idea y levantarme.
Me dirijo al cuarto donde tengo adecuado el gimnasio y comienzo con mi entrenamiento matutino.
Al terminar me doy una ducha cuando la imágen de Marie —la señorita Colton cuando desempeñamos el rol de alumna y profesor—, viene a mi cabeza. Ha tenido muchos avances. Lo sabía al verla: ella tenía mucho potencial dentro para hacer explotar en la lujuria a quién la tocara. Pero, maldita sea, ya la estaba reclamando como mía.
Llevo mi mano a mi v***a y empiezo a moverla con agitación recordando como se ha arrodillado ayer delante de mí y me ha dado una mamada sin experiencia, pero con tantas ganas que no he podido evitar vaciarme en su boca. Como lo tragó gustosa es otra de las cosas que me tienen delirando con la nerd de grupo que atiendo.
Un sonido de placer se escapa de mi boca cuando me corro bajo la ducha. Eliminando rastros y dejando mi c*****o limpio para la primera hora. Todos los días tenemos repaso la señorita Colton y yo.
Envuelto en la toalla desde la cintura tomo el desayuno y luego me alisto para ir al trabajo.
Generalmente soy el primero en llegar, pero hoy se me habían adelantado.
—Profe, ¿Podemos conversar? —pregunta y yo entiendo a lo que se refiere.
—Al aula —demando y ella asiente, dando pasos delante de mí, moviendo su trasero con mucho empeño, haciendo levantar la falda para que viese su diminuta ropa interior.
Entro al aula detrás de ella y ya estaba sin falda, tampoco llevaba puesta la braga. La deja a un lado de la mesa mientras ella se inclina baca abajo sobre la madera abriéndose de piernas para mí. No soy de hierro. Al ver su depilado y rosado coño abierto mi v***a explota bajo los pantalones.
Muevo la puerta hacia adelante. No la cierro porque ella llegará pronto. No sé cómo se tome la escena que verá. Tal vez vuelva a correr.
Zafo el cinto, suelto el botón y bajo la cremallera. Tomo del bolsillo de mi pantalón un preservativo y lo deslizo por mi v***a. No demoro en hundirme de una estocada en ella ganándome un gemido. Así le gusta.
Arremeto con fuerza, haciendo que se aferre a la mesa. Sus gemidos son muy altos y meto dos dedos en su boca para silenciarla.
La puerta se cierra captando nuestra atención y Marie se acerca a nosotros con seguridad. No es la misma chica del primer día y se nota.
Se deshace de la falda y la braga se sitúa a mi lado mirando lo que hago tocándose. Salgo de Ava para tomarla de las caderas y colocarla boca abajo encima de Ava.
Ellas no dicen nada y yo paso mi lengua por la hendidura rosada y perfecta de Marie que brilla ante el placer que gana de ver el sexo delante de ella.
Vuelvo a embestir a Ava y Marie mueve trasero ansiosa arriba. Llevo mi dedo a su sexo y los muevo con rapidez haciéndola aguantar un poco hasta que me introduzca en ella.
Marie suelta un grito y me inclino para taparle la boca con la mano disponible con la intensión de acallar los gemidos que le siguen mientras se mueve con más fuerza liberando un chorro que corre sobre Ava y baña mi v***a abajo.
Delicia pura.
Pobre mi beba. Le doy un poco, introduciéndome de una estocada, aumentando el ritmo de las embestidas cada vez más. No pasan ni cinco segundos cuando Marie está mojándolo todo, otra vez, temblando contra el cuerpo de Ava.
La bajo de encima de Ava y se me lanza a la boca en un beso desesperado e intenso. Tengo que alzarla un poco sino tengo que inclinarme bastante. Termina aferrándose a mí, sin querer soltarme y la cargo mientras embisto a Ava, otra vez.
Marie no suelta mi boca, a no ser que vaya a repartir lamidas y mordidas por mi cuello. Me ofrece sus tetas y no demoro en tomarlas, embistiendo aún a Ava. A pesar de que las acometidas no son de ellas, ella quiere toda la atención.
— ¿Quieres más? —pregunto en su oído.
No dejo de embestir a Ava no sé cómo puedo concentrarme en ella cuando tengo a Marie buscando toda mi atención.
—La quiero toda —dice con esa voz tan aniñada en mi oído y me saca de órbita.
Ava parece correrse y yo me alegro internamente. Me separo de ella con Marie aún encima. Esta se viste con prisa y se marcha. Siempre es así, lo sabe. Después de correrse, no queda nada más.
—Quítalo —demanda Marie y entiendo perfectamente que se trata del preservativo, pero no soy un chiquillo, no puede embaucarme así—. Quiero saber que se siente sin él.
—No —mantengo la seguridad, pero sigue.
—Tú tienes el poder...
—La dejas en mi boca —continua.
Y yo también quiero tomarla sin él. Así que, olvidando que soy un hombre que le doblega la edad y tiene experiencias que le impiden caer en cosas así, retiro el preservativo y me introduzco en ella de una estocada.
Con las manos ancladas en sus nalgas la embisto con fuerza mientras su cuerpo brinca sobre el mío. El mal pensamiento de que soy mayor y ella es mi alumna no sucede. Me vuelvo loco introduciéndome en ella hasta que su cuerpo tiene espasmos sobre el mío. Cuando no puedo aguantar más tiempo, la obligo a arrodillarse sobre el suelo y me corro en su cara.
La chica que todos piensan que es noble, sonríe mientras tiene el rostro lleno de gotas blancas y degusta cada una de las gotas que se ha derramado cerca de sus labios.
—A partir de mañana desayunas en mi casa —ordena él—. Las materias las empezarás a practicar en mi terreno.
—Usted manda profe —comenta ella con esa voz tan jodidamente inocente.
—He cambiado de parecer. En el recreo ve al baño, te alimentaré.
El deseo es ciego, cuando él arriba no ve nada más: ni la edad, ni los rangos, ni el status.