Sus palabras me cierran todos los caminos y me deja uno. Porque sí, lo he superado, pero me he reclamado mucho el no tener la capacidad de explorar mi placer y hacerlos enloquecer. Robert ha mandado mi seguridad al demonio y si me están ofreciendo un poco de ella, es demasiado difícil no aceptarlo.
—En como la embestías a ella —confieso—. En eso estaba pensando.
Él corta la distancia entre los dos y lleva la punta del puntero debajo de mi falda. Lo mueve con cuidado y me quedo quieta. No sé por qué, pero acepto su acto. Busca mover un poco la braga y lo logra. Me avergüenza como resbala esa punta y rápidamente me muevo hacia atrás.
Él mantiene esos ojos de cazador sobre mí mientras toca con su dedo la punta del puntero. Es evidente que lo sabe.
—Mañana llegue más temprano. Le repasaré la materia de hoy —demanda y yo asiento, perdida, procurando irme—. Señorita Colton —me llama y me giro para observando aferrándome al asa de la mochila—. Esto no tiene que avergonzarla. El placer no trae vergüenza.
Describir como paso las próximas horas es quedarse corta en palabras. La verdad es que, no dejo de repetirme sus palabras. La ansiedad me carcome. Debería negarme, no volver a caer en juegos, pero la tentación me abraza y no me suelta.
Llego a la escuela más temprano que nunca y voy directo a mi aula. Empujo la puerta, pero no cede así que imagino que me lo han vuelto a hacer. Giro mi espalda dispuesta a ir al patio para esperar el turno de clases cuando el click que informa la apertura de la puerta me hace mirar hacia atrás y encontrarme al profesor de pie bajo el marco.
Me hace una seña para que entre y tras hacerlo, se escucha nuevamente un clik del cierre, volviéndome nerviosa.
—Saca tu libreta —demanda él mientras ocupa sitio en su silla, como se comporta en clases, como todo un profesional.
En ese instante me reclamo el haber pensado mal ayer cuando ha informado que me repasará la materia antes del examen. Dejo mi mochila tras tomar el cuaderno y la carterita de lápices y marcadores.
Me señala el puesto a su lado y me quedo de pie mientras abro el cuaderno en la página que utilicé ayer.
Empieza a explicarme haciendo que tome notas y atienda. Su postura a mi lado implica más, pero me obligo a ignorarla. Remueve los marcadores hasta tomar el de tono rosa. Me distrae en su acto pero sigue explicando mientras le da vuelta al marcador.
— ¿Puedo tocar? —pregunta y asiento, creyendo que se refiere a los demás.
Ingenua.
Su mano libre se desplaza por encima de mí mis medias blancas hasta llegar al interior de mi muslo. Me quedo quieta ante el toque y él sigue aproximándose más.
Sigue explicándome mientras pasa sus dedos despacio por mi coño y aunque es por encima de la braga el impacto es brutal.
Gimo bajito, sin poder controlarlo y aunque intento seguir escribiendo, lo cierto es que no logro concentrarme.
La mano que tiene el marcador se mueve haciéndolo a un lado mientras palpa con su dedo mis pezones. No soy de tetas exhuberantes, pero las que tengo, dan prueba de mucha excitación.
—Mira como se pone señorita con un simple toque —susurra él alterándome—. El imbécil de Robert la puso así.
Niego de inmediato porque Robert no se preocupó por toques. Robert se estaba follando, a mi entender a una chica con experiencias. Besos salvajes, el preservativo y embestidas rápidas hasta su orgasmo.
Toma un cuaderno de los libros que se ubican en una pila en la orilla de la mesa y lo abre delante de él, sobre la mesa.
—Súbete —ordena y yo que estoy tan excitada no lo pienso dos veces.
La mesa es un poco alta y no lo logro con facilidad estar sobre el cuaderno. Se levanta demostrando su altura, me toma de la cintura y me sube justo donde quiere, y se vuelve a sentar.
Me abre las piernas para él y observa con determinación cada sitio que le permito. Estira sus manos hasta el elástico de mis bragas y las baja despacio manteniéndome la mirada mientras la saca de mis piernas y se la guarda en el bolsillo.
Me sube la falda, enviando la vergüenza de vacaciones. Lo que pasó con Robert no tiene peso ahora... ninguno.
Escupe la punta del marcador rosa sin tabúes y lo introduce despacio. Me quedo tranquila por un instante porque hace mucho nada para por ahí, sin embargo, el movimiento circular y constante del objeto en mi interior me esclaviza.
Un gemido bajito se escapa de mis labios y cierro los ojos ante la excitación.
—Mírame —demanda mientras se inclina hacia adelante.
Su boca se acerca a mi coño y chupa encima de mi clítoris. No puedo controlar los gemidos que desata su acto. Así como tampoco el que me abra mucho más a él como si eso me hiciera disfrutar el doble.
El placer se multiplica y mi cuerpo empieza a presenciar corrientes que desconozco. Las disfruto como pocas veces he disfrutado en la vida y a la vez, siento un cosquilleo diferente abajo que me ordena que le mande a detenerse.
—El plan de clases está ahí por algo —demanda separándose de mi coño—. Mójalo.
Su demanda más que limitarme, contribuye a prenderle fuego a mi cuerpo. Su boca arremete sin piedad mientras el corrector sigue penetrando mi interior.
Espasmos dominan mi cuerpo y una sensación demasiado similar a orinarme me domina e intento detenerme, pero sé que es tarde. Mi pelvis se mueve con furia y chorros incoloros cumplen su mandato dejando las hojas del cuaderno poco utilizables.
Escucho el marcador caer en el suelo y me pierdo cuando su boca toma con furia mi coño, dejándolo limpio.
—Más —pido con inocencia y a la vez, tan alto que es imposible que no lo haya escuchado.
Sonríe en mi cara mientras pasa su pulgar por mi labio.
—Una lección al día, señorita Colton —demanda—. Ahora toca la prueba.
El timbre de inicio de clases interrumpe y me acomodo rápido la falda. No es capaz de entregarme la braga, simplemente va a abrir la puerta. Con mis cosas voy directo a mi puesto y ahí espero por el examen.
Después de saludos y repartimiento de pruebas, reviso lo que ha puesto de examen. El inicio puedo hacerlo, pero no llegó a explicarme el final, así que, levanto mi mirada para observarlo.
Delante del grupo, con las manos en los bolsillos me atiende. Mis ojos lo recorren mientras separo un poco mis piernas, mirando a mi alrededor, asegurándome que los demás estén concentrados en su prueba.
Acaricio mi coño, observándolo con fijación. Atraigo el calor, el placer. Me olvidó del exámen, de la palabra nerd. Mir mis pezones marcados en la camisa y lo veo luego a él.
Sus ojos me escrutan y pasa su lengua por el labio inferior, exitándome aún más. Mis dedos dejan de moverse encima de mi clítoris y bajan más, desesperándome. Introduzco dos con rapidez, cerrando los ojos ante la excitación.
Me embisto, disimulando con la otra mano que copio, mirando a los demás como si estuviese haciendo algo prohibido y enloquezco aún más. Me muevo un poco hacia el borde de la silla. Saco mis dedos, froto y los introduzco nuevamente, creando movimientos sincronizados y constantes que me vuelven loca.
Tiemblo sobre la silla y no dejó de embestirme, sintiendo como la humedad se convierte en líquido y mis dedos resbalan más ante ello.
Lo observo a él, en su posición aún y saco los dedos para marcar la hoja del exámen con ellos.
Me acomodo la falda, recojo mis cosas y me acerco a él, entregándole la hoja.
— ¿He aprobado, profe? —cuestiono en un susurro y él observa la hoja blanca marcada con mis dedos.
—Lo ha hecho, señorita Colton. Mañana seguiremos con los repasos a primera hora —demanda y me muerdo el labio inferior antes de salir.
Y a partir de ese momento, cuando soy la primera en arribar a la escuela, voy directo a mi aula, donde el profesor Davis me espera para repasar la materia del día anterior.
A veces solo se necesita un buen maestro que te enseñe lo que aún desconoces o te de una perspectiva distinta a lo que ya has visto. Todo es válido en el escenario s****l.