Robando mi virginidad
ELENA
Estaba tirada en el sofá, medio aburrida, viendo ese programa en la tele donde la gente enseña cosas que nadie pidió ver. ¿A quién se le ocurre mostrar sus problemas médicos frente a cámaras? ¿No tienen médico de cabecera como todo el mundo?
Eran las cinco y media cuando escuché que se abría la puerta de casa. Como mis padres estaban fuera esa noche, supe al instante que era mi hermano. Y sí, no me equivoqué. Unos segundos después, Nicolás apareció en el salón, acompañado cómo no, por Adrián.
Adrián y él son inseparables desde el primer año de instituto. Se conocieron en clase, y ese mismo día Nicolás ya lo había traído a casa para jugar en el jardín. Desde entonces, Adrián ha sido parte del paisaje. Lo gracioso (o trágico) es que yo me enamoré de él desde ese primer día. Ya era atractivo entonces, pero ahora... ahora está en otro nivel. Un chico de dieciocho con cara de actor y cuerpo de futbolista. Es el típico que hace que todas las chicas del instituto giren la cabeza cuando pasa.
Mide como 1,88 y tiene el pelo rubio, de ese que parece suave con solo mirarlo. A veces me lo imagino yendo hacia mí, sonriendo, diciéndome algo bonito... pero luego me despierto, claro. Fantasías inútiles.
—Adrián se queda a dormir —me soltó Nicolás de lo mas tranquilo—. Espero que no te moleste... Perfecto, gracias.
Ni siquiera me dio oportunidad de responder antes de desaparecer escaleras arriba. A veces, cuando están sus amigos, actúa como si yo no existiera, o peor, como si le diera vergüenza que existiera. Aunque, en general, nos llevamos bien. Tenemos una relación bastante decente de hermanos... cuando no hay público.
Adrián, por su parte, se quedó ahí, de pie, incómodo. Me miraba, o más bien, evitaba mirarme. Yo le sonreí, intentando que no se notara que me moría por hablarle, pero él se fue sin decir nada. Ni una sonrisa. Nada. Qué decepción.
Suspiré, cambié de canal, y traté de olvidar la escena. El programa que veía antes me estaba revolviendo el estómago, así que terminé dejando la tele como ruido de fondo. Pensé en Nicolás un momento. Él también tiene lo suyo: pelo castaño oscuro, ojos azules... muchas chicas lo consideran guapo. Una vez me dijo que todas se derretían con su mirada. Ja. Claro, hermano, y yo soy una supermodelo. Obvio que no se lo dije, no quería aplastarle la autoestima.
Yo, en cambio, nunca me he visto como alguien guapa. Me llamo Elena, tengo diecisiete, y voy al Insituto Belmont. Estoy en segundo. Soy rubia, con ojos azules, y aunque muchos me dicen que soy bonita, no les creo. Soy de esas que prefieren los libros antes que las fiestas, y en el instituto eso te pone una etiqueta: la nerd. Solo Valeria e Isabela me conocen de verdad, y con ellas me basta.
Más tarde, cuando el sueño empezó a vencerme, apagué la tele y subí a mi cuarto. Supuse que los chicos ya estarían dormidos, porque al pasar por la habitación de Nicolás todo estaba en silencio y a oscuras.
Entré en la mía, saqué el pijama y me puse unos shorts. Vale, sí, lo hice pensando en Adrián. Quizá, con algo de suerte, me lo cruce en el desayuno. Quería que notara mis piernas, o algo. Qué patético.
Estaba por ponerme la camiseta cuando alguien llamó suavemente a la puerta.
—Pasa —dije sin pensar.
La puerta se abrió.
No era Nicolás.
Era Adrián.
Se quedó en la entrada, congelado, mirándome. Tardé un segundo en entender su expresión, hasta que miré hacia abajo.
Genial. Estaba en sujetador.
*
No supe en qué momento exacto entró, pero cuando lo vi ahí, parado frente a mí, el tiempo pareció congelarse. Adrián. Con esa forma suya de mirar como si supiera cosas que nadie más entiende. No dijo nada. Tampoco yo. Pero el silencio entre nosotros pesaba más que cualquier palabra.
¿Qué hacía en mi habitación? ¿Por qué parecía tan seguro de estar aquí, como si fuera lo más normal del mundo?
—A-Adrián... —mi voz salió más como un pensamiento en voz alta que una pregunta real.
Él se acercó sin decir nada y me puso un dedo en los labios, despacio. Me estremecí. Su contacto fue suave, casi hipnótico.
—Shhh... —susurró. Su cercanía me nubló los sentidos.
—Pero... ¿por qué viniste? —insistí, incapaz de contener la confusión que me carcomía por dentro.
Lo vi dudar, solo por un instante.
—No podía dormir.
Fruncí el ceño. Algo no cuadraba. No era solo insomnio.
—¿Y viniste... aquí?
Él soltó una risa baja, apenas un soplo de aire.
—Te tenía en la cabeza. No podía dejar de pensar en ti, Elena.
Eso me desarmó. Lo dijo tan convencido, tan cerca, que sentí el roce de su voz en la piel. Mis piernas dejaron de responderme.
Se acercó más. Puso las manos en mi cintura y me atrajo hacia él. Su aliento, cálido. Sus palabras, más peligrosas que cualquier caricia.
—No sabes cuánto tiempo llevo esperando esto.
Y entonces, me besó.
Nada en el mundo me había preparado para ese momento. Fue suave al principio, casi tímido, pero pronto se volvió más profundo. Su boca sabía a menta y algo más, algo que solo podía ser él. Y yo... me perdí.
No recuerdo en qué momento terminé entre sus brazos, ni cuándo llegamos a la cama. Solo sentí cómo me alzaba con facilidad, como si no pesara nada, y cómo nuestros labios se negaban a separarse.
Sus manos exploraban con una calma peligrosa, como si ya supieran el camino. Sentí su calor, su deseo, y el mío empezaba a arder también.
Mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente. Lo abracé con fuerza, mis dedos buscando su piel bajo la camiseta. Se la quité sin pensar. Él me miró con una mezcla de deseo y ternura, y esa mirada me hizo sentir única.
Pero justo cuando todo parecía inevitable, me congelé. Una parte de mí gritaba que estaba yendo demasiado rápido.
Adrián lo notó de inmediato. Se detuvo.
—¿Todo bien?
Me costó hablar, como si mi voz no quisiera traicionarme.
—Es que... nunca he hecho esto antes.
Él me sostuvo la mirada. No hubo burla, ni prisa, ni presión.
—No tienes que hacer nada que no quieras. Estoy aquí... contigo, no contra ti.
Y por primera vez, sentí que podía confiar de verdad.