El amanecer cae lento sobre los Andes, como si el cielo mismo necesitara tiempo para entender que la oscuridad, al fin, había cedido. No hay viento. No hay garras del pasado halando la luz. Solo un silencio sagrado que se siente como un rezo. Elara está de pie frente al acantilado. La brisa fría le mueve el cabello y, por primera vez en meses, ya no brilla. Todo el poder que temblaba en su piel ahora descansa, dormido. No apagado. No perdido. Solo… en calma. Yo me acerco despacio. Mis pasos crujen sobre la hierba mojada. Ella no gira, pero sé que siente mi presencia. Nuestros espíritus se reconocen sin necesidad de palabras. —El valle vuelve a respirar —le digo, quedando a su lado. Elara asiente. Sus ojos siguen la línea del horizonte, donde la luz rosa del alba se mezcla con nubes de

