Usada y abandonada

1372 Palabras
ELENA Desperté con una sensación extraña. Todo estaba en silencio. Giré la cabeza, esperando verlo ahí, a mi lado… pero no. La cama estaba vacía. Durante unos segundos, pensé que lo había imaginado. Quizás fue otro de esos sueños intensos donde Adrián y yo estamos juntos, pero al abrir bien los ojos… el cuarto no mentía. Su ropa ya no estaba en el suelo, pero la mía seguía desordenada junto a la cama. Algo dentro de mí sabía que aquello no había sido un sueño. Me incorporé despacio. El cuerpo me dolía, como si me recordara que la noche anterior había sido real. Lo que había pasado… fue real. No había vuelta atrás. Me acosté con él. Con Adrián. Con el chico que lleva años volviéndome loca. Sentí una mezcla de emociones tan intensa que me costaba respirar. ¿Dónde estaba ahora? ¿Se había ido sin decir nada? ¿Así de simple? Me puse el pijama sin pensarlo mucho y bajé. Escuché el sonido de la televisión desde la sala. Al menos no estaba sola en la casa. Cuando entré, vi a Nicolás tirado en el sofá con un tazón de cereales. Estaba concentrado en lo que miraba, ni siquiera levantó la vista cuando le hablé. —¿Has visto a Adrián esta mañana? Respondió sin emoción, sin sospechar nada: —Se largó como a las ocho. Parecía apurado. Ni siquiera explicó por qué. Me quedé helada. Así que era cierto. Se fue. Sin una nota. Sin un mensaje. Como si nada hubiera significado algo para él. Como si yo… no importara. Tuve que tragarme las lágrimas. No quería que Nicolás notara nada raro. No necesitaba una investigación fraternal ahora mismo. —Solo preguntaba. Pensé que seguía aquí —dije, fingiendo desinterés. Me miró de reojo y dijo algo que me atravesó: —Solo no te obsesiones con él, Elena. Ya sabes cómo es. ¿Obsesionarme? ¿Es eso lo que piensa? —¿Qué estás insinuando? Por favor, ni que me gustara. Qué horror —mentí. Mal, y torpemente. Nicolás suspiró como si ya supiera toda la verdad sin que yo dijera nada. —Te conozco. Solo te digo que no te ilusiones. Él no es para ti. No voy a dejar que te lastime. Y lo decía en serio. Lo conozco demasiado. Pero ya era tarde. Lo que más temía… ya había pasado. Antes de que pudiera decir algo más, cambió de tema como si nada: —Anda, ve a cambiarte. Mamá y papá nos van a sacar a comer. Quieren compensar su ausencia de anoche. Asentí en silencio y subí a mi cuarto. Necesitaba estar sola. Pensar. Procesar todo. * El almuerzo fue un desfile de sonrisas falsas y conversaciones que no me interesaban. Mis padres estaban de buen humor, Nicolás hablaba sobre fútbol y su posible beca, y yo solo podía pensar en Adrián. En cómo me hizo sentir. En cómo se fue sin mirar atrás. Me pregunté si debía contarle a alguien. A mis mejores amigas, quizás. Isabela y Valeria siempre han estado conmigo. Sé que no me juzgarían. Sabía que podía confiar en ellas. Así que, en cuanto llegamos a casa y mis padres se fueron, subí directo a mi cuarto, cerré la puerta con llave y me conecté. Les había mandado un mensaje más temprano, pidiéndoles que se conectaran al chat. Estaban en línea. Valeria: Hola, nenaaa, ¿qué pasó? Isabela: ¡Cuenta yaaaa! Estás muy misteriosa hoy. Yo: Vale… lo que voy a decir no puede salir de aquí. Prométanmelo. Anoche… Adrián se quedó a dormir en mi casa. Y… pasó lo que ya se imaginan. Sí, eso. Tuve mi primera vez. Con él. Valeria: … Isabela: … Isabela: ¡NOOOO! ¿EN SERIO? ¿CON ADRIÁN? Valeria: ¡Nuestra niña ya es una mujer! ¡Con el chico más guapo del instituto! Estoy chillandooo. Isabela: ¡Qué envidia sana! ¡Qué valiente! ¡Qué momento! Pero… ¿estás bien? Yo: No sé. Fue perfecto… pero al despertar ya no estaba. Nico dijo que se fue temprano, sin despedirse. Siento que para él solo fue algo sin importancia… Valeria: ¿Perdón? ¡Lo mato! ¡No me importa si lanza touchdowns o lo que sea! Yo: Valeria, por favor, no hagas nada. Solo necesito desahogarme. Que alguien me escuche. Seguimos hablando un buen rato. Ellas me hicieron sentir menos sola, menos tonta. Pero llegó un punto en el que ya era tarde, y ambas se desconectaron para irse a dormir. Yo bajé a la cocina, hambrienta sin saber por qué, y me hice un sándwich mientras la casa entera dormía. * No lo he vuelto a ver desde aquella noche. ¿Llamó? No. ¿Apareció? Tampoco. Y aunque quise hacerme la fuerte, no voy a mentir: dolió. Porque, al final, ese silencio fue su respuesta. Pero no me dejé aplastar por eso. He tenido la cabeza ocupada, sobre todo con el drama de Isabela. Lo suyo sí era serio: estaba con su novio desde hace meses. Hasta que él decidió que no era suficiente. ¿Su excusa? Que ella no estaba “disponible” cada vez que él quería. Lo típico de un idiota inmaduro. Para colmo, se metió con una chica del instituto. Isabela estaba hecha polvo, y Valeria y yo estuvimos ahí para ella. O al menos eso intentamos… porque consolarla pronto se convirtió en plan de venganza. Nos armamos de rabia y piernas rápidas. Lo encontramos saliendo del instituto y, sin pensarlo dos veces, lo enfrentamos. Un golpe por ella. Otro por todas. Pero claro, uno de sus amigos decidió hacerse el héroe y llamó a la policía. Y ahí nos ves: Valeria, yo y una celda apestosa hasta que amaneciera. Podría haber salido antes si mis padres hubieran estado en casa. Pero no. ¿Y mi hermano? Bien gracias, el muy inútil ni tenía el celular encendido. Al final fue él quien me recogió al día siguiente, y con su típico sentido dramático, se encargó de exagerar todo cuando se lo contó a mis padres. Resultado: dos semanas de castigo. ¿Y Adrián? Casi ni pensé en él. La verdad es que el instituto me reventó a deberes como si fuera su forma de tortura legal. Apenas terminé todo esta semana y ahora estoy como una olla a presión: aburrida, encerrada y sin poder salir. Por suerte, mañana se acaba el castigo. Justo a tiempo para la fiesta de Isabela. Le compré algo especial: un bolso hecho por mi tía y, dentro, una sorpresa: un kit de adopción simbólica de un pingüino, con peluche y todo. Recuerdo que un día dijo que quería adoptar uno. Espero que le saque una sonrisa. Últimamente, me he sentido extraña. Algunos días me levanto con náuseas. Hubo una vez que ni llegué al baño. Asqueroso, lo sé. Y tengo antojos ridículos: el otro día me hice un sándwich de frijoles con mayonesa y pepinillos. ¿Por qué? Ni idea. Pero estaba bueno. Raro, pero bueno. Unos días después Por fin soy libre. Si mi hermano volvía a llamarme "rebelde" una vez más, prometo que le arrancaba la lengua. Hoy es la fiesta de Isabela. Tiene 17 y vamos a celebrarlo con una pijamada en su jardín. Me tocó ir caminando porque mi hermano decidió quedarse en casa con una chica. Qué sorpresa. Voy cargando un saco de dormir gigante, dos almohadas, la bolsa de regalo y mi dignidad, todo mientras canto a todo pulmón. Sí, probablemente doy pena, pero me da igual. Cuando llego, la música ya se escucha desde el jardín. Golpeo la puerta con el codo y me abre Tomás, su hermanito de seis años. —¿Tú no deberías estar dormido? —le digo riendo mientras entro como puedo. Laura, la mamá de Isabela, se asoma desde la cocina: —Valeria llegó temprano y no lo deja irse a la cama. Las chicas están en el jardín, Elena. Le agradezco y cruzo la sala, pero antes de salir, Laura me lanza un "hola, cariño" que me saca una sonrisa. Y ahí están, esperándome con un abrazo que me hace sentir, al fin, en el lugar correcto. —¡Elena, ya estás aquí! Y sí, por fin estoy donde quiero estar.
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